– Son la pera.
En el terrado hay un cuartito con lavaderos, allí guardan trapos viejos y montones de retales de papel fino y rizado, de colores, con el que hacen las flores artificiales y las tiras de flecos que adornan las calles del barrio en las fiestas de septiembre. Siempre te acompaña una de las huérfanas para que no hagas trampas con el peso, Virginia o la Fueguiña, y siempre hay un rato para ensayar la función.
– La madre que te matriculó, legañoso, vaya lote te pegas con esta chavala…
– Frena, Sarnita, frena.
– Qué remanguillé tiene la niña, no digas que no.
– Hay otra que también me gusta, pero se hace la estrecha. Pilarín. ¿Sabes quién digo, la ves? Una seriecita, más formal que las otras, alta, muy fina. A veces viene ella a vigilarme el peso, pero no se deja tocar ni un pelo, aunque juraría que es de esas que el día que se dejan…
Y así debió ser. Una muchacha esbelta, frágil, pero de tobillo grueso, de grandes y flojas tetas.
– Pero bueno, ¿tu novia no es la Fueguiña?
– Sí, sí. María es otra cosa. Esos pechitos como limones.
– ¿Y lo hacéis allí mismo, en el suelo del terrado?
– De eso nada, hombre, tú siempre imaginas más de lo que hay.
Las negras sotanas balanceándose al viento como fúnebres campanas, los roquetes y los manteles de altar goteando agua desde los alambres, la colada de Las Ánimas secándose al sol y el ronroneo del palomar en la azotea vecina. Java sentado de espaldas contra la balaustrada, a su lado la Fueguiña con el cuaderno en el regazo.
– ¿Aún quieres ensayar más? -dijo ella-. Jolines, si te sabes de memoria hasta mi papel. Qué aburrido.
– Menudas sois, las huerfanitas -dijo Java-. Dime una cosa. ¿Cómo hacéis tú y Juanita para escaparos y venir al refugio?
– Tenemos un truco -guiñando ella los ojos al sol-. Ven, levántate. ¿Ves el cestito con la cuerda que va de balcón a balcón, ahí, sobre la calle? No te arrimes tanto, listo. Es nuestro teleférico. El balcón de enfrente es de la dueña del colmado de abajo, ¿ves?, ahí viven los Dondi. Tres hermanos como la peste. Nos pasamos recados y cartas con la cesta. El mayor está tísico, ¿ves el cristal agujereado, en el balcón, donde sale el tubo de la estufa?, pues ahí está, siempre en la cama, y en la estufa hierve día y noche una olla con agua y eucaliptos, un olor más bueno… Los tebeos que tú nos traes, cuando todas los hemos leído, se los enviamos allá con el cestito, pero luego ya no los queremos porque vuelven con microbios, yo los quemo.
Cuando una quería escaparse escribía su nombre en un papel, lo metía en el cestito y tiraba de la cuerda hasta hacerlo llegar al otro balcón; siempre había un Dondi haciendo compañía al enfermo; recogía el aviso y ya sabía lo que tenía que hacer: bajar al colmado, cruzar la calle y subir a la Casa para decirle a la directora: mi madre dice que si puede dejar salir a fulanita para que venga a hacer la limpieza. A veces eso era verdad, y como pagaba con comida…
– ¿Y cuando es mentira?
– Los Dondi nos dan algo para que la señorita no sospeche, chocolate, un saquito de harina para hacer buñuelos.
– ¿A cambio de qué, Fueguiña?
– De un beso. De prisa y corriendo, nada, a oscuras, abajo en el portal.
– ¿Sólo un beso?
– Juanita se deja levantar la falda.
– ¿Y tú?
– Yo hago por escaparme, tonto. ¿Celoso?
– ¿Yo? Atiza, ni que estuviéramos casados. Anda, ven aquí.
En la trasera del terrado, abajo, había un pequeño huerto del que subían mariposas blancas que rondaban la ropa tendida: un pasillo de negras sotanas donde ellos se besaban de pie, sin que nadie pudiera verles. El vuelo de las palomas era un estruendo blanco en el azul del cielo, los pechos de la Fueguiña se ponían de punta. La rodea con los brazos, acaricia su cuerpo repentinamente redondo y lánguido, extrañamente dócil, vacío de huesos. Su uniforme azul mil veces restregado en la colada parece una piel finísima. Java pierde hasta la noción del hambre. En el cuarto de los lavaderos, ella siempre sostenía el saco mientras él lo llenaba de papeles. Volvió a abrazarla.
– ¿Cuándo te casarás conmigo, Fueguiña?
– Marrano. Quién sabe con qué intenciones me das carrete.
– Hablo en serio.
– Díselo a Pilar, a mí con ésas no.
– Tú me gustas más, ladrona. Me he enamorado de ti. Estáte quieta.
– ¿No me encuentras flaca, traperito?
– Deja al inválido y escapemos juntos… ¿Cuándo se acabará eso de pasearle y limpiarle los mocos y la caquita?
– Nunca -repentinamente seria, librándose de sus manos-. Nunca, por favor -no porque sintiese asco del señorito ni mucho menos por mojigata. Parecía, simplemente, un reflejo nervioso de aquella tristeza que se asomaba de golpe a su boca mellada, entreabierta, y a sus ojos entrecerrados: como si ya la estuvieran besando o dispuesta a dejarse besar en seguida.
Era cuando él se desconcertaba, cuando intuía en esa chica condescendiente, aunque de reacciones imprevisibles, el mismo pavor sin fondo, el mismo destino atroz que vio un día en la piel de Ramona, morena y sucia como un estigma: también en este cuerpo desmedrado, en estos dientes picados y en estos ojos muertos se operaba la misteriosa putrefacción de la ciudad, aquella indiferencia de charco enfangado recibiendo sucesivas lluvias de humillaciones y engaños. Quizá por eso preguntó Java:
– ¿Todavía se la tienes que sacar para que mee? -sonriendo.
Ella tenía la cara vuelta a un lado: de nuevo el inválido pilló su mano indecisa en el aire y le dobló el brazo en la espalda, atrayéndola hacia sí, jugando: ¿Y eso por qué, si sabes que tu Conrado tiene mucha fuerza en las manos, aunque esté paralítico?
– Di, anda. ¿Por qué se la tienes que limpiar -insistió Java-y volvérsela a meter, y abrocharle? Qué lata tener que ir cada mañana tan temprano, ¿no?, qué lata vestirle en la cama, lavarle, darle masajes en las piernas…
En un momento que ella se descuidó, aprisionó sus manos entre los muslos, riendo como un niño.
– Ninguna lata, estoy acostumbrada. Eso no, ahora no, puede entrar alguien.
– Puedes librarte, si quieres, niña, puedes sacar las manos por arriba. Así. Puedes hacerlo, si quieres…
El alférez se lo pasa bomba, había dicho Sarnita, y Java: no creas. Procura ponerte en su pieclass="underline" el dolor le despierta puntual, dice ella, nunca después de las ocho. Le gusta ser manejado sin miramientos, con energía. De un manotazo ella aparta la sábana y pone la palangana bajo sus nalgas: frotarle el pecho con la esponja empapada de jabón, las axilas, las rodillas, la entrepierna. Darle la vuelta y ahora la espalda, las nalgas, las corvas, los tobillos. Cortarle las uñas de los pies. Masajes de alcohol en las piernecitas cada día más flacas y se diría que más cortas. Cuando lo veía quejarse de fuertes dolores, lo hacía sin que él tuviera que pedírselo. Ni siquiera la miraba: los ojos cerrados y cara al techo, medio dormido aún, como en sueños y frotando las yemas de los dedos en la toalla, todo el rato, como si desmigajara la tupida mata de hilos. Al subir intentando librarse, las manos de ella temblaban un poco.
– No te dé reparo, caray, ahí noto alivio. Ahí. Y tienes que ser tú, precisamente: ¿no te da vergüenza, un hombre desnudo? -dijo Java.
– Pobre. Ha tenido enfermeras, señoritas de compañía, practicantes que van a pincharle, criadas de su madre de toda confianza… Pero no le duraban tres días. Yo sí. Incluso me prefiere al bueno del señor Justiniano, que para él es como un perro.
– ¿No bajan del piso de arriba para ayudarte?
– No necesito a nadie. Arriba su madre tiene doncella y cocinera y ahora quiere volver a tener chófer. Pero él no soportaría a nadie más que a mí y a Justiniano, bien clarito se lo dijo a la señora. ¿Por qué me prefiere? Yo no lo sé, lista que es una.
Ya estoy en su piel, legañoso: el muñeco roto que se deja mecer y mimar y calentar por una huérfana lela, el soldadito de plomo paticojo que ganó la guerra, caprichoso, maniático, mandón. Ella lo sienta en la cama, acomoda las almohadas en su espalda, le lleva los trastos de afeitar y vuelve a la cocina a preparar el desayuno. Luego pasará el trapo por la silla de ruedas, pondrá una gota de aceite en el eje que chirría. Y a la media hora, otro timbrazo desde el dormitorio: vestirle, calzarle las botas que ha escogido, cogerle en brazos, perfumado y peinado, y sentarle en la silla. Hace un año aún podía hacerlo solo, apoyándose en las muletas, pero el espinazo ya no le sostiene. Lo tiene podrido, niña, vaya trabajo duro el tuyo.