Выбрать главу

Nos despedimos. Graco está despechado ante esa compañera que pone una bomba por la noche y al día siguiente confiesa y comulga. “Una mujer así -dice- lo mismo pone la bomba mañana en nuestros sindicatos.” Samar se ríe a carcajadas.

– ¡Qué cara pondrá el cura!

Yo también tengo una alegría especial desde que hemos hablado con la virtuosa Emilia. Eso de que hasta los esclavizados por la superstición no tengan más remedio que coincidir con nosotros me pone de buen humor. Samar se ríe, pero de otra manera. Ve la excentricidad y nada más.

La calle General San Martín no está cerca. Ni lejos, es verdad. Emilia nos ha advertido que tengamos cuidado, porque en esa calle debe haber vigilancia puesto que hay dos registros de barrio de la Telefónica y no es fácil que estén desamparados. Pero a Graco se le ha desatado el buen humor. La noche es más negra a medida que avanza y la Luna se ha ocultado por completo Graco hace unos chistes truculentos y por poca gracia que tengan los acompaña con cambios de voz que son para tumbarse de risa. Hacia el viaducto se oyen tiros. Samar advierte: -Son de mosquetón. La han debido armar, por ahí arriba. Graco se extraña. Algo ha debido ir mal. Estamos” a la entrada de la calle General San Martín. Graco jura que no sabía que ese santo fuera general. Por donde hemos venido se oyen cascos de caballos. En la calle de al lado alguien da el alto. Lo dicho: esas fuerzas han debido salir a la calle con órdenes severas. En dos brincos nos metemos calle adentro y de pronto paramos. Como no se ven los números de las casas tiene que volver Samar pegado a la pared y contarlas. Hay dos puertas muy juntas y no sabemos si pertenecerán a una casa o a dos. Así no hay manera de averiguar dónde está el nueve. Yo sospecho que es la casa de al lado y Samar dice que la siguiente. Graco propone una solución. Yo me arrimaré a la puerta y él se subirá a mis hombros y encenderá una cerilla. Por si él no ve el número deslumbrado por la luz que mire desde abajo Samar. No hay otra posibilidad. Si no es el nueve, por este número sacamos dónde está. De acuerdo los tres, entre risas ahogadas y donaires se me sube Graco encima. Tiene unas rodillas puntiagudas que se hunden en mi espalda. Luego, con los pies en los hombros y animados a la puerta saca las cerillas, coge una y apenas acaba de encenderla suena una descarga y cae sobre nosotros cal y revoque de la pared. La cerilla se ha apagado y el batacazo de Graco ha sido considerable. Graco parecía quejarse, pero eran los estertores de la risa. Samar repite con voz ahogada:

– Es el nueve.

– ¿Estás seguro? -pregunta Graco.

– Sí. Pero por si acaso sube otra vez y convéncete.

Graco no lo cree indispensable y seguimos riendo en silencio cuando se abre la puerta y alguien pregunta qué ocurre. Ya dados a conocer, entramos. Queremos explicar, pero no hace falta y somos conducidos a un cuarto donde hay tres colchones. Nos traen una vela y Samar, cuando estamos solos, nos increpa por hacer el sabotaje de manera que ahora no se ve dónde deja uno los zapatos. Seguimos riendo. Todo esto puede que sea poco natural porque estamos nerviosos. Después de apagar la luz, ya en serio, cada cual se plantea una sencilla cuestión:

– ¿Por qué lucho? ¿Cuál es la meta?

Graco dice:

– La meta es la destrucción del régimen.

Samar dice:

– El aniquilamiento de la lógica de los que se aprovechan. Y yo:

– El comunismo libertario.

Como se ve, lo mío es lo más concreto. A Graco no le preocupa el régimen del porvenir mientras el capitalismo sea derrotado. A Samar no le interesa tanto el sistema como la moral y la dialéctica. Alrededor de uno, todo es reformismo.

TERCER DOMINGO

XI. LA DESTROZONA Y EL SOL DE MAYO. CERTIDUMBRE Y ESTADO DE GUERRA

Anocheció Fau en Cuatro Caminos y fue a amanecer en el sector Norte después de recorrer la ciudad con los pasos inciertos del que está en entredicho. Llevaba su herida en la pata del firme sugerir. Plomo en el ala. Sallent, Ricart y Escuder han dedicado la noche a seguirle y han comprobado extraños sucesos. En primer lugar, no estaba Fau tan borracho como aparentaba. Fue al número 72 de la Gran Vía, observó si le seguían, entró en la casa y poco después salía. Creyéndose solo contó unos billetes y se los puso en el bolsillo del pantalón reservando otra suma al parecer más crecida en el de la americana. Ricart apuntó el número de la casa. Siguieron de nuevo a Fau que descendió por la Gran Vía, entró por Infantas y se quedó un rato merodeando en torno de la dirección de Seguridad. Se volvió a mirar varias veces y fue verdaderamente milagroso que no descubriera a sus perseguidores. Luego entró en la Dirección, muy decidido.

