– Está bien -dijo Justiniano paseando su gran mandíbula erguida, y ajustándose el parche sobre el ojo vacío -. Si no es la persona que buscamos, puede usted irse. Aquí no nos comemos a nadie, todo eso es en bien de ustedes y sus familias. Pero tenga la bondad de dejar las huellas digitales, por aquí, venga.
El hombre obedeció. Dejó sus huellas en el papel y ya se ponía la americana cuando el tuerto le dijo: si quiere lavarse las manos, allí, y señaló la pileta del rincón. El infeliz se remangó cuidadosamente, metió las manos en el agua y entonces lo pillaron, fijaos qué astucia, lo descubrieron por eso, por la manera tan fina que tienen los curas de lavarse las manos: tan delicadamente, las puntitas de los dedos nada más, como si temieran infectarse, y con esa humildad y recogimiento, como si nunca hubiesen roto un plato. Y el señor Justiniano, que estaba a su lado con la toalla igual que hacen Amén y el Tetas en la misa, se echó a reír y dijo ya te tengo, curita, es inútil que lo niegues. No lo negó el hombre, pero aún intentó salvarse:
– Soy amigo de Luys -dijo-y colaboro en la Prensa del Movimiento, pregunte usted…
– ¿Qué Luys?
– Luys con igriega.
– Peor. Si fuese con irromana…
– ¿Y Ramona, dice? -se le escapó.
El fulgor inquisitivo se acentuó con el único ojo del falangista.
– Vaya, vaya. También esta pájara me interesa. Y mucho. Has dicho Luis y Ramona, ¿no? O sea Luis Lage…
El detenido se puso pálido.
– Quiero decir Marcos y Ramona… Una desgraciada. Sé que eran novios, pero yo no los conocía, palabra, no conozco a nadie. -Balbuceaba, se contradecía, liándose cada vez más hasta que lo metieron en la Campana Infernal y venga a darle a la Campana con un martillo y un trozo de raíl, y al rato enloqueció de chillar y quedó como sordo, y confesó. Ramón Ginés, dijo llamarse, y dio todos los nombres mientras se taponaba los tímpanos reventados. Pero se negó a escribir una postal de Toulouse, como ellos querían, y entonces le hicieron la Estrella de Cinco Puntas.
– Desnúdese -y como no reaccionaba tironearon su camisa y sus pantalones. Lazos corredizos en el cuello, en las muñecas y en los tobillos; cinco cuerdas sujetas a unos caballetes de madera formando una estrella y el infeliz en medio, en posición horizontal y espatarrado. La soga del cuello más floja, si no dejaba caer la cabeza. Y debajo, a sólo unos centímetros de su cuerpo desnudo, rozando sus tristes nalgas, una mullida cama turca con almohadones de plumas y colcha de seda roja, un jarrón con flores en la mesilla de noche, comida y un retrato de Ginger Rogers vestida de lame y recostada en un sofá. Para que pensara: qué bien comería y dormiría aquí. Dos veces el cerrajero aflojó las cuerdas, pero al segundo de descansar el cuerpo en la cama el verdugo lo volvía a izar. Gemía. Finalmente dijo que sí, que lo soltaran por el amor de Dios, y accedió a escribir la postal de Toulouse maldiciendo, llorando.
A él, en cambio, dice que lo trataron amablemente: también la memoria le vaciaron, el pobre nunca más llegó a acordarse de nada: que le invitaron a sentarse aclarando que no era con él con quien querían hablar, sino con su madre, que le acercaron un crucifijo y él pensó ahora, ahora me la chuparán, debe ser como si te vaciaran por dentro y a lo mejor no duele nada. Pero ya que estaban allí querían preguntarle algo: ¿Era el hijo mayor de Trinidad Sánchez Carmona, conocida también como la «Rubianca», natural de Málaga, de profesión taquillera del metro, con domicilio en el Carmelo…? Sí, señor. ¿Por qué no ha venido ella? ¿Estás enfermo, hijo, te encuentras mal? Yo no, señor. ¿Quieres un poco de leche? No, señor. No te asustes que aquí no nos comemos a nadie. ¿Es cierto que tu madre frecuenta ciertos cines buscando, digámoslo así, tocar a los chicos? Qué va, un camelo, señor, envidia de las vecinas porque es más guapa que todas. ¿Tiene amigas del oficio, sabes si conoce a una tal Ramona o Aurora o Carmen, has oído hablar de ella, la has visto alguna vez? No, señor. ¿Y tu padre, dónde está ahora tu padre? No lo sé, se peleó con madre por culpa de estas chafarderas y se fue de casa. Tu tío Francisco, ¿no fue comisario político en el Perchel?, ¿no se vino con vosotros a vivir aquí?, ¿no estuvo escondido en tu casa…? La barraca donde vivimos es tan pequeña que no puede esconderse en ella ni una rata, camarada vampiro, ni una hormiga.
Decía que pusieron a hervir en la olla una cabeza de ajos y que sacaron agua con una pera de goma y se la metieron por el culo, pero el agua hirviendo le perforó los intestinos. Era un buen remedio contra los cucs. Y que oyó como un ruido de motor poniéndose en marcha y vio horrorizado que el techo bajaba muy despacio sobre su cabeza y que lo iba a aplastar con la araña negra iluminada, estaba cerca, cada vez más cerca y entonces lo durmieron con una inyección, dijo, creía estar en el hospital y dormido notó más picaduras, más chupadas, eran como inyecciones pero al revés: no que le entraran líquido, sino que se lo sacaban. Lo vaciaron, chavales, lo chuparon y desde entonces ya no hizo nada bueno, se ha muerto por falta de sangre, tenía que acabar así, pobre Luis, todos acabaremos así.
