– Si no actúas mejor en la tierra que en el agua habrá que recusarte en los grupos. ¡Eh! -grita-, dejándome atrás.
Braceo hasta alcanzarla. Ya a su lado, cuido el estilo.
– Allá lejos está Madrid. Dentro de una hora se darán cuenta de que nadie trabaja y habrá que tomar el desayuno sin las tostadas negras. La huelga saldrá bien. Los mismos socialistas están indignados.
Star ríe e imita la voz doliente de un mendigo:
– ¡Un corrusquito de pan integral para este pobre coronel retirado!
Yo añado:
– ¡Que está diabético, el infeliz!
– ¿Lo toman los diabéticos?
– Sí.
He asomado el torso y me ha tirado agua. Voy a correr, pierdo el equilibrio y nado de nuevo. Ella va hacia la orilla y se estremece. Le pregunto si tiene frío y resoplando me dice que no. Es una graciosa estatua de mármol, con los pies, las puntas de los pechos y la naricilla color rosa. Hay una energía y una fuerza increíbles en esa fragilidad. Vuelvo a escudriñar con la mirada los alrededores. No hay nadie. ¿Quién va a venir por estos lugares, a esta hora? Los campos de aquí no son de cultivo. Ella me comprende:
– Si nos ven creerán que estamos locos.
– O se volverán locos por la pequeña anarquista.
Ella ríe desde la orilla:
– O quizá por ti.
Ella está ocupada en quitarse el barro de la planta de un pie.
Yo le digo que haga ejercicio o que se lance otra vez al agua. Opta por lo segundo. El Sol ha salido y no tardará en llegar aquí porque baja ya por los postes metálicos y barniza el transformador. Yo nado hasta la otra orilla. Serán treinta metros. Luego vuelvo. Voy pensando que Star lo sabe todo, lo conoce todo sin curiosidad y sin misterios. En cambio, mi novia Amparo cree que la fecundación se produce por un beso. Un día leyó en un periódico la palabra “homosexual” y me preguntó -todo me lo pregunta-, obligándome a contarle un cuento chino. Yo debí decirle la verdad, pero me hubiera parecido que la pervertía y por otra parte no hubiera comprendido mis explicaciones. Le mentí. A veces no me importa -mis relaciones con ella son una sarta de bonitas mentiras-, pero también a veces me preocupa. Si fuera millonario -¿podría yo serlo?- la llevaría al campo conmigo en un país cuyo idioma desconociera y moldearía su carácter como Pigmalión, cuidando mucho de que viviera sin sentir sino la belleza, de adormecerla en la delicia para siempre. Fijar la eternidad en la infancia moral. Que no llegaran a ella otros sonidos que los de mi voz, otras manifestaciones de la vida que las que yo le elaborara, ¡Qué gran artífice!
Me siento en la orilla. Al salir se ensucian los pies en el limo y hay que lavárselos. Star ha vuelto al agua y bajo la superficie su cuerpo es suave y resbala como un pez en los reflejos azules. Pero pienso que el caso de Amparo no concuerda con mis convicciones. Para mí el candor y la pureza son ignorancia, y esto constituye boy una enfermedad y mañana será un delito En la sociedad a la que aspiro no habrá más que dos delitos: la enfermedad y la ignorancia. ¡Qué gran delincuente, mi pequeña! ¡Qué buen juez, yo! ¿Y Star? Ahora se sostiene flotando, sin nadar, mucho mejor que yo. Adolescente aún, tiene sin embargo moldeadas las piernas, los brazos, hinchadas suavemente las caderas y pesando poco desplaza no obstante mucha agua. Star es la carnerada. La veo como una figurilla de vidrio, incapaz de despertar los sentidos. Su carne no ha debido presentir el amor.
¿Cómo será un día su presentimiento? El agua se obscurece en la orilla, luego tiene una cenefa blanca y después, sobre la tierra es incolora y transparente. Llega el silbido de una locomotora, repetido tres veces. Los horizontes son de goma y ceden. Star repite el silbido, no con los labios sino con la garganta, y grita con su vocecilla atiplada:
– El expreso del Norte.
