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– Puede que estos chicos vayan a la cárcel. Se han significado bastante en los sindicatos.

Luego se metió en su cuarto y se quedó recordando la sensación molesta de superioridad que aquellos dos tipos daban cuando opinaban sobre cualquier cuestión. Además, uno tenía un traje de señorito y el otro se lavaba los dientes a la vista de él. Bien estaban sus nombres en aquella relación de cinco. El agente sorbía el café pensando que en la vida privada no tenía por qué preocuparse de nadie y que él era un funcionario que obedecía órdenes y nada más. Fau tosía y carraspeaba. Abrió la ventana para que entrara el aire y con el aire llegó otra vez el mugido. Soltó a reír. Sentíase mucho mejor ahora. Se desnudó y se acostó. En la alcoba obscura estaban José y Helios -dos obreros de Artes Gráficas- arrodillados al pie de un baúl abierto en un rincón. Dentro del baúl había una caja con tipos de imprenta. Eran delegados de barriada y estaban componiendo a obscuras y sin borrador un manifiesto que había de ser distribuido a las siete. Lo habría escrito Samar. José tenía un pañuelo dentro de la boca para evitar la tos que el polvillo del plomo le producía y componía en silencio las líneas que después daba a Helios y éste agrupaba. Faltaba ya poco. Un cuarto de hora más y los dos saldrían con el aspecto de haber dormido bien, Saludarían quizá al agente y llevarían el molde a una imprenta próxima donde, sin saberlo el dueño, en hora y media habría ocho mil ejemplares. ¿Y después? Ah, después volarían ocho mil palomas rojas -de guerra- sobre los muelles y los andenes, sobre las vías y las grúas y mientras la destrozona roncaba los trenes serían abandonados y el asma de las locomotoras viejas tendría una tregua. Claro está que la destrozona soñaba que Helios se había comprado unas botas nuevas de anca de potro y que cuando iba a ponérselas lo llevaban a la cárcel. Pero luego se comprobó que ni Helios ni José habían intervenido en la muerte del policía, y entonces a Fau lo breaban de nuevo en la Dirección de Seguridad y Fau aguantaba los palos mugiendo como una vaca.

XII. HABLA STAR Y ENTRE OTRAS COSAS CUENTA CÓMO DEFENDIÓ UN TRANVÍA PARA DAR CELOS A VILLACAMPA

Al amanecer ha venido otra vez la policía y ha ocupado la casa. Por lo que se ve, ha convertido mi casa en un cepo donde atrapar a los que vayan llegando. O quizás sospechan que hay armas y quieren solamente evitar que vengan a buscarlas. Mi abuela se ha marchado a la casa de enfrente, con la señora Cleta, y se asoma de vez en cuando por el balcón. Ahora ha cambiado de táctica y no habla tanto con los agentes. A sus preguntas contestaba hoy con una canción bastante puerca en la que los trataba de invertidos. La pobre tiene la manía de que a mi padre lo han secuestrado y quería husmear y rebuscar el cadáver por todo Madrid. No pudimos ver lo que hacían con él, porque nos echaron de la plaza de Neptuno. Mi abuela se asoma al balcón en este momento y llama a los agentes. Hace un corte de mangas dándose una fuerte palmada en el brazo y lo dedica:

– ¡Pa' el director general de Orden Público!

Está comprometiendo a la señora Cleta que es viuda de militar. Yo paseo por la calle con el gallo. El pobre está un poco aturdido. El gato ha venido esta madrugada despeluchado y flaco. A este paso van a acabar con todos nosotros. También está con la abuela, la señora Cleta. Yo me he quedado en la calle porque a lo mejor llegan compañeros y puedo avisarles con una seña para que se larguen. El gallo da tantos pasos como yo. Es decir, mas, porque cada tres de él hacen uno mío. Llevo en la mano la boina y en la boina la pistola. El agente de las gafas me ha dicho un piropo y yo me he quedado mirando muy fijo: “Si fuera hombre, le partía la cara”. Esa manera de mirar y de hacer que entienda el otro la mirada no la he descubierto yo, sino que la aprendí de una gitana joven a la que le había hecho una proposición un señorito.

Paseando me acerco hasta la misma verja del pabellón del cuartel. Las paredes son de ladrillo color rosa y están llenas de Sol. Por el lado del cuarto de Amparo todo es enredaderas verdes y campanillas azules y son tan limpias y tan frescas que a mí me gustaría ir desnuda y rodearme la cintura y la cabeza con ellas. Pero acordándome de la carta de Samar, esos amores de Samar y Amparo me resultan como los de las tarjetas postales que venden en los estancos. Uno va a besar a una. Los dos guapos y bien peinados. Y en un extremo una palomita blanca. Yo me he llevado un chasco con Samar. Creía que era más inteligente, que era anarquista y sabía nadar. Luego he visto que se deja quitar un documento por la policía, y que nada muy mal. Pero -eso sí- es un buen compañero. Y aunque escribe en los periódicos y dice cosas finas, no basta para recusarlo en los cargos de la organización.

Ahí vienen Ricart y dos desconocidos. Les hago una seña para que se vayan, pero quieren hablar conmigo y entonces cojo el gallo bajo el brazo y voy allá. Ricart está fatigadísimo: -¿Se puede dormir en tu casa?

Les digo lo que ocurre. También los otros están cansados. Ricart me dice que son compañeros catalanes y nos damos la mano. Antes de marcharse me encargan que vea a los compañeros del comité de grupos y les diga de su parte que Nicanor tiene razón, que está todo comprobado y que darán el informe por escrito cuando quieran. Me lo repiten dos o tres veces y se van. Ya tengo una misión. Me gusta mucho que los compañeros me encarguen algo porque entonces la pistola ya no es un juguete: la llevo para algo. Ahora no me dejaría detener, defendería mi libertad hasta haber transmitido esas palabras a todos los del comité. Sabría ponerle a alguien el cañón en el pecho. Bien es verdad que no tengo balas, pero cuando uno de nosotros tiene que disparar es que no le ha servido la pistola para nada. La burguesía lo que quiere es que nos veamos acorralados disparemos, y luego nos caiga encima la apisonadora de la justicia con todos sus papeles y nos machaque. Esa es mi opinión.

Ya son cerca de las diez y no he desayunado. El Sol calienta. Me acerco a casa de la tía Cleta y me dan chocolate crudo, pan y una naranja. Salgo a comerlos a la calle. Como me he sentado en una piedra, el gallo viene a picotear el pan que llevo en la mano y así lo comemos a medias. Ya son las once cuando aparece Samar. Yo salgo a su encuentro y nos vamos. No lo esperaba ni sé a qué voy, pero tengo que marcearme con él. Samar se detiene y se queda mirándome.

– ¿Adónde vas con eso?

Se refiere al gallo. Yo me encojo de hombros. Sigo temiendo que se lo coman los agentes. Se comen lo que encuentran por casa. La abuela ha dejado unos chorizos rociados con polvos de matar ratas, pero no creo que esos polvos sirvan para los agentes. Samar no me atiende. Saca unos papeles y los hojea. Yo miro de reojo pero no entiendo nada. Son unas palabras absurdas: “Geywrewer, suhxmifoc, fimoxsamik, digenthyopay”, etcétera, todas escritas a máquina y con mayúsculas, en papel cebolla.

– Habrá que llevar esto -dice- al avión de Barcelona.

No habla del sabotaje; ni de la marcha de la huelga aunque ésta ya se ve que es completa por lo menos en mi barrio. Nunca hablan los nuestros de lo pasado, sino de lo por venir. No existe el ayer sino el mañana. Yo le pregunto si está en el comité de grupos y al decirme que sí le doy cuenta del encargo de Ricart. Samar se detiene y me mira:

– ¿Es eso lo que te ha dicho?

– Sí.

Le pido su impresión sobre el movimiento y tarda en contestarme para hacerlo por fin con desgana. Por lo visto la cosa va mal. Siempre que se llega a una situación crítica los compañeros se niegan a opinar conmigo u opinan a medias. Piensan que ya no es cosa de mujeres y menos de muchachas tan jóvenes. Pero Samar de pronto se anima y me dice:

– ¿Sabes lo que llevas en esas palabras de Ricart? No me preocupo. Lo que sea. Supongo que hago un buen servicio.