– Si fuéramos revolucionarios auténticos, esta noche se habría hundido todo -dice él.
Desde sus caballos, los guardias nos miran como los pastores a su rebaño. No sentimos ya odio. Somos fuertes y lo podemos todo. Adelante, tras de Germinal, Espartaco y Progreso, que caminan lentamente al infinito, como nosotros. Vamos al infinito de la libertad y la justicia. Samar interrumpe:
– La libertad no es un fin. Es una bandera.
¡Bah! Somos fuertes y nada nos desviará. Los ataúdes de Progreso, Espartaco y Germinal siguen el camino de la difícil ortodoxia. La muerte o el triunfo. Todo lo demás es concesión, es reformismo. Samar y yo nos proponernos buscar la “temperatura media”. Como vamos cerca de la cabecera, nos basta con ir acortando el paso, dejando que nos adelanten, y escuchando a nuestro alrededor. Voy a apuntar lo que recuerdo: “Tengo dos cargadores, pero los necesito para mí. ¿Qué menos va a llevar un hombre?” El otro murmura algo que no oigo. Nos adelantan, tropezando, chaquetas negras, chaquetas pardas, con brillo, con remiendos. “Sumando estos tres compañeros son doscientos quince los que han caído con la república.” Más chaquetas. Una con el codo roto y la vuelta de la solapa negra de sudor. “Dieciséis, porque hay que contar al socialista.” Alguien protesta: “Los socialistas no son proletarios”. Samar replica: “Si no hubieran matado a ese socialista no se hubiera podido celebrar esta manifestación.” Callan porque es todo un argumento, con las ganas atrasadas que tenemos siempre de manifestarnos. Otro corrobora esto último: “Si nos dejaran actuar así, como ahora, no harían tanta falta las pistolas.” Otro afirma:” Espera, que aún no hemos terminado.” Más abajo hablan de la dictadura del proletariado. Todos la rechazan, y cuando más la admiten en manos de la FAI con el control económica de la C.N.T. Samar dice que sería una fórmula certera si la FAI quisiera el poder. Yo le digo:
– Tú no eres anarquista.
Samar se encoge de hombros:
– El anarquismo como negación del Estado está bien. El anarquismo integral es una religión que no me interesa porque como todas las religiones se basa en la superstición y toca, por arriba, en la utopía.
No comprendo bien esto, pero el acento de sinceridad de Samar me convence. A nuestra derecha dicen dos obreros que el mejor sindicato es el de la Construcción. Otro interviene: “El de camareros tiene organizado el subsidio de parados.” Más atrás se oye el nombre de Germinal. Los compañeros lo recuerdan siempre en anécdotas y en episodios de lucha. Toda su vida fue eso y desde el plano negativo de la muerte resalta más el continuado esfuerzo. El nombre de Espartaco sé oye menos, pero también rueda por entre los grupos con el hurón, la linterna sorda y las cuerdas de su faena nocturna. Progreso da la impresión de que no ha muerto porque todo el mundo habla de él como si hubiera de volver a encontrarlo dentro de media hora. De Germinal se dice que “era un hombre”. Nada más. De Espartaco, que era “un anarquista”. De Progreso, que fue un excelente oficial albañil y que el sindicato lo organizó él. Entre los tres forman un solo organismo completo. Espartaco sería la idea, Germinal la materia y Progreso la función. Esto a Samar no le parece bien.
Seguimos retrocediendo. Todos cantan. Hay muchos socialistas y éstos apenas tienen nada que decir. Samar mira al cielo y sigue andando.
– No hay manera -dice- de encontrar hoy la “temperatura media”. Todo será posible esta tarde.
De aquí y de allá llegan voces inquietas. “¡Por la Puerta del Sol!” A la vista de la orden de los jefes socialistas ha reaccionado la multitud y se agarra a la consigna de la FAI. Por la Puerta del Sol. Las voces van creciendo. Han llegado ya los ataúdes a la plaza de Neptuno. Samar y yo volvemos a avanzar y tardamos un poco en recuperar nuestra primera posición. Por el camino hemos ido sembrando la consigna y detrás de nosotros se levantan las voces como llamaradas. El cielo sigue gris e indeciso. Las caras son más blancas y los árboles tienen un color verde de bazar. “¡Puerta del Sol!” De la frase ya sólo se oye la última palabra: “¡Sol!”, repetida por millares de gargantas. Los ataúdes se han detenido y el primero inicia el viraje. La presidencia debe estar cuatrocientos metros más arriba, en la plaza de Castelar. Los ataúdes quieren desmandarse. La entrada de la Carrera de San Jerónimo está totalmente ocupada por fuerzas a caballo y a pie. Rueda la voz produciendo nuevos ecos hasta trepidar bajo la bóveda gris como un trueno: “¡Sol!” La muchedumbre se ha detenido. Ríe Samar. El cielo, obediente pero aturdido, entreabre una claraboya y deja pasar sus rayos amarillos. El Sol da relumbres pálidos al negro de los ataúdes. Pero no es eso. La muchedumbre sigue suspendida bajo las tres letras: “¡Sol! ¡SOL!” Sigue riendo Samar.
