LA LUNA. -Tres planetas nuevos: Espartaco, Progreso y Germinal.
Los ataúdes están en tierra. El tercero ha caído de los hombros heridos y se ha desgajado como la vaina seca de un fruto. Se ha abierto en dos y la semilla, blanca y amarilla, ha quedado fuera. La Plaza está ya desierta aunque parten balazos de algunos sitios y hay heridos que se arrastran y huyen sin dejar de disparar. Los guardias no se atreven a descubrirse demasiado. Un caballo herido, con la columna vertebral rota avanza y caracolea, el hocico en alto y los cuartos traseros encogidos, como una jirafa. Recorre la plaza y las riendas se enganchan en una astilla del ataúd que redobla sobre los adoquines. Con el ritmo de los disparos el animal baila arrastrando el ataúd. Huyo, como todos, pero me quedo cerca. Durante media hora nadie se atreve a dar un paso. El caballo continúa en este circo alfombrado con rosetones rojos. Sólo hay sobre el adoquinado cuatro hombres. Cuatro muertos y los camaradas Espartaco, Progreso y Germinal. Este último con los brazos desnudos abiertos a la luz, fuera del ataúd vacío. Los heridos han huido todos. Se curarán donde puedan. O morirán en todo caso donde quieran. No sometidos a la voluntad de los que disponen que mueran “en el lugar y en el acto de la rebelión”. Los ataúdes -los tres- presentan varios impactos de fusil. Han vuelto a matar a los muertos.
Por la plaza llegan la tía Isabela y Star, presurosas. Dos guardias les echan encima los caballos y las obligan a retroceder y a huir. En la confusión, el gallo rojo ha escapado de los brazos de Star y pasea entre los ataúdes. Samar y yo hemos logrado alcanzar las verjas del Retiro y allí encontramos a Urbano Fernández, del comité de la federación. Sin detenerse nos dice:
– A las diez en Cuatro Caminos, para el sabotaje.
Samar advierte:
– ¿Pero no sabéis que hemos desistido? ¡Ya no se puede hacer nada!
Urbano se indigna:
– ¡No os enteráis, carajo! Al agente que cogió el sobre con el croquis lo conocían dos compañeros que estaban en el mismo bar y que vieron la faena. Lo han seguido y se lo han cargado. Aquí está el sobre.
Nos asomamos por la calle de la Lealtad. Hemos dejado las pistolas y los carnets enterrados en el Retiro. Iremos a recogerlos antes de que lo cierren. Desde lo alto de la calle se ve la plaza de Neptuno. Sentadas en el canto de la acera están la tía Isabela y Star. No quitan los ojos del pobre Germinal, desnudo bajo la tarde. El caballo sigue danzando con el espinazo partido. Yo al ver que Star tiene en brazos el gallo respiro un poco más tranquilo.
IX. “WE MUST BE HARD IN THE LINE”. PARAÍSOS ARTIFICIALES. “EL VIGÍA” DIARIO DE LA NOCHE
Al entrar en el cine -ya comenzada la sesión- sale a recibirme una linda tropa de fantasmas: muslos y cabezas rubias. Música americana bien articulada en las gargantas de metal y en la madera del Pacífico. Ritmo no de banjos, sino de motores. La sensualidad es firme y limpia. Gimnasia y natación, lo más opuesto a la de Oriente adormecida en la serpiente fatal y la disonancia medular. Esto no es Madrid sino Nueva York. Nada representa Alcalá Zamora aquí. Ni la Institución Libre de Enseñanza con su cultura espiritualista. Ni el periodismo europeizante y ginebrino. Por abajo, gimnasia, natación, maxilares fuertes. Por arriba, un tope: Roosevelt. Política sin psicología, espíritu tan identificado con el cuerpo y con la mecánica de lo necesario que nadie diría que existe. Un ideal complejísimo pone la cucaña de las aspiraciones morales sobre la cabeza de don Teodoro. Ese ideal se resume en una fórmula abstracta complicadísima: “Valen más los hechos que las palabras”. Hasta aquí ha conseguido desarrollar su espíritu ese país rubio que baila al son de los motores y lanza sobre el ritmo melodías infantiles sacudiendo el cuerpo como los negros. Un día se enteró de que a las palabras las controlaba una fuerza obscura, de orden intelectual, y se apresuró a lanzar la consigna contra las palabras. Don Teodoro se sumió en grandes reflexiones antes de hacerla suya y por fin hizo sonar las sirenas de alarma: “Sí, señor. Los hechos valen más que las palabras”. No hay que fiarse de lo que se habla. Obtenida esta síntesis se durmió tranquilo en la historia. El cine americano es el templo de la única religión antiespiritualista que arraiga en Europa. Y a él vengo-¡ay!- a darle al espíritu una fiesta, mientras los tiros del atardecer van rematando el día por, Carabanchel Bajo.
Me instalo, en la obscuridad, guiado por la linterna sorda. Alguien dice en la pantalla con voz firme:
– ”We must act hard in the line.”
Armonía de motores con una fina melodía por arriba. Acción. Lucha. Esfuerzo coordinado y firmeza en la conducta. “We must be hard in the line.” Salto en el espacio con el impulso medido, para caer de pie habiendo avanzado un trecho previsto. Acción. Sigue la música. Yo me he sentado. Mi novia está a la izquierda. “No veo una palabra.” Una mano coge mi brazo, otra se apoya en mi solapa. Oigo mi nombre y la voz que lo pronuncia está impregnada de la alegría de verme: “¡Lucas!” La miro y distingo sus contornos. Las mejillas frutales, la sonrisa lozana, los ojos rasgados y brillantes. Yo involuntariamente me acuerdo del croquis y del voto de censura. Veo en sus brazos redondos, en su perfume, en el jersey de un color tenue, en los guantes que se acaba de quitar, veo su hogar emplazado en medio de mis odios, en el plano de mis enemigos. Pero ella es hermosa.
– ¡Si vieras el trabajo que me ha costado convencer a papá! Las muchachas traían noticias terribles de la calle. Sólo cuando tú has llamado y yo le he dicho que había tranquilidad se ha decidido a dejarme salir.
En la otra butaca estaba su tía, que se asomaba para preguntar:
– ¿Qué ocurre, Lucas? ¿Es ya la revolución?
Mi novia se apresuraba a intervenir:
– No, tía. Para la revolución tiene que venir antes otro Gobierno más conservador, que obligue a los obreros a unirse en un solo partido.
Yo no recordaba cuándo le dije a ella eso, pero no cabe duda de que se lo dije porque asimila mis palabras y con ellas forma el fondo de sus juicios sin desviarse lo más mínimo. Yo afirmaba y la tía se hundía en su butaca lamentando:
– Que venga lo que haya de venir; pero sin sangre.
Amparo me cogía del brazo:
– No hables con mi tía.
Nos mirábamos. Ella sonreía. Yo recordaba demasiadas cosas. Traía impresiones contrarias a esta dulce intimidad. Su carne, su voz, sus ojos. Pero yo no puedo ni quiero reír. Ella es agua transparente, serena, inalterable. Agua para reflejar el cielo infinito. O para llenar el vaso decadente con la rosa blanca. Un remanso entre mirtos, campánulas y caminitos de arena, mientras en el mundo todo es roca viva y mar brava y nadie encuentra su ruta. Ella sonreía y oprimía mi brazo. Yo la miraba y pensaba: “¿Por qué no estará ya hecho todo? ¿Por qué no habremos alcanzado ese mínimo de armonía en el que reposar? También, penetrando en sus ojos, añadía: “¿Por qué en esos ojos tan lindos y en esa armonía suprema de tu naricilla, y en tu boca sin sazonar ha de estar la muerte?” Y con una mano entre las mías, ella me miraba sonriendo. Sólo conozco dos actitudes suyas: la sonrisa o el llanto. Pasa de la una al otro con una rapidez increíble si no tengo cuidado. Sigo mirándola en silencio. Entro por sus ojos otra vez. Dentro tienen mucha luz, y nada más. Y me pregunto aún: “¿Por qué estas ganas de acabarse uno, el que siempre es, y de renacer en otro mundo maravilloso, en el de un hogar?” Le beso la mano, el brazo fresco al que sólo le falta la humedad del rocío. En la pantalla bailan los lindos fantasmas y la voz del saludable Teodoro Roosevelt repite: