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Fau repetía:

– Seguro que las hay.

En ese momento entraron el director, el jefe superior de policía y dos inspectores. Hablaban aceleradamente. El director general hablaba de alta tensión, de obscuridad y de accidentes diversos -cortos circuitos, incendios y hasta electrocuciones- y luego salió para el ministerio de Gobernación manoteando, dando voces y amenazando a sus subordinados. Con él se fue el subdirector después de poner en evidencia a Fau ante los inspectores.

– ¿Es que los de los sindicatos no se fían de ti?

– No mucho; pero uno hace lo que puede.

Los pasos, sobre la tarima, eran huecos y sonoros. El inspector le ordenó de pronto que se detuviera frente a una puerta, por la que el entró. Cuando Fau esperaba que volviera a salir apareció un tipo rechoncho, de sombrero hongo, que se quedó mirándolo con el dedo en la sisa del chaleco, mientras mascaba medio cigarro puro.

– Por aquí.

Le indicó un nuevo pasillo. En dirección contraria traían a un empleado con quemaduras en el brazo, por una descarga recibida al intentar cambiar los plomos. Fau pensaba sintiendo en el pescuezo la mirada del agente:

– Éste. Éste es el más policía de todos.

Fueron a salir a una especie de vestíbulo donde había hasta quince o veinte detenidos. En la primera ojeada Fau vio tres o cuatro caras conocidas e instintivamente se detuvo y quiso retroceder. Eran obreros sindicalistas. Había con ellos un comunista muy significado. Estaba también Miguel Palacios, uno de los que había señalado al subdirector como posible asesino del agente. Vio su cara escuálida, colgantes las manos atadas en la entrepierna. Fau retrocedía y tropezaba con el agente. Había una luz pálida y cruda como si al final de cada una de las seis velas hubieran clavado un limón. Los detenidos tenían el desconcierto cansino de los animales en las jaulas de las vías muertas. El agente levantó la cabeza para mirar a Fau. Luego le dio un pequeño empujón y atravesaron el vestíbulo. A la otra parte Fau protestó:

– ¿Por qué me ha traído aquí? Esos me conocen y ahora ya no será posible hacer nada. Desconfiarán.

– ¿Por qué?

– Me han visto con usted.

El agente reía y mascaba tabaco.

– ¡Imbécil! ¿Qué saben si eres confidente o si eres un preso más?

Seguía riendo y mascando. Dejaba salir pequeños borbotones de risa. Llamó a unos guardias y al mismo tiempo le dijo a Fau:

– Vamos a renovarte el crédito.

Los guardias cogieron unas vergas y el agente registró a Fau, le quitó la pistola y le puso las esposas en las muñecas. Al primer golpe siguió aclarando:

– No chilles mucho, que es por tu bien. Te estamos haciendo hombre de provecho. Por un lado purgas tu descuido y tu cinismo con el subdirector. Por otro recuperas la confianza de los sindicalistas porque no habrá uno que te oiga que no te tenga por un mártir de la causa.

Los guardias le sacudieron dos o tres culebrazos para entrar en materia. Fau los asimiló sin chistar. Como no gritaba, un cabo malencarado le aplicó a las narices la hebilla de su cinturón. Entonces Fau dio un respingo y ahogó un grito. El policía del hongo lo consolaba:

– Te estamos haciendo hombre, Fau. No te alteres.

El aire sacudido por las vergas y las correas hacía temblar la llama de las velas y las sombras bailaban sobre los muros cubiertos de mapas y estadísticas. El policía sonreía con media boca y preguntaba:

– ¿No te enteraste del sabotaje, Fau? ¿Qué dices ahora, cabroncete?

Fau se retorcía de pie. Los guardias seguían golpeando de buena gana. Retiraron a uno que se había cebado y sudaba y rugía de ira -ocurre a menudo ese caso y si los dejaran matarían a la víctima- y siguieron los demás golpeando serenamente. Fau chillaba y pedía piedad. No salió de sus labios una sola palabra desconsiderada contra sus verdugos. Cumplían con su deber y aquellos palos entraban en el capítulo de imprevistos de su oficio. Rugía con la garganta, con la nariz. Las correas soñaban en su cuello, en sus espaldas, como tiros de pistola, y las vergas gruñían en el aire. La paliza duró todavía un cuarto de hora, hasta que un vergajazo en los ojos le hizo tambalearse y caer. Paseaba sobre la cara su mano amoratada con los artejos increíblemente inflamados. El policía le quitó las esposas, hizo que lo llevaran a un sótano y allí le arrojaron por la cabeza un par de cubos de agua. Luego el agente lo condujo a una de las puertas y lo soltó:

– ¡A ver cómo se trabaja ahora!

