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– ”We must be hard in the line.”

Sí, sí. “We must be hard in the line.” Pero el paraíso encajaba dentro de vuestra línea y era un estimulante más. En la nuestra no cabe. Para mí hay una muerte en sus ojos -en los de ella- y una vida mecánica maravillosa lejos de ellos. No sé renunciar a la muerte y de ello no tengo yo la culpa, sino esta red infinita que toe habéis puesto como una vacuna contra la felicidad.

Ella me explica lo que hizo ayer. Hay una seguridad tal en sus movimientos, una solidez infantil, tal convicción de la fuerza de sus principios, que aterra. Hizo una visita. ¿Con quién hablaría? ¿Qué le dirían? ¿Cómo la mirarían al hablar, ¿Ya se dan cuenta de lo que ella es y respetarán su infantilidad? ¿No dirían alguna inconveniencia? Me habla de su equipo de boda. “Pienso que te gustaré mucho con esas cosas tan lindas.”

Las industrias del lujo, los sueños de las máquinas y los artífices se han esmerado para decorarnos esta alegría de estar juntos, y siguen afanados en la misma tarea. Luego me cuenta cómo va a hacerse el vestido de novia. Yo la veo surgir entre los fantasmas americanos, floral y simple, inteligente y pura.

– Háblame. ¿Cómo será nuestra felicidad?

Pone su orejita pequeña y carnosa y espera, con la respiración acelerada. Su naturaleza intuye y desea no sabe qué. Yo voy diciendo con las palabras más simples que encuentro cuáles son mis sueños. Aparecen con mayor plasticidad que los fantasmas de la pantalla. Su respiración se acelera. Sonríe y mira las sombras, iluminándolas con su mirada y agrupándolas a su gusto.

– Tu cuerpo bonito se fundirá un día conmigo.

Ella afirma sonriente.

– Entonces serás ya mujer. Y tendremos un niño.

Repentinamente cierra los ojos, los labios y baja la cabeza. Así, con la barbilla sobre el pecho, permanece un rato. No hay manera de levantarle la cara. Yo sonrío y hago una pausa. “¿No quieres que tengamos un niño?” Calla y se encierra más en sí misma. Por fin, al repetir la pregunta la veo decir que no con la cabeza. Vuelvo a acercarme a su oreja:

– ¿No?

Contesta con un rumor apenas perceptible. Me acerco a sus labios, repito la pregunta y esta vez la entiendo:

– No. Una niña.

– Bueno, mujer. Como tú quieras.

No puedo resistir la risa y ella lo observa y se pone más seria aún. Para que levante la cabeza tengo que darle palabra de mirar a otro sitio. Por fin la levanta y entonces yo ya me he marchado.

– ¡Lucas! ¡Sol mío! ¡No mires el cine!

Y esta noche, sabotaje. Esa música, esas escenas tan bien articuladas entre hombres perfectos con máquinas y mujeres sabias como muñecas tonifican. El sabotaje no sabemos a dónde nos llevará. Las víctimas nuevas de esta tarde, tampoco. Puede que mañana respondan las demás ciudades y que Andalucía…

– ¡Sol mío! ¡No mires el cine!

Ella me habla de su equipo. Del traje de boda. De pronto recuerdo que ese traje se usa en la ceremonia religiosa. Le hago nuevas preguntas y creyendo que se trata de otra cosa me explica las razones de utilidad social que ha tenido para encargárselo de una manera determinada. Lleva una cola de encaje que dará labor a docenas de operarías. Pero no sabe a dónde voy a parar. Sólo se lo figura cuando le pregunto si el traje se usa también en la ceremonia civil. Tarda un poco en contestar.

– En cuanto hay revolución -dice- ya no me quieres. ¿Me dirás la verdad?

– Te la he dicho siempre.

– ¡Contéstame bien, Sol mío! ¿Me dirás la verdad?

– Sí.

– ¿Me das tu palabra de honor?

– ¡Bah! Yo no conozco el honor.

– Perdona. ¿Me das tu palabra?

– Sí.

Me mira claramente a los ojos y me dice:

– ¿Verdad que a veces no quisieras quererme?

