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Clavaba en sus riñones el cañón de la Parabellum. A veces podía observar cómo se les encogía en la bragueta abierta, como se meaban del susto los pantalones al decirles chitón, no te vuelvas, no me mires. Siempre en su espalda, le quita el reloj, la cartera, el solitario, moviendo las manos con endiablada rapidez. Cuando me vaya espera cinco minutos, le dice, si no te jodo vivo, facha, que te conocemos, a cuántos has denunciado hoy. Y allí lo deja temblando, sale al vestíbulo abrochándose la bragueta de espaldas a la dama, simulando un rubor y un respeto, sonriéndose para sí con sus dientes de caballo.

– Empiezo a estar harto de fechorías de este tipo -Sendra en la base del Pueblo Nuevo, golpeándose la palma de la mano con el periódico enrollado, sin mirar a nadie pero sabiendo todos por quién habla-. Aquí nadie tomará iniciativas o acabará en la cuneta con un tiro en la nuca, yo no tengo manías, ya me conocéis. A mi lado no hay sitio para carteristas ni chorizos, ¿estamos?, y si alguno quiere arreglar cuentas con un facha, que espere tiempos mejores, como hago yo.

Jaime Viñas mira en silencio a Palau, que está sentado hurgándose los dientes con un palillo. Navarro y Bundó intercambian una mueca de aprobación. Y no vale la excusa, añade Sendra, de querer llevarle unos duros a la mujer de Lage o a la viuda de fulano o de mengano. De eso ya se ocupa la Organización. Palau se sonríe por debajo de la nariz aguileña: je, je, el Socorro Rojo paga más puntual y mejor, le dice Guillén en voz baja.

De pronto Sendra se vuelve y me mira, un poco abatido:

– ¿Y tú por qué has salido esta noche? ¿No quedamos en avisarte si hacías falta? ¿No sabes que al Artemi lo están apalizando cada día y si canta estás perdido? Anda, vete… Espera. Ya que estás aquí, come algo.

– No hay Dios que te entienda, Marcos -dice Guillén-, ¿Quieres que nos piquen a todos por tu culpa?

Palau parece pelearse con la Parabellum encasquillada: -Merda, mi santocristo gros ya no funciona. Un día nos van a freír a todos. Sendra, en la próxima excursión que hagas a Francia a ver si me traes una buena Thompson.

Piensa en un automóvil largo y silencioso como una oruga deslizándose lentamente junto al bordillo de la acera. A unos cincuenta metros, aquel obrero de cara renegrida que olerá a alpargatas viejas cuando suba al coche, maneja rápido la brocha sobre el muro exterior de la iglesia de Pompeya. A su lado hay otro que le sostiene el bote de alquitrán y un tercero vigila la esquina, la acera desierta de la Diagonal hoy mal llamada Avenida del Generalísimo Franco con las farolas que parpadean. Sobre la misma araña pintan el muera. El viento de febrero hace temblar las pantallas de luz sobre el asfalto, el monumento a la Victoria de la plaza Cinc d'Oros parece moverse. El Wanderer negro remonta velozmente la desierta Vía Augusta a las tres de la madrugada. Sus ventanas laterales arrojan a la noche cientos de octavillas blancas que se balancean antes de posarse en la acera. Casi a la misma hora estalló un plástico de escasa potencia en el monumento a la Legión Cóndor. -¿Qué? Pues nosotros no hemos sido -le dije, y ella no acababa nunca de quitarse las katiuskas, las medias, la blusa-. Sería el Quico, a lo mejor ya ha llegado. -Pandilla de locos. ¿Por qué vas, por qué no te olvidas de ellos y sus pistolas para siempre? -No llores, puñeta, no me arriesgo nada, sólo pinto letreritos de mierda y reparto octavillas.

– Letreritos, petarditos y pollas en vinagre, eso -se burlaba siempre Palau, esta vez acodado de espaldas a la barra del Cosmos -. Y mientras de qué se come, ¿eh? Mucho carnet y mucho viaje a Toulouse de Ramón y Sendra, ¿y qué? Eso les dije, Mianet, tú ya me conoces. Tómate otra leche con veterano, coño, te invito.

Cabeceaba el viejo sobre la caja de baratijas colgada al pecho. Una furcia barriguda, embutida en una falda estrecha con la cremallera del costado rota, mueve las fláccidas nalgas delante de ellos. Palau entrega al Mianet una cajita de cartón en forma de plumier.

– Mira si lo vendes todo. Menos el escorpión de oro. Me lo regaló una fulana de postín en el Ritz. Quiero que me lo cuelgues en uno de tus nomeolvides y hagas grabar el nombre de Margarita, será mi regalo de bodas.

– ¿Se casa el «Taylor»?

– Sí, abuelo. Cómo pasa el tiempo.

– Estaría bien que los casara Ramón, ¿no?

Palau se ríe fijando, parando y atrayendo la mirada risueña de la furcia.

Amasaban el plástico un poco a regañadientes. Actuaban como drogados, como juramentados, apretando los dientes con un sabor de hierro en el paladar. Sobre sus cabezas, la estatua de la Victoria recibía ráfagas de viento y llovizna. Luego, mientras el automóvil se aleja por la Diagonal hacia Pedralbes, a los pies del monumento surge una llamarada roja sin estruendo, un resplandor desdoblándose en el asfalto mojado seguido de un humo espeso.

– Llufa -diría Palau subiendo el cristal del coche-. Si es que esto no puede ser, collons, ¿que no lo veis que es una coña, esto?

Doce horas después, Sendra cubría en tren el trayecto

Barcelona-Berga. Pernoctaba en la masía donde el enlace tenía un depósito de ropas para montaña y armas. El enlace era un tipo con la cara marcada que Sendra no conocía. Estaba allí para recoger fondos y llevarlos a la Central de Toulouse. Pero esta vez Sendra no iba a entregar dinero, sino a pedirlo.

– Os estáis durmiendo, los de la ciudad -dice el otro-.

El dinero que se consigue aquí no se puede tocar. ¿Crees que nos jugamos la piel limpiando las masías para que luego vosotros os llevéis los cuartos?

– En Barcelona tenemos otras necesidades.

– Lo supongo. Te aconsejo que vayas a la Central y hables con Palacios. No puedo ir contigo, pero he oído decir que conoces la ruta mejor que nadie. No vayas por Andorra, La Molina está infestada de civiles, utiliza la ruta de Guardiola. En Perpignan verás a Martí.

Seguía camino al día siguiente equipado con botas de montaña, cazadora de cuero, camisa caqui, gorra, macuto, los prismáticos y la Thompson del 45. En Perpignan recibe el encargo de llevar a Toulouse unos papeles con el trazado de varias rutas a seguir desde Andorra y Perpignan cruzando los Pirineos, donde nuevas bases de masías y refugios quedaban ya señaladas. Bueno, y qué. Llevó también documentación falsificada con los datos personales en blanco, para los componentes del nuevo grupo que se prepara para venir a Barcelona…

Y qué, Sendra, le dije, qué esperas conseguir con todo eso, y me tronchaba al pensar en ello después, al entrar en la habitación del meublé. Ella, descalza, luchando con su cremallera atascada en la arqueada cadera, dijo de qué te ríes, moreno, cómo te llamas, y perdona, pero una nunca sabe a quién tiene entre las piernas. La pobre todavía me está esperando: le digo voy al pasillo a saludar al camarero que es amigo mío, y salgo, y oye: perfecto, chico, no puede fallar: son seis, más uno en conserjería y creo que otro para el servicio de bar. Y la clientela, forrada. Lo tengo planeado al minuto y no puede fallar. ¿Qué, te animas, marinero?

– Sendra te dirá que no, Palau.

– Te equivocas. Ya dijo que sí. ¿O pensabas que sería un idealista toda la vida?

8

Visitaba regularmente a la viuda Galán en su piso del Ensanche para hablarle del reuma de la abuela y la medicina que necesitaba, o para informar sobre la marcha de las pesquisas, y siempre le sacaba alguna peseta o una tableta de chocolate. A cambio tenía que ofrecer patrañas. Un día a mediados de diciembre ella lo recibió acompañada de varias señoras devotas que empaquetaban alimentos destinados a la Navidad del Pobre, la gran fiesta parroquial que este año se celebraba por vez primera. Presidía la viuda en el salón una larga mesa llena de rollos de papel de embalaje y botes de leche condensada, y adornaba con lazos de cinta azul los lotes ya preparados. Acércate, hijo, ¿quieres un poco de turrón? El trapero, de pie entre aquellas vitrinas con miniaturas y aquellos lentos relojes musicales, rendía cuentas ambiguamente, procurando que su voz se confundiera entre los afables cacareos de las damas benefactoras: estoy sobre la pista, doña, ahora sí. Eran patrañas inventadas por él y por Sarnita al alimón, en la trapería: he sabido que estuvo haciendo la mala vida en una casa de ésas, podemos decirle de momento, me lo dijo la criada de la baronesa el otro día que me vendió un saco de revistas viejas, trabajaba en la Madame Petit, perdone la señora, pero así se llama la casa de meucas, parece que allí la chica era muy popular por lo bien que hacía el baño María, ¿se lo explico?, como quiera, a lo que iba: que luego la vieron de camarera en un bar del Paralelo, le dices, quería regenerarse, sí, bueno, para que luego se fíe uno: resulta que la dueña del bar acababa de echarla a la calle a patadas, ¿sabe por qué?, no por robar, no, no por gandula ni por piojosa, que parece que lo es un rato, tampoco por vender jabón de estranquis a las artistas del Cómico: por liarse con su marido, ésa no pierde el tiempo, doña, le dices, aunque la verdad, la dueña y su marido tampoco es que sean marido y mujer, al parecer viven reajuntaos, con perdón, pero qué cuadros se ven yendo de casa en casa, doña, qué líos. Esa no respeta nada y se da buena maña para engatusar y escurrir el bulto, es una elementa de cuidado, de todos modos ya tengo otra pista, lo malo son los gastos, doña, se me va todo en tranvías y cafelitos y propinas…