Pasó a la sección informes, donde lo recibió fríamente un viejo de mirada gris y sienes hundidas.

– ¿Algo nuevo? -le preguntó.

Fau se sentía fuerte y seguro. No porque estuviera identificado con las carpetas atadas con balduque ni porque simpatizara con los policías. Instintivamente los despreciaba y los temía. Pero trabajado pocas veces en su vida y siempre en empresas en las que jamás pudo considerar segara la comida de la semana siguiente. Vivir era para él un asar sombrío y no recordaba desde pequeño haber tenido en el bolsillo cinco pesetas confiado y feliz. Los sábados veía que el cajero pasaba apuros a veces para reunir el dinero de los jornales. Eso lo desmoralizaba, porque no podía asumir nunca la iniciativa consigo mismo. Necesitaba que le dijeran: “Vas a llevar estas piedras allá, o estas tablas para levantar un andamio.” Y tener en las empresas una fe ciega, la que no tenía en sí mismo. En la Dirección veía que había dinero siempre al alcance de la mano. Detrás no estaba ningún pelanas, sino algo tan sólido e impersonal como el presupuesto del Estado. Fau se sentía seguro allí dentro. Temía a los guardias y a los agentes, pero él se entendía con ese oficinista y con dos que escribían a máquina y ninguno de ellos tenía aspecto policíaco. La gente de las brigadas estaba en la otra parte del edificio, en el sector que daba a la calle del Marqués de Valdeiglesias, donde había un retén de cascos y pistolas y unos calabozos obscuros. Antes de contestar al viejo se rascó detrás de la oreja:

– Nada. Una reunión clandestina. Siete u ocho.

– Entonces no es una reunión clandestina. ¿Cuántas veces te lo voy a decir? Tienen que ser diecinueve por lo menos. ¿Qué gente?

– De los sindicatos.

El oficinista dejó la pluma y enlazó las manos sobre la carpeta:

– ¿Sabes si hay grupos de activistas?

– Eso creía yo -respondió muy decidido Fau-, pero me he convencido de que esta noche no hacen nada por lo menos allá arriba.

Señalaba a Cuatro Caminos. El viejo tocó un timbre. Apareció un ordenanza:

– Acompañe a este señor a la subdirección -y luego dirigiéndose a Fau-. Ve allá y di lo que sepas.

Lo llevaron a través de unos pasillos muy largos y fuertemente iluminados, y lo dejaron en un despacho donde no había nadie. Cuando apareció el subdirector se sintió cohibido. Aquél sí que era un policía. Se sentaba en el brazo del sillón y lo miraba de una manera rara.

– ¿Cómo has averiguado eso?

Entonces Fau ensartó una serie de embustes. El subdirector quedó ya convencido y el confidente añadió:

– Usted hágame caso a mí y verá que no pasa nada.

– ¿Y los que mataron al agente ayer? ¿Sabes algo?

– Tengo una pista. Apunte.

Cogió un lápiz el policía y Fau dio cinco nombres. El subdirector conocía a algunos y entre los dos hacían sobre ellos observaciones complementarias.

– El caso es que fueron al parecer dos individuos.

Fau le interrumpió:

– Yo no digo que los cinco sean. Pero pondría el cuello a que entre los cinco están esos dos.

Los nombres eran: Liberto García Ruiz, Elenio Margraf, José Crousell, Helios Pérez y Miguel Palacios. De ellos, los dos primeros y el último muy significados como organizadores y propagandistas. Fau sabía que el subdirector les tenía odio personal, y por su parte él tampoco los tragaba porque su cultura en cuestiones de organización, la seguridad de sus juicios y la claridad de sus palabras lo humillaron siempre como militante y él podía aceptar todas esas cosas en un ser socialmente superior, pero no en uno que se llamaba su camarada y que le ponía la mano en la espalda. Quedaban escritos esos nombres en una cuartilla. El subdirector llamó y dio la nota para que le llevaran las fichas si las había.