Luego dice que en la línea del Mediodía los obreros sin trabajo de la barriada de Vallecas han resuelto la cuestión desvalijando los trenes de mercancías. La alegría que le producen esas revelaciones encierra una gran salud. Ahora es Star quien me dice desde el agua que haga ejercicio. Tengo frío. Esperaba que el Sol llegara sobre mí.
– ¿Me estás admirando? -pregunta ella.
– Sí.
Sale del agua, decidida, y se me acerca con las manos en las caderas:
– Pues no nado más.
Me cuenta que desde pequeña había sido muy amiga del agua. Iba a pasar los veranos con unas tías, a un pueblo. Las tías de los pueblos son siempre católicas y beatas aunque sean pobres. Ella tenía ocho años y se iba con los arrapiezos a las badinas del río. Un día la sorprendieron en cueros, con la ropa bajo el brazo, después de bañarse. Iba lanzando a toda voz ana canción que les había oído a sus amigos:
“El nadazo de Cristo:
cojo la ropa y me visto.”
Las tías le profetizaron que acabaría mal y la tuvieron encerrada en casa una semana. Cuando Germinal se enteró fue a buscarla y riñó con sus parientes a quienes ya no volvió a tratar. Yo la escucho un poco sorprendido porque Star no da la impresión de una chica traviesa. Claro es que éstas no son travesuras, sino manifestaciones normales de salud y de alegría. Ya nos da el Sol. Vamos a ver. Un último remojón y a secarse baje su toalla amarillenta. Star tiene el pelo mojado y saca esa cara de fruta monda y lavada -en agraz- de las chicas pelonas. Me dice que lleva un peinecillo con el cual podré peinarme yo también. Salimos y nos calzamos secando nuestros pies con mi camisa. Luego dejamos que el Sol evapore el agua de nuestra piel. Reímos y hablamos de cosas muy trascendentales: “El nadazo de Cristo, cojo la ropa y me visto”. Star quiere sentarse. Yo extiendo mi americana, mi camisa; le hago una alfombra. No se sienta, sino que se tumba. De vez en cuando levanta la cabeza y la sacude salpicándome. Ríe. Yo la hago levantar una pierna para coger del bolsillo de mi americana la carta de mi novia. Tiene que ladearse para que de otro bolsillo coja el lápiz. Star protesta:
– ¡Para leer eso molestas así a una camarada!
– No voy a leerla.
Me quedo a su lado. Miro alrededor y con el lápiz trazo unas curvas en el dorso del sobre. Luego una recta. Más líneas panorámicas. Hago un pequeño gráfico. Los postes, el transformador donde zumba la alta tensión. Aquí y allá pongo unos números. El río tiene treinta metros de ancho por uno y medió de profundidad. Aunque haya corriente se puede vadear sin dificultad. Los postes tienen veinte metros de altura y al principio del último tercio está el transformador. Un vigilante sentado sobre la curva de la izquierda puede ver lo que ocurre en tres kilómetros de radio. Star se incorpora.
– ¿Me estás dibujando?
Mira por encima de mi brazo, poniéndome la mano en el hombro.
– Es un mapa.
Me fricciona la espalda, diciendo que yo estoy seco y que si quiero vestirme me devuelve mis ropas. Pero la posición que tenía al dibujar ha hecho que en el doblez del estómago y el vientre se haya depositado agua. Me tumbo un instante, ofreciéndolo al Sol, y Star grita regocijada:
– ¡El timbre, el timbre!
Trae su mano sobre mi vientre y con el índice oprime mi ombligo. Al mismo tiempo suena el silbido de una locomotora. Mi ombligo es el timbre de alarma del paisaje. Ha callado la locomotora cuando mi amiga ha retirado su dedo. Se queda muy confusa, mirando los horizontes donde por lo visto se encierra el misterio. Repite la llamada y de nuevo la locomotora lanza su silbido de Este a Oeste en fina comba. Reímos hasta más no poder. Yo le digo que no me extraña. El hombre desnudo es el protagonista del paisaje. La locomotora y el paisaje están identificados y además yo estuve enamorado de la locomotora cuando era pequeño.