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– No se necesita fuerza, sino maña -dijo la Fueguiña -. Pesa menos que una pluma. Las manos quietas, por favor, es tarde. Si alguien nos ve. Qué pensará usted de una pobre chica como yo… No es bueno excitarse así.

– Un día le encontrarás muerto en su cama, como un pajarito. Esto no puede durar.

– Qué va, el señorito vivirá más que nosotros, si no al tiempo. Por caridad, hoy le he enjabonado dos veces y le he dado tres masajes, ahí no podría, no, por favor, a veces no me importa pero hoy no podría

– suplicaba, pero dejaba conducir su mano, encendiéndose en la secreta combustión de él-. Por qué, por qué, qué se siente con eso…

Luego empujaba la silla y salían al corredor, una sucesión de puertas de cristal tallado abiertas de par en par, repitiéndose como en un espejo. Cruzaban el salón y alcanzaban la galería, y antes de parar su mano se hacía con el periódico sobre el velador. Le dejará encarado a la gran cristalera de colores encendida por el sol, frente al desayuno: su café muy fuerte, sus tostadas, su mermelada y su mantequilla. Y ella otra vez a sus quehaceres, barrer, vaciar los ceniceros, hacer la cama, sacudir el polvo. Con los ojos bajos, decidida, sofocada, musitando una tonadilla: inexplicablemente contenta, Sarnita, como unas castañuelas.

Me gusta esa casa, dijo encandilada, cómo me gusta, chico. Todo lo que hay. Los armarios llenos de ropa bien dobladita y oliendo a naftalina, las vitrinas con collares y abanicos, miniaturas, crucifijos de marfil y de nácar, y las arañas del salón y los globos de luz en las alcobas. Todo. Incluso aquella foto de Mussolini montado en una motocicleta infernal con gorra y chaqueta de cuero y dedicada de su puño y letra «Al señor Galán, con abrazo romano», que estaba en la mesa del despacho de Conrado y tenía enquistada en el ángulo del portarretratos otra foto pequeña del padre. Hasta el pisapapeles con las balas que le sacaron del espinazo le gustaba, y la bufanda amarilla que llevaba puesta su padre cuando lo mataron. Y explicaba con voz soñadora cómo era el cuarto de baño: de baldosines verdes, con una bañera rosa, con unos grifos dorados en forma de peces de anchas bocas y colas entrecruzadas. Y la gran alfombra del dormitorio, que es un cuadro famoso, me explicó riendo el señorito: no restriegues tanto con la escoba, que las manchas de sangre en la arena no son de verdad, tontita.

Háblame del dormitorio, decía Java, y ella describiéndolo como un sueño: la puerta con el terciopelo claveteado, color berenjena, y la habitación larga y la cama muy baja, y las sábanas de hilo, y la colcha roja y una sola almohada. En el techo, la deslumbrante araña de cristal, una explosión de cuellos de cisne, luego el sofá con flecos y forrado con una tela verde, listada, y el biombo con querubines y nubes de nácar, la silenciosa alfombra y las oscuras sillas artesonadas, en una de las cuales colgaba siempre un cordón morado con borlas y una capa pluvial con cenefas y un misterioso escudo en la espalda. Varios pares de botas de montar lustradas y dispuestas en batería al pie del armario, las pesadas cortinas color miel y los dos balcones siempre cerrados, sin dejar pasar ni un resquicio de la luz del día.

– ¿Cómo puedes aguantarle, un día y otro día y otro día?

– No se mueve por no molestar, el pobre. Tan serio que parece en los ensayos, ¿verdad?, tan estirado y antipático. Pues es como un niño, en casa, como un niño asustado. Tiene miedo de quedarse solo, de hacerse pipí encima o de coger un resfriado. No deja que nadie le vea el agujero de la garganta, las feas heridas de la guerra, sólo yo se las he visto al cambiarle la toalla, le gustan de colores y no es una manía, tiene alergia a las bufandas de seda, ¿no lo sabías?

Otra llamada y empujar la silla de ruedas hasta la biblioteca: allí escribe cartas, telefonea al administrador, repasa las cuentas de su madre, el cobro de alquileres, archiva facturas. Dicen que casi todas las casas del barrio son de la señora, además de los terrenos de Las Ánimas y de Can Compte, fincas que le fueron requisadas cuando la guerra y que ha vuelto a recuperar. Pero Conradito tiene muchos disgustos, la gente no paga, le oigo maldecir por teléfono, chillar, amenazar: entonces parece otra persona.