Su felicidad es honda y vergonzante, escondida e inconfesable como la morfina. Por ahí anda su novia; ella, su novia, le dice “Sol” quizá “Sol mío” y “Sol de mi vida”. Cree sentirla transfigurada en revolución, identificada con las multitudes.
La manifestación se ha cortado. En tomo de los ataúdes se aglomeran los nuestros y los demás han seguido hacia la plaza de Castelar. Hay en los socialistas una alarma expectante. Loa nuestros rugen ya: “¡Puerta del Sol!” Y amenazan. Tenemos la mano en el bolsillo y los ataúdes han enfilado ya la Carrera. Los guardias se acomodan sobre los caballos, se miran inquietos. Tienen el miedo como impulso inicial; el miedo después de los asaltos de esta mañana. Cierran la calle, pero ya la abrirán. A un lado, el Palace; al otro, el Ritz. He aquí, burguesía turística e internacional, nuestros tres muertos. Al otro lo han metido en la carroza automóvil y ha desaparecido. No os asustéis. Ya sabemos que diréis que es de mal gusto, pero en España y en nuestro campo el mal gusto no es una razón. Aquí están Progreso, Espartaco y Germinal. Entre los tres ataúdes forman un buen obelisco conmemorativo. Tumbado, claro está. Pero éste es nuestro obelisco. Tenemos el mismo derecho a enseñároslo que la burguesía cuando os enseña ese otro obelisco del “2 de Mayo” entre árboles. Progreso, Espartaco y Germinal. ¡Eh, Samar, mira la Luna del día tan desvaída! LA LUNA. -Tres planetas nuevos: Progreso, Espartaco y Germinal.
Y otro ver el Sol. No es el Sol. Es la Puerta del Sol. ¿También el firmamento se va a llamar a engaño? ¡Hundamos el firmamento! No hagáis caso de ese cornetín de órdenes que nos avisa. Cantad. Nuestras voces llegarán a todas partes. Nuestras ideas entrarán a balazos en las cabezas planchadas por el egoísmo.
Un disparo. En seguida dos más. La multitud calla y los ataúdes se bambolean sobre las cabezas. El cornetín suena de nuevo. Es la ley. Primero es la ley y luego el hecho. Así en las viejas civilizaciones. En las que nacen -como la nuestra- primero es el hecho y después el hecho y después nada y mucho después la ley. Con la última nota del cornetín suena una descarga. Los guardias se han echado la carabina a la cara. Cada descarga va seguida de un silencio mortal. ¿Quién caerá? ¿Por qué no he caído yo? Los ataúdes siguen avanzando, impávidos, sobre las cabezas. La muchedumbre se ha hecho atrás, pero los compañeros que los llevan avanzan. Se han quedado solos. Parten de nosotros los disparos en un fuego graneado cuyo eco se pierde en los aledaños de la plaza. La línea de los guardias se ha deshecho y se agrupan en dos alas a los costados. Ha caído uno. El caballo de otro se encabrita, herido. Ahora disparamos, huyendo, buscando un árbol, una piedra desde donde seguir haciendo fuego. Contestan con descargas cerradas. Hacia el Retiro, hacia la Cibeles huyen millares de manifestantes. Y las descargas siguen. En los claros que presenta el pavimento quedan manchas negras que se arrastran o gimen. Y el fuego se generaliza. Los ataúdes siguen avanzando. Un oficial se acerca al primero y con la pistola en la mano ordena que retrocedan. Entre la urdimbre invisible de las balas, dos de los que llevan el primer ataúd han caído. El ataúd rueda, cruje y queda sobre los adoquines. Los heridos se arrastran y los otros sacan las pistolas y retroceden disparando. Yo me he refugiado detrás de un banco y hago fuego. Samar blasfema con las manos en los bolsillos y mira arriba y abajo. La plaza sigue pautada de gentes que corren. Nosotros disparamos. Hay otro ataúd en tierra. Las balan siegan las flores de los jardines y se estrellan en el pavimento lanzando esquirlas de piedra. De pronto la gente llega corriendo de la Cibeles. Por allí y por la Carrera de San Jerónimo bajan más fuerzas. Hay que huir o morir. Huyamos, porque no se puede morir: a la noche hay pleno de comités.