Junto al buffet se desploma un caballero de hirsutas cejas canosas, arrastrando en su caída una bandeja con copas y el tirante del vestido de una pelirroja madura. Ríen los comensales, dos camareros enguantados le ayudan a incorporarse, qué, dice el invitado borracho buscando a la anfitriona con ojos turbios pero riéndose, agitando un llavero en la mano, ¿repetimos el juego de intercambiar las llaves del coche con la mujer dentro…? Dos mariconas disfrazadas de gitana se persiguen por el corredor con las faldas sobre las rodillas, estolas de visón y brillantes en las orejas.
El caballero de pómulos de seda abre su pitillera de oro con la firma de los jugadores de su club y ofrece un cigarrillo a su pareja. La rubia, con una mueca de asco, sugiere rematar la noche en la Parrilla del Ritz.
13
Entonces era una gordita tímida de busto hierático, acartonado, empaquetado, que ya prefiguraba este de hoy bajo los hábitos. No olvidaría nunca la noche que descubrió casualmente el refugio y su correspondencia secreta con el teatro, un domingo que volvía a casa después de asistir a un baile particular en el piso de una amiga: aún traía en la sangre un hormigueo musical y unos inconfesables deseos de ternura que una vez más se habían frustrado.
Por timidez, desde el principio pidió ocuparse del tocadiscos y las bebidas, y cuando quiso dejarlo ya no pudo. Ponte guapa y ven, Paulina, le habían dicho las amigas, anímale, seguro que hoy pillas novio. Fue su último baile, ya en la recta final de la soltería, en un comedor de maltrecho empapelado y agrios olores conyugales donde habían arrinconado la mesa y subido la lámpara de flecos, y sólo sirvió para reafirmarla en su íntima y todavía secreta vocación religiosa. Las amigas ponían copitas de anís en sus manos sudorosas y flores de trapo en su cintura deforme, conspiraban juntas para alterar la realidad de una figura sin encanto, un vestido cursi y la indiferencia burlona que despertaba en todos. Pero tampoco esta vez encontró pareja y al final tenía los pies deshechos de no moverse y unas ganas incontenibles de llorar. Un poco mareada por el anís, no esperó que nadie se ofreciera a acompañarla y se fue sola por la calle Encarnación enfangada, sorteando los charcos y zigzagueando de un farol a otro para evitar la oscuridad.
No había un alma en toda la calle, hasta que apareció un mendigo. Venía por la misma acera, encorvado y sombrío, sujetándose la boina a la cabeza con la mano. Nada en él llamaba la atención ni había de qué asustarse: era simplemente un vagabundo que venía por la misma acera, sujetándose la boina. Pero veinte metros antes de cruzarse con él, vio que aflojaban el paso y tendía a dejarse caer hacia el lado del bordillo, doblándose despacio sobre el costado. No tendría más de treinta años, era alto y flaco y llevaba gafas negras de ciego, chaquetón azul y alpargatas rotas, sin calcetines. Se golpeó el pómulo en el bordillo. Paulina acudió presurosa, lo ayudó a recostarse de espaldas a la pared y con el pañuelo le limpió la sangre de la cara. El hombre respiraba como un fuelle. Sus dedos pálidos lucían cantidad de sortijas de hueso. No será nada, lo tranquilizó ella, es la debilidad. Él quería levantarse, llevaba algo asomando entre el pecho y la sucia camisa: un candelabro de plata. Paulina reconoció el candelabro, era uno de los cuatro que había en la cripta de Las Ánimas junto con otros objetos del culto, ella misma los guardó allí después de Semana Santa.
– ¿De dónde ha sacado eso, buen hombre?
El desconocido refunfuñó, esquivó sus miradas, se encasquetó la boina y quería irse, dijo que el candelabro lo había encontrado en un refugio antiaéreo donde a veces dormía, junto a la iglesia: allí estaba pudriéndose, alumbrando la calavera de unos chicos, no era de nadie y por eso lo había cogido, a ver si le daban unas pesetas por él.
Poco después, cuando el hombre seguía su camino, ella entraba en el refugio. Así pues han excavado un pasadizo hasta la cripta, se dijo asombrada, prolongando aquella excitación, ya verán cuando los pille. Ardía una vela en el recodo de la izquierda; pero no vio la llama hasta que dejó atrás el fango y el tablón; agonizaba en la hornacina, sobre la cera derritiéndose que cubría la calavera, iluminando los reducidos límites de una reciente conspiración secreta: aún se veían las piedras en semicírculo y encima las pelucas rojas de diablo, los tres candelabros, la lata con restos de pólvora. Oyó sus voces desde el pasadizo, pero al empujar el baúl no vio a nadie en el vestuario. Vaya, tan formalitos en el catecismo y mira, pues se lo contaré al mosén… Pasó por delante de un espejo, agua sucia encharcada que su propia figura cruzaba fantasmaclass="underline" una mujer bajita y gorda con los zapatos en la mano y una ridícula flor de trapa en la cintura. Mañana se lo contaré al mosén, cuando vaya a confesarme. Había luz al otro lado de la arpillera, en el escenario:
– Tú vas vestida de hombre, con la túnica y el cinturón de oro de San Miguel, con la capa, la espada y el casco. Pero figura que eres una chica, ¿entiendes? Quiero decir que eres una chica de verdad, pero te haces pasar por hombre. Y nosotros no lo sabemos.
– Y éste lucha contigo y os caéis al suelo, y entonces pierdes el casco y se te sueltan los cabellos largos de chica, así, mira, como en La Corona de Hierro, ¿la has visto?
– No.
– ¿Y La Prisionera Desnuda , la has visto, niña?
– Tampoco. Amén dice que tus películas son mentira.
– ¿Cómo?
– Sí. Que las películas que cuentas no existen, nadie las ha visto nunca. Que tú te inventas esas pelis, Sarnita.
– Amén tiene una gotera en el coco, chavala. ¿Y Suez, la has visto?
– ¿Suez?
– Sí. Todo el mundo la ha visto. Tú eras Anabella y éste era Tyrone Power, ¿vale? Hay un ciclón sobre el desierto y tú salvas a éste atándolo a un poste, mira, aquí tienes la cuerda. Entonces figura que el ciclón te empieza a arrastrar, él se ha desmayado y se despierta atado al poste y ve que estás perdida, y te aprieta entre sus brazos porque además está enamorado de ti, pero el viento es muy fuerte y todo es inútil, una fuerza invisible te empuja y te arranca de sus brazos, te levanta del suelo y te lleva lejos…
– No -dijo María-. No me gusta el cine, casi nunca voy.
– Pues lo que te hicieron los moros, Fueguiña -dijo José Mari-. Ensayamos eso, ¿quieres?
– ¿Otra vez?
Su mirada pasmada penetraba hasta el fondo del escenario, sus ojos saltaban de un horror a otro: la silla con la cuerda colgada al respaldo, la Bota Malaya con el torniquete que rompe tobillos, la Campana Infernal con el martillo y el riel, el bidet con los regueros de pólvora… Había incluso una vieja radio en forma de capilla que, si funcionara, habría servido seguramente para ahogar las quejas de las víctimas, como en una cheka de verdad. Así que yo tenía razón, mosén, ya se lo dije, le diré: algo extraño ocurre, tienen a las chicas muertas de miedo y Dios sabe qué se traen entre manos, ya verá cuando se lo cuente mañana, no me va a creer: haciendo marranadas en el escenario, con este ojo lo vi, ellas medio desnudas y temblando de risa y de miedo, la gallega María Armesto y esa cochina de Virginia con sus trenzas rubias, los espié por uno de los agujeros de la pared, sentada a caballo en un tronco de árbol tumbado en el suelo, sin que me vieran. Hace tiempo que lo sospechaba, mosén, lo veía venir, le diré, se lo dije: hay que vigilar a esos chicos, ocurren cosas muy raras en la Parroquia, andan por ahí como los topos y el otro día una niña de la Casa tenía las muñecas marcadas por unos cordeles…
Debería confesarme también del baile, no, es decir, es lo mismo, va muy junto un pecado con el otro y será como si confesara los dos a la vez: verá usted, mosén, le diré, yo volvía de la fiesta algo mareada y así llegué al refugio, en ese estado de pecado lo vi todo. Era como si ensayaran una función pero no, primero eran trozos de películas y lo demás inventado, luego aquella tortura que habrían ensayado cientos de veces con la gallega forzada a desnudarse a punta de fusil, hasta hacerla reír y llorar a la vez. Empujándola, agitándola cogida por los hombros, hacían saltar como de un árbol su risa podrida, su llanto florido y abyecto, qué vergüenza, mosén. Al ir ella vestida de Arcángel creí que ensayaban de verdad, pero en seguida me extrañó no ver al señorito Conrado. Eran cuatro moros harapientos y de cara renegrida, esgrimían cinturones forrados de monedas de cobre y tenían a Virginia amarrada a la escalera de mano, abierta de brazos y piernas como una equis. Vi su espalda desnuda y teñida de rojo, Dios sabe que no miento, mosén, parecían correazos de verdad. Entonces oí un ruido en el vestuario y me volví: una calavera cenicienta, flotando en el vacío y mirándome, ese pobre enfermo de Luisito vestido de flecha con sus ojos de fiebre en medio de dos círculos morados como un antifaz, ¿o era un antifaz de verdad?, y oí un alarido y volví a mirar por el agujero a tiempo de ver a los moros apretando el cerco, cayendo sobre ella en el fango negro del corral de la casita de labranza. Ya había perdido los zuecos y el pañuelo de la cabeza, ya los moros le subían las faldas, no sé si le habrán contado que los Regulares abusaron de ella después de fusilar a sus padres, y que a su hermanito que quiso defenderla le retorcieron las partes y le azotaron la espalda, parece ser que después se los cortaron y se los pusieron en la boca, y que a ella los falangistas le raparon la cabeza: pues eso representaban, mosén, la galleguita se interpretaba a sí misma con lágrimas de verdad y esa atrevida de Virginia hacía el papel del hermano amarrado a la escalera con la espalda despellejada, y ellos con ramajes en los turbantes y negras barbas y fusiles encañonándolas, tres regulares y un oficial cercando a María Armesto que pataleaba y chillaba, cuando su hermano se volvió a escupirles.