Выбрать главу

Samar me mira a los ojos:

– Llevas la muerte.

Luego siento sus ojos en mi jersey amarillo y en los brazos desnudos, y dice:

– ¿Ves el cielo, tan azul?

Digo que sí, y añade:

– Se prepara una buena tormenta. Detrás está negro y hay cuervos malolientes. También detrás de tus labios y de las palabras de Ricart está la muerte.

Puede que tenga razón, pero no será una muerte negra y maloliente. Por eso me río, para que vea mis dientes blancos, y le echo el aliento a la boca para que vea que si lo del cielo es cierto, lo de mis labios, no.

Se ve que va a hablar de su novia, pero se calla. Debe tener la cabeza como los motores de aviación cuando arrancan. Mueve los párpados a menudo y a veces dice palabras que luego recoge arrepentido.

– ¿No te preocupa eso? -me dice.

Yo me río:

– ¿El qué?

– Eso de que lleves la muerte.

– Pero ¿a quién le llevo la muerte?

– A un hombre como una catedral.

– ¿Por qué?

– Es confidente de la policía.

– ¿Cómo se llama?

– Fau.

– ¡Lo conozco! Ya sé quien es.

– Llevas su sentencia en tus labios.

Me los limpio con la mano sin darme cuenta. Luego me río y él contesta sólo con el rincón izquierdo de su boca. Bueno. Está bien, que lo maten. ¿Eso es todo? Salimos hacia la Ronda. Hay unos desmontes entre hoteles y unos postes de telégrafo custodiados por soldados. Vamos callados. Samar me ha dado su pistola y yo la llevo con la mía escondidas en el burujo de la boina. Llegan unos guardias civiles y hacen detenerse a Samar. Yo sigo adelante y me quedo esperándolo. Me miran los guardias, pero me ven tan tonta -eso de parecer tonta alguna ventaja ha de tener, compañero Villacampa- que no me dicen nada. Samar levanta los brazos. No le encuentran nada. Luego saca un carnet, lo enseña y lo dejan seguir. Antes pide Samar la contraseña de haber sido registrado y le dan un papelito ron un sello. Seguimos en silencio. Ya lejos, me dice:

– Muy bien, Star.

Yo aseguro el gallo debajo del brazo y pienso que si no fuera por mí lo hubieran detenido. Pero esto no lo digo porque ya sé que cuando una persona está agradecida no hay que hacer resaltar los motivos de gratitud. Ser anarquista no quita para que una se fije. A los guardias yo no los tomo en serio, porque suelen ser buenos mozos y llevan un traje gris y un correaje amarillo. Ahora, que en lugar de servir al Estado me gustaría que sirvieran a la FAI y que nosotros fuéramos burgueses y nos hubieran detenido y machacado la cabeza. Eso tampoco lo digo porque es una estupidez, y si el pensamiento es libre y a veces es tonto no siempre se debe decir lo que se piensa. Miro a Samar de reojo y él no se da cuenta. Va pensando cosas profundas y está muy lejos de mí y de esto. Yo tengo ganas de cantar y aunque cante no se entenderá. El Sol saca brillo de las jícaras de los postes del telégrafo y las golondrinas pasan rozando con el ala las latas de un vertedero.

Pero Samar me dice que mañana por la mañana debo entrar en el cuartel de Artillería y dar unas hojas de propaganda a un soldado que está ya de acuerdo con nosotros. Eso es imposible en estado de guerra porque las tropas están acuarteladas y no entra nadie como no sea con permiso del coronel.

– No importa. Tú tendrás ese permiso. Entrarás con una olla, que irá llena de manifiestos y te dirigirás a las cocinas. Te saldrá al paso un soldado. Le das la olla y esperas que te la devuelvan. Luego sales como si volvieras de coger rancho.

Bien está el plan si sale así. En todo caso, si me atrapan soy menor de edad, mujer, y además digo que no sabía lo que iba dentro. Seguimos andando. La Ronda se ensancha en la desembocadura de una gran avenida. Sube por allí un furgón automóvil a toda marcha. Es del servicio del hospital y lleva encima una cruz. Pasa por delante de nosotros a toda velocidad y se pierde hacia el cementerio del Este. Samar se detiene y se queda mirándolo.

– Probablemente -dice- va ahí tu padre.