Policías con pesados abrigos oscuros descienden de un automóvil que echa humo por el radiador. Y tan cerca, casi tropiezas con ellos: bigotes recortados y pestañas de luto, dientes sucios que trituran palillos manchados de nicotina y de café. Y tú sin ver nada, Jaime: un gris con el naranjero asomándose en aquel portal, juraría que sí, ya es la segunda vez esta noche.
– Lo habrás soñado, Marcos -con el motor del Wanderer en marcha esperando a los demás frente al Banco Hispano Colonial de Hospitalet-. No se ve ni un alma.
– Pues ten los ojos bien abiertos.
– ¡Bah! Ojalá me hubiese quedado jugando a los dados… No terminó de decirlo, cegado por la explosión luminosa de los faros y gritándome ¡salta! Las balas pulverizaban los cristales cuando abrió la puerta para escapar, pero no hizo pie y cayó, se hundió en el suelo como si el Wanderer estuviera parado realmente al borde de un precipicio, y desapareció en la oscuridad con un grito de sorpresa y de dolor.
Luis Lage venía corriendo con el maletín, tras él Pepe y el Fusam agachados y detrás Bundó disparando a ciegas, diciéndose interiormente por tu culpa, jorobado asqueroso, te han seguido. Ya el «Taylor» suplía a Jaime al volante y acelerando me agarró del brazo diciendo adónde vas, déjale, no le encontrarán. Jaime había rodado por un terraplén de basuras y zarzales, le oímos gemir allá al fondo antes de irnos, se rompería un pie.
Pepe fue el último en subir al coche, ya con la bala en el hombro, ayudado por Palau. Al maniobrar en redondo, dos policías cayeron de bruces sobre la acera. Después, cerca de la base, en la barriada de La Torrasa, Bundó, que había estado disparando a través del cristal trasero, resbaló silenciosamente en el asiento junto a Lage. Corre, dijo, ayúdame, y sintió como una burbuja caliente reventando en su pecho.
– Se está muriendo, tú -dice Lage a Palau. Separa los dedos de Bundó uno a uno para quitarle la pistola y le susurra al oído-: Miguel, Miguel.
– Qué.
– No te muevas.
– Da igual…
Por las Ramblas subían hombres-anuncio en fila india, con paso cansino. El último vuelve la cabeza y mira con ojos de un azul apagado la fachada cenicienta de lo que fue hotel Falcón.
Tres meses después de la muerte de Bundó aparece Lage en la base con una postal de Toulouse: acaba de recibirla la Trini pero es para ti, Pepe, de Ramón, por fin, pide un contacto en la parada de tranvías de la calle Trafalgar el martes a las seis. Pepe coge la postal, mira detenidamente el matasellos, la letra temblorosa del cura, la firma. Eso es que viene mi hermano, dijo, ya era hora. Pero Palau refunfuña desconfiando mientras engrasa su pistola: no vayas, me silba el oído izquierdo.
– Te haces viejo, Palau -le respondió Pepe -. No hay nada que temer.
Pero apenas le darían tiempo para considerar que el carota tenía razón y que la postal era efectivamente una encerrona. Aquel martes le dolía la herida del hombro y entró en la farmacia cerca de la parada de tranvías en Trafalgar. Al salir troceaba la aspirina con los dientes, dicen, y su mano guardaba el tubo en el bolsillo con un gesto que seguramente sería interpretado como el de sacar la pistola. La ráfaga de los naranjeros alcanzó primero el tronco del árbol, y luego, levantando esquirlas de la acera, avanzó como un soplo de polvo hacia sus zapatos. Cayó para atrás con la gabardina abierta y la mano todavía en el bolsillo.
Y a partir de ahí, el vértigo del tiempo y la descomposición del sueño, la muerte y el silencio: cayendo en mitad de la calle una metralleta Stern y su cargador con los cartuchos a tope, rebotando despacio y sin ruido sobre el asfalto, como en sueños. El «Taylor» desangrado sobre el volante de una camioneta «rubia» con un tiro en la cabeza y otro en la espalda. El día anterior habían atracado una fábrica en las afueras: un golpe económico, aún les gustaba llamarlo así, creyendo sin duda que el grupo podría recuperar su antigua moral política gracias a la influencia del nuevo jefe, aquel hombre de ojos mongólicos y cabellos ungidos de noche que por fin llegó soñando con vengar a su hermano Pepe. Verás ahora, Jaime, todo va a cambiar, ya no volverás a escoñarte el tobillo por falta de entreno, éste es de los buenos, dicen que un día escapó del cerco de los civiles en una masía cabalgando a lomos de una vaca en medio del polvo y los tiros… ¿Qué no habrán contado de él? Al día siguiente del atraco tenían que reunirse en la plaza Molina, pero al llegar notaron algo raro en el ambiente y decidieron utilizar el siguiente punto de contacto, en la calle Arenys. Poco después llegó el Quico pero no conduciendo el Ford, sino un Renault 4-4 robado en la misma plaza Molina, donde efectivamente les habían preparado una encerrona.