Y es verdad. Samar siempre ve por encima de todo ese aspecto. Llega la tía Isabela con las intenciones cuajadas en el entrecejo. Estamos todos de pie y sin darnos cuenta, alineados. Ella desea la intimidad moral de cada uno y la va leyendo en nuestros ojos. El argentino habla:
– Desde pequeño todos dicen que soy un deficiente mental. Ahora ya no dirán: es tonto. Dirán más bien: es anarquista. Y lo dirán quizá con un poco de miedo.
El más alto de mis dos amigos:
– He salido a que me maten como a Germinal.
El otro:
– Yo quisiera cortarle el resuello a Madrid. Que las gentes tengan que salir huyendo a trabajar a las minas y a labrar el campo. Con trajes viejos y barba de ocho días, como yo.
Star:
– Yo sólo quiero librar al gallo de los dientes de la policía.
La tía Isabela mueve la ceja y la oreja izquierda, se toca la nariz, comprueba bien sus dimensiones y vuelve a su rincón. Antes ha mirado al tabernero. Este decía, en silencio:
– Le acompaño a usted en el sentimiento. Al ver que los otros se daban cuenta de su estado de ánimo levantó la cabeza y escupió:
– ¡Maricas! Sois unos maricas todos.
Salimos de la taberna y en ella se quedaron Star y la abuela. Los obreros creían que no habría entierro, que las autoridades querían evitarlo y que los tres cadáveres irían en un furgón automóvil por callejas extraviadas y a toda velocidad. Los obreros querían entierro, manifestación, con tres carrozas descubiertas. El homenaje de la ciudad para sus mártires. Hasta última hora se tenía la impresión de que no habría entierro. Pero en este momento llegan noticias sensacionales. En el hospital están ya los jefes socialistas. No son tres muertos, sino cuatro. Además de Progreso, Espartaco y Germinal, hirieron a un socialista sin trabajo que ha fallecido ayer tarde y los jefes socialistas se han alegrado porque ha sido un pretexto para justificar la adhesión de sus masas a nuestras consignas y para reclamar el resto del Gobierno, el entierro y la manifestación de duelo. Los dirigentes socialistas al ver su fracaso de esta mañana comenzaron a pensar que los socialdemócratas ya han fracasado en otros países, en Alemania y en Inglaterra, y que aquello de llamarse proletario está, en ciertos momentos, tan bien como en otros llamarse ministro. Reclamaron manifestación y entierro para los cuatro y el resto del Gobierno accedió con la condición de que al frente fueran ellos. Y ahí están. ¡Camaradas Progreso, Espartaco y Germinal! Ahí los tenéis. Hace quince años eran compañeros vuestros en los sindicatos socialistas. Hoy lo quieren volver a ser a través de la madera barata del ataúd, porque las masas están en las calle y los tiros atraviesan las ventanas y penetran hasta las escondidas alcobas. No se han acostumbrado aún a la nueva autoridad. Les ha llegado cuando ya la estabilidad política se sitúa más allá de la socialdemocracia, como dice Samar. Está poco animado, el periodista. Anda inquieto y melancólico. Esta noche tenemos plenos de comités. Pero antes hemos de vernos los delegados de grupos. No hay nada que hacer, más que notificar a los que no lo saben aún la imposibilidad de desarrollar nuestro plan de sabotaje. Samar tiene que venir con nosotros para que sea él quien explique una vez más lo ocurrido. Pasará mal rato. Le cuesta mucho a un hombre en estos casos confesar su estupidez. Digo, la del croquis hecho en el sobre de una carta de amor.
Los guardias se retiran y se quedan formados en las calles adyacentes. Han venido los dirigentes socialistas y esto varía de aspecto. Llegan en avalancha los obreros. Intervienen los guardias para dejar un espacio libre adonde tengan acceso las carrozas y la presidencia. Los agentes de vigilancia fisgan entre la multitud pero ya es inútil porque tendrían que registrarnos a todos y llevarnos a todos a la cárcel. El Sol se nubla unos instantes, y cuando sacan los ataúdes resultan negros como la tripa de un murciélago y más largos de lo que creíamos. Llegan las carrozas, pero la muchedumbre impide que acaben de instalarse frente a la puerta y algunos grupos avanzan dispuestos a llevar los ataúdes al hombro. Hay dudas. Por fin se los dan, escogiendo a seis compañeros de la misma estatura para cada uno. El de los socialistas va el último y lleva detrás el coche vacío con cuatro coronas de flores. Los nuestros no tienen flores.
Nadie sabe cómo ha ocurrido, pero lo cierto es que de pronto los tres ataúdes aparecen envueltos en la bandera roja y negra. Los dirigentes socialistas salen y se ponen al frente de la manifestación. Basta su presencia para que todo esto aparezca subordinado a su iniciativa, cosa que a mí por lo menos me resulta insufrible. Sin embargo hay entre nosotros bastante tolerancia, aunque no lo parezca. Samar dice que no:
– Lo que nos pasa -dice- es que no tenemos ninguna aptitud para el triunfo, para aprovechar nuestro propio éxito. Sólo sabemos aprovechar nuestras derrotas.
– No es poco.
Calla y seguimos metidos en la muchedumbre. Una vez aprobado el voto contra Samar, ninguno de nosotros será capaz de recordarle su percance ni menos aún de utilizarlo como un arma de discusión. Pero él lo sabe, lo agradece y no quiere entrar en polémicas sobre las cuestiones inmediatas. Así, vamos callados un rato, cuando aparece dando codazos un individuo amarillo y seco, de una flacura atildada. Se saluda con Samar y le pregunta el alcance de la presencia de los tres socialistas allí.
Ahora resulta que conozco a uno de los socialistas que presiden. Hablé con él en el Congreso, donde es quizá el que más manda.
Me vuelvo a mirar hacia atrás. El río humano se pierde en la curva de la calle. Viendo la muchedumbre así a contrapelo se penetra en seguida en sus intenciones. Todos piensan lo mismo: “¿Qué hacen aquí los socialistas? ¿Por qué los seguimos?” Advierten algunos, con respeto, que hay un muerto socialista. Mirando adelante se ven navegar nuestros tres ataúdes, con lentos y torpes movimientos. A veces, cogiéndolos al sesgo y cerrando un poco los ojos, parecen gorros de la guardia civil, inmensos, huecos y duros. Ahora reparten un pequeño impreso. Otro manifiesto de los socialistas prometiendo depurar responsabilidades y dando el itinerario del entierro. “Seguirá -dicen- el paseo del Prado hasta la plaza de Castelar, y allí las carrozas partirán hacia el cementerio y se disolverá la manifestación.” Esto es un decreto. Confían en que tienen mayoría. Son las tres y media. La tarde es ya larga -el Sol de mayo cae a las siete- y la manifestación debe desviarse por la plaza de Neptuno y subir a la Puerta del Sol. Eso es lo que se le ha dicho secretamente a los que transportan los ataúdes. Samar concluye:
– Cuando murió Pablo Iglesias, los socialistas tuvieron tres días el “fiambre” expuesto al público. ¿Por qué no nosotros?
El manifiesto crea un ambiente incómodo. Los sucesos de esta mañana nos han dado un triunfo moral. Al salir al paseo del Prado la manifestación adquiere un volumen tres veces mayor. Domingo rojo, color ceniza caliente, con la ciudad escalofriada y los tres ataúdes cabeceando como los barcos, sobre la multitud. El rojo de las banderas desafía a todas las púrpuras. El ataúd de los socialistas va detrás y no lleva bandera. Samar piensa que no ha tenido tiempo de comer y a continuación añade:
– Si me dan un balazo en el vientre o en el estómago podré curar más fácilmente.
A mí se me ocurre pensar por qué razones es revolucionario Samar, aunque en realidad nunca las hay en la vida de los buenos revolucionarios. Lo son sin enterarse, por una necesidad moral que han sentido desde niños y que ha adquirido forma al crecer.
Comienzan a oírse canciones. En este bosque en el que uno es un árbol más, hay grupos que cantan y recuerdan las procesiones del Corpus. La tarde tiene velas encendidas que llevamos como antorchas y hasta a veces suena la canción al curo de los ángeles exterminadores, que van vestidos de blanco delante de las nubes.
Ahora siento la misma emoción religiosa -exactamente la misma- que sentía de pequeño en la iglesia. Claro es que sin santos ni curas. Samar está abstraído. Sin darnos cuenta seguimos el ritmo de “La Internacional”. Un grupo de la F.A.I. que rodea los ataúdes canta “Hijo del pueblo, te oprimen las cadenas”, y parece que el cielo baja y el aire se espesa y que se respira con dificultad. La manifestación sigue y la cabecera debe estar ya cerca de Neptuno. Probablemente hay más de setenta mil obreros a nuestro alrededor. La burguesía temblará en sus cubiles. Se lo digo a Samar.