– Sí.

– ¿Verdad que a veces me odias?

– Me odio a mí mismo.

– Pero por culpa mía.

– Sí.

Calla, se retira. Pone el codo en el brazo de la butaca y la mano en la barbilla. Entorna los ojos soñolientos y balbucea:

– Te lo he notado cuando mirabas el cine. Esto te ocurre hace tiempo, ¿verdad?

– Sí. Desde que me di cuenta de que estaba enamorado. ¿Qué le voy a hacer?

Sigo, sin ver, el movimiento de los personajes en la pantalla. Hay dibujos animados. Un gato hace el amor a la ratita y al levantar los ojos a la Luna con ambas manos sobre el corazón, se le caen los pantalones. La ratita se ruboriza. Yo estoy lejos otra vez. Bajo las sugestiones de la lucha, bajo los recientes sucesos y los que a la noche se avecinan, enrolado en la carrera de los hechos -¡oh, los hechos, mis amigos!- estoy lejos. Los pantalones del gato enamorado me han hecho reír. Ella debe estar mirándome porque en seguida la oigo llorar en silencio. Oigo también cómo desgarra con sus dientes blancos el pañuelo de bolsillo y cómo balbucea llamando a su madre como un animalillo descarriado. Y el señor Roosevelt sigue gritando desde los dibujos:

– ”We must be hard in the line.”

Como un animalito descarriado. Pero aquí el desorientado soy yo. Conocía el amor de los sentidos, el bueno y el puro, sin perversiones. Las mujeres que traté me dieron su ternura y yo les di mi pasión. Pero siempre fueron los sentidos. Yo fui libre. No soñé nunca. No me esclavicé a mis sueños. Ellas lo sabían y no les importaba. Los tiros, los manifiestos, me despiertan, me arrancan de los sueños. Pero, señor Roosevelt. Una duda: ¿No son los sueños más reales, más vivos, más “hechos” que los manifiestos y los tiros? La duda me trae un instante de delicia. El señor Roosevelt vuelve a reírse en la pantalla. Decididamente, me vuelvo hacia mi novia:

– Si sigues así, me marcho.

Me incorporo para irme y ella hace esfuerzos por serenarse. En vista de eso, me quedo. Necesito seguir envolviéndola, rodeándola, encauzando sus miradas y sus pensamientos, viendo lo que ella ve, fiscalizando a su alrededor, corrigiendo con mi deseo lo imperfecto y desbrozando de intenciones el panorama. Yo quería protegerla. La palabra recogida al pasar podía ser inconveniente. El periódico olvidado sobre una mesa en su casa le llevaría después el poso amargo de la experiencia o la ofensa de la estupidez. Nada debía llegar a ella. Nadie podría rozarla con una palabra ni con un pensamiento. Abundan el hombre y la mujer que se sienten fracasados y segregan un veneno del que yo quisiera librarla. Tamizar las palabras, las miradas, las fotografías de prensa y hasta las combinaciones de luz y color. Palabras neutras, miradas vacías de estatua, fotografías de cosas, de objetos, nunca de personas, luz desnuda y directa y azul celeste, azul tibio, uniforme e invariable. En estas condiciones ¿cómo iba a marcharme si todavía me quedaba una hora para estar a su lado? Y sin embargo, el impulso que me hizo levantarme era sincero. Vamos a hablar, pero de cosas indiferentes.

– ¿Has guardado los artículos que te di?

Son dos ensayos sobre Pierre Louis, de una revista francesa. Ella se apresura a contestar, ya olvidada de todo. Los ha leído y me pregunta el significado de dos o tres palabras, entre ellas “hedonismo”. Me molestan esas palabras en sus labios. Pierre Louis es idiota. Esta nena debe serlo todo y lo será todo -lo es ya- sin conciencia de sí misma. Una flor con una idea cabal de su origen y su misión es la grotesca flor desmontable, de madera, que hay en los gabinetes de botánica. No le gustan esos artículos. Yo podría convencerla de que un artículo sobre Pierre Louis puede ser una cosa idiota de la que hay que enterarse.