Fau afirmó:

– Sí, señor.

Echó a andar. El agente lo hizo detenerse aún:

Supongo que no volverás con la música de que no se fían de ti.

– No, señor.

En cuanto dobló la esquina comenzó a reconocerse las contusiones. En el rostro tenía cuatro o cinco cardenales -uno tan fuerte que le salía sangre por los poros- y por un lado la frente se levantaba en comba como si le naciera un cuerno. Se detuvo a alzarse el pantalón hasta encima de la rodilla derecha. La paliza había sido brutal. Fau registró sus bolsillos. Tenía otra vez la pistola, Y el dinero intacto. Sonrió como pudo y gruñó echando a andar, muy satisfecho:

– Menos mal.

Ya en la Cibeles se acercó a la fuente y como el cielo clareaba se miró en el agua. Movía la cabeza e iba viendo en silueta las deformidades de su cara. Se levantó, soltó a reír tan fuerte que algunas palomas madrugadoras salieron volando y luego descendió hacia el Prado afirmando en las ancas los pantalones con las muñecas porque las manos estaban inflamadas y amenazaban estallar.

– Esto no es nada -rió sabiéndose en libertad y con dinero bajo el cielo fresco y el aire húmedo-. Con un buen filete se me pasa.

Se dirigió a comer el filete a Atocha. A medida que iba bajando aumentaba la inflamación y la cara se le llenaba de manchas. Fau se repasó los dientes, probó a masticar y vio que los tenía intactos. Bajó hacia la glorieta canturreando, feliz. Pero la luz primera, tan limpia -azul mercurio- llegaba despacio y se detenía alrededor de Fau para no tocarlo. Fau entraba en los caminos de cristal del día, rezagado. En mayo venía con el disfraz de destrozona de febrero, la cara embadurnada de minio y azul, los andares inciertos, la almohada recalcando el culo y unos testículos acusándose en cada prenda femenina. Alma de mujer con pelos en barba y pecho. El amanecer cantaba sobre un pentagrama de platino las glorias florales del retiro y del Botánico, y Fau viendo el cielo se acordaba del mar azul que había en los mapas de la escuela. Cojeaba un poco, pero tenía mucha fe en las virtudes curativas del filete.

Se llevó una gran decepción al ver que la taberna estaba todavía cerrada y se puso a esperar dando vueltas a la plaza. Era más que antes la destrozona barroca en la geometría lineal de mayo. Los policías le habían dado esa paliza ritual que suelen dedicar a los que no cantan. “Hábilmente interrogado”, declaró… Fau no tenía nada que declarar, pero había sido también interrogado “hábilmente”. Lejos de los huelguistas, de los revolucionarios, lejos de los trabajadores. Pero enfrente también de los vagos poderosos. Enemigo de los unos y vapuleado por los otros. Las sombras le huían -no pudo presentir el sabotaje- y la luz se quedaba a distancia para no mancharse. No era hombre, aunque hablaba recio y blasfemaba. Los hombres no se venden ni traicionan. Tampoco era mujer, aunque mentía para crearse una situación. No le pegaban por revolucionario. Ni lo respetaban y estimaban como aliado. Le pegaban como confidente, le hubieran pegado -ya lo sacudieron otras veces- como revolucionario. No era hombre ni mujer. La destrozona que hablaba en falsete y corre con las tetas postizas bajo la chambra blanca, una escoba en la mano y el pañuelo en la cabeza sobre la joroba de esparto. Seguía dando vueltas a la plaza. Cuando vio que abrían la taberna se detuvo y cruzó la glorieta en diagonal. Se esperaba que preguntara al tabernero: “¿Me conoces?” Y que se alzara las faldas, con escándalo. Pero se limitó a golpear la mesa con el antebrazo y a reclamar el filete. El mozo le advirtió que no los había porque el día anterior, con la huelga, no habían distribuido carne. Tampoco hoy los esperaban.