A media mañana la señora baja a verle. Cómo se encuentra, si necesita algo, si quiere algo especial para el almuerzo. A veces le enseña la lista de la compra. Luego se distrae en lo que le gusta, lee funciones de teatro, copia a máquina el papel de cada personaje, decide el reparto y el vestuario, a veces me llama para preguntarme si me gustaría hacer este o aquel papel, ensayar, probarme un traje. Se inventa argumentos para funciones que escribirá algún día, se inspira en poesías, en canciones.

– Llevas el mantón sin gracia. Quítatelo.

– Hagamos otro ensayo.

Apoyada en el quicio de la mancebía miraba encenderse la noche de mayo. Una mano en la cadera, en la otra el cigarrillo y un clavel en el pelo, el vestido de lunares y volantes muy ceñido, sin mangas y escotado. Pasaban los hombres y ella sonreía, hasta que en su puerta paró el caballo. Serrana, ¿me das candela? Avanza unos pasos, deja resbalar de tus hombros el mantón verde. Paséate alrededor mío, con arrogancia, recta la espalda, así, el cigarrillo no es un lápiz, la cintura es una espiga, párate, un poco ancha de caderas, junta las piernas, así está bien. Hay que coser el dobladillo, zurcir esas medias, pintar de verde esos zapatos, asegurar el tacón, lo demás puede pasar. Lástima que no tengas los ojos verdes, niña. Ahora ven y yo fuego te daré, no temas hacerle daño a mis piernas, así, por favor.

– Lo hago mejor cuando me sé el papel de memoria… Por ejemplo, Magnolia.

– ¿No llevas nada debajo, Magnolia?

– Eso no, ahí no, que tengo miedo, traperito.

– Tú eres Magnolia y yo el soldado.

Lo que usted diga.

¿Me quieres dejar un beso hasta que cobre, mujer, que sé que hoy voy a la muerte? -cantaba.

¿Y de dónde sacas la ropa? -preguntó Java.

– Su madre me regala vestidos viejos. Si las piernas no le duelen mucho, está alegre. Pero ya os dijo la directora que esas canciones, dijo Java, son pecado. Bueno, y qué, a él le gustan y dice que no, que no hay que confesarse de eso. Hacia el mediodía lo lleva al ascensor. Si no hay corriente lo deja sentado en una butaca y baja la silla de ruedas por la escalera, dejándola en el portal. Sube otra vez, lo envuelve en el chal, lo coge en brazos, lo baja y lo sienta en la silla. Si hace sol van a pasear, pero con este tiempo suelen dar unas vueltas a la manzana arrimados a la pared, evitando los remolinos de hojas secas, conversando, ensayando: Salimos ya muy tarde y fuimos paseando por un París antiguo, manchado por la luna. Ella riéndose.

– Magnolia, olvida esa fecha y olvida mi nombre, y búscate un hombre que puedas amar.

– Despacio, despacio.

– Perdona, Magnolia, si te ha ilusionado por unos momentos mi modo de ser. Recuerda tan sólo que soy un soldado y puede que nunca me vuelvas a ver.

Toman una manzanilla en algún bar y al regresar lo deja con su madre en el tercer piso, allí come y pasa la tarde, a veces. Ella, después de comer en la cocina, regresa a la Casa de Familia y a la mañana siguiente vuelta a empezar.

– Los días de lluvia y humedad sí que son tristes. Se le clava la barbilla en el pecho, se le dobla la espalda como un viejo, la metralla debe moverse dentro de él y desgarrarle los nervios. Afiladas esquirlas de metralla que le rondan los pulmones, que le pinchan el corazón y el estómago. Al principio creía oírla moverse, a la bala, pero son las tripas, siempre le lloran las tripas, es la falta de ejercicio. Entonces llama al señor Justiniano, se encierran en la biblioteca y juegan al ajedrez; el alcalde tiene con él una paciencia infinita y lo quiere como a un hijo, se desespera cuando lo atenaza el dolor, le ha visto llorar a escondidas con el único ojo que tiene.

– ¿Y qué ocurre por la tarde? ¿Nunca vas por la tarde?

– A veces. A pasearle después de comer, pero en seguida a casa a esperar a sus amigos, por eso me hace comprar algo por el camino. Meriendan juntos.

Java se rió, pasando el brazo por sus hombros y atrayéndola.

– ¿Y quiénes son sus amigos, qué hacen allí, qué has visto?

– Yo nada. Ni entro. Lo dejo en la puerta…

– ¿Del piso de su madre o del suyo?

– Del suyo. Me sonríe y dice gracias, Magnolia, ya puedes irte.

– ¿Te acuerdas de una tarde que te hizo comprar empanadillas de atún, te acuerdas que yo estaba en el bar?

– No.

– ¿Tú eres tonta o lo haces ver, chavala?