Yo lo oigo como si de pronto me dijeran que se desgajaba el universo encima de nosotros y me lo dijeran cantando y con una dulce música. Lo veo, a Samar, entristecido por esa idea y para consolarlo le digo que a lo mejor mañana a esta misma hora es él quien pasa en el mismo furgón y con la misma dirección. Parecerá mentira, pero eso le consuela y hace que le quite importancia al recuerdo de mi padre. Samar sonríe y se queda mirándome. Le debo parecer bonita. No se decide a decírmelo pero yo lo adivino. Él se da cuenta de que lo he adivinado, y como quien cierra los ojos y se tira al agua me dice:

– No quisiera marcharme sin haberte dado un beso.

Yo me detengo, me pongo de puntillas y le ofrezco los labios. Entonces me coge la cabeza con las manos y me besa. No sé qué ha ocurrido que he soltado al gallo y se me ha escapado. Me separo y voy corriendo a buscarlo. Entre los dos lo cogemos. Seguimos andando. Por la Ronda no pasa nadie. A un lado está sin edificar, Samar me dice:

– ¿Y si no me matan hoy?

No piensa en las balas, sino en otro género de muerte que yo no entiendo. Soy bastante aguda para adivinar lo que no se dice, pero a veces sin duda soy muy joven y no tengo experiencia de la vida, veo cosas obscuras que no puedo explicar.

– Si no te matan hoy -le digo-, mejor. Así verás en qué acaba todo esto.

Pero no me contesta. Samar está enfermo, muy enfermo.

Yo lo curaría si se dejara, pero no es de los que se dejan. Me arrastraría con él yo no sé adonde. Le pregunto:

– ¿Por qué me has besado?

Se encoge de hombros y sigue andando.

– ¿No lo sabes? -insisto.

Calla, le arranca al gallo una pluma del rabo y se la pone en el ojal de modo que sólo se vean los últimos dos centímetros. El gallo ha dado unas voces como si lo asesinaran y yo me lo cambio de brazo. Vuelvo a preguntarle y me contesta de mala manera. En vista de eso, me callo. Pero yo lo curaría. Ese beso que me ha dado me ha revelado el secreto. Ya lo creo que lo curaría. ¿Cómo? No lo sé. Estando a su lado. Si me arrastrara consigo no me importaría. Y si nos estrellábamos al final, tampoco. Sólo al pensarlo siento que la cabeza se me va como cuando bajaba por la pendiente última en las montañas rusas… ¡Quién sabe! Aquella carta que leí tenía algo de despedida. ¡Pero yo no puedo ir callada!

– ¿Quieres mucho a tu novia?

– Sí.

– Eres un podrido burgués.

– Puede que tengas razón.

Lo ha dicho tan desesperado que no me atrevo a seguir hablándole. Pero lo miro de vez en cuando. A ver si acierto lo que piensa. Desde pequeño ha leído y ha vivido mucho y ha sido feliz cambiando de mujer a menudo, y sin pensar en ellas más de diez minutos cada semana, porque aunque estuviera a su lado no pensaba en ellas, como le pasa ahora conmigo. Era feliz y tenía ya una serie de cosas pensadas en las que apoyaba su felicidad. Y decía -porque eso lo dice aún, con un gesto, sin hablar.

– Bueno. ¿Qué más da? Todo es estúpido y sucio y ruin, pero yo escojo lo mejor y lo disfruto y aun me queda un remanente en el fondo del alma para mí solo. Así pasaba por entre las gentes muy fino y muy atento, sonriendo con piedad o con esa simpatía que debe tener el médico por el niño enfermo. Claro que estaba un poco por encima o al margen de esas cosas y que no las quería.

– ¿Y tú -me pregunta- ¿Eres feliz?

– ¿Yo? ¿Qué quieres decir con eso?

Ahora piensa algo más complicado, que no sé qué es. Desde luego ese pensamiento le viene de lo mismo, pero tampoco él lo sabría explicar, como me ocurre a mí cuando pienso lo que sería el mundo antes de que existiera el mundo. Quiero pensar y representarme el pensamiento y no puedo. Algunas veces me mareo. También él piensa alguna de esas cosas que marean. En el amor antes de que existiera el amor, por ejemplo. -¿Dónde la conociste? -le pregunto. Contesta como si hablara solo: