– Fui al colegio para cumplir el encargo de unos parientes que tenían allí una niña. Coincidí en la sala de visitas con el coronel García del Río y su esposa, conocidos de mi familia. Nos saludamos y las monjas nos llevaron a una ventana desde donde se veía a las pequeñas dedicadas a la gimnasia de la mañana en el jardín. Formaban, en largas hileras, un cuadrado con dos diagonales y hacían movimientos rítmicos. El amplificador de una gramola eléctrica los dirigía con la marcha de Schubert. La monotonía de aquellas actitudes daba a las chicas una gracia de muñecos mecánicos. La marcha de Schubert se proponía movilizar para una guerra de banderas azules todas las flores del jardín. Amparo estaba en el punto de intersección de las dos diagonales, en el centro geométrico -fíjate bien: geométrico-, del cuadro, del jardín y de la mañana. Si hubiera estado en un costado quizá no hubiera ocurrido nada. Me hizo una impresión muy rara. Abría los brazos, inclinaba la cabeza a un lado cerrando los ojos bajo el primer Sol de la mañana y yo me diluía en aquel aire enrarecido de infantilidad y de pureza, y sentía impulsos y energías de raíz ignorada. Nos retiramos y fueron a avisar a la pequeña. Una monja nos decía que la gimnasia era lo único que Amparo hacía a disgusto en el colegio. Apareció ella corriendo y se fue a los brazos de sus padres. Aparentaba unos catorce años. Dio un hondo suspiro y se lamentó:
– Me aburro mucho, papá.
– ¿Cómo? -se extrañaron.
Llegó otra monja. Se veía que la chica estaba con ellas a la defensiva y la inspectora de turno les dijo que en las clases de historia se distraía.
– Nos dice que es inútil que queramos hacerle comprender los parentescos de doña Juana la Loca cuando no ha podido comprender todavía los de su familia.
Al salir llevaba en los oídos la música de Schubert y el sol de mi corazón enviaba inquietos enjambres de avispas doradas al cerebro. Un coro de cabezas infantiles decía mi nombre cantando a lo largo de las avenidas y me arrojaban al mismo tiempo hojas de mirto y flores blancas.
Samar se quedó callado. Se detuvo y miró al cielo. Luego, a los árboles y después a una vidriera que movía el viento en lo alto de una casa y daba con el Sol explosiones de luz.
– Era una mañana como ésta.
Yo no decía nada. Llegamos al extremo de la Ronda, cerca de las Ventas. No podía más, con el gallo bajo el brazo y en la otra mano las pistolas. Samar se dio cuenta:
– Vamos ahí al lado. Están esperando los del comité.
Pasaron dos motocicletas con guardias civiles y un automóvil militar. Otra vez le pedí su impresión y me dijo que la huelga era incompleta en Madrid, pero que el estado de guerra y la paralización de los servicios más importantes hacían un efecto muy profundo. Fuera de Madrid -añadió- las cosas van mejor. Aquí, la falta de unanimidad la hemos compensado con el sabotaje, que aunque no fue completo ha hecho mucho daño.
Yo hice una pregunta que me aguantaba con dificultad.
– ¿Vamos por todo, digo, esta vez?
Samar afirmó. Esperaban noticias decisivas de Barcelona, Coruña y Sevilla. Si la consigna de huelga general respondía a la declaración del estado de guerra se iría a fondo. Había muchos resortes todavía intactos. Lo veía a Samar lleno de fe. Llegamos a un cafetín, una especie de cantina de suburbio. Estaba cerrado. Daba a dos calles y tenía una puerta entreabierta. Vi un grupo reunido en el centro y conocí algunas caras. Una vez dentro, el dueño cerró. Por los montantes entraba luz. El dueño era viejo y tenía bigote quemado por el tabaco. Acercaba algunas tazas de café y me trajo a mí otra. Yo solté el gallo, dejé las pistolas en una mesa y sorbí un poco. El viejo no me conocía, pero cuando vio las pistolas sonrió y mirando el gallo me dijo:
– ¿Lo quieres? Claro. A lo mejor lo has criado tú desde pequeño.
Entre los reunidos está Villacampa. Ahora se habla de Fau y hay sorpresas y lamentaciones. Luego se oye un “conforme” bastante unánime y Villacampa advierte:
– Hasta que lo sepan los demás compañeros del comité no hay que hacer nada. Además, la comisión debe enviar informe escrito.
Preside Urbano:
– Compañero Crousell. Informa sobre los ferroviarios de M.Z.A.
– Pronto está dicho. La subsección del Centro va a la huelga y puede parar dos terceras partes del tránsito. Hemos tirado un manifiesto escrito por Samar y se han repartido ocho mil ejemplares.
Al mismo tiempo distribuye algunos y dos compañeros lo leen mientras Crousell sigue hablando:
– Como la directiva está en la cárcel y el centro clausurado hay dificultades para tomar acuerdos, pero existe mayoría en favor de la huelga y van a ella con entusiasmo.
Yo miro a Urbano y lo veo con un aire de secretario de juzgado muy grave y serio. Crousell sigue:
– Lo que es necesario saber es si la última parte del manifiesto la aprueba el comité revolucionario.
Esta reunión es de delegados de grupos. No es de los sindicatos. Claro es que en ella hay tres miembros del comité local y que el comité revolucionario nacional lo forman a un tiempo representantes de los sindicatos y de la federación de grupos. El final del manifiesto lo lee Urbano: “La solidaridad del resto de la organización se os garantiza. Yendo a la huelga no hacéis sino iniciar el paro total en todas las líneas de España. Dar el primer paso para el triunfo de la causa que en estos momentos es amenazada por todas las fuerzas de la reacción…”, etcétera.
– Desde luego -añade Urbano-, el comité revolucionario ha enviado órdenes de huelga a todas las secciones.
– ¿Se sabe -insiste Crousell- la posición del comité nacional en esto?
Villacampa aclara:
– El comité nacional ha aprobado la constitución del comité revolucionario en principio. Aquí está: “Agitación contra las represiones y las prisiones gubernativas. -Huelgas generales de protesta en cuanto algún compañero caiga bajo los fusiles de la reacción.- Manifiestos poniendo de relieve la colaboración de los socialistas en los crímenes de la burguesía. -Sabotaje.- Vuelta al trabajo según lo aconsejen las circunstancias”.
– Pero ahí no se habla de las atribuciones nacionales del comité. Ésas no son más que las funciones de una federación local.
– Es que no pueden reconocerlas -advierte alguien- sin someter el acuerdo a un referéndum nacional.
– Lo que no quieren esos compañeros de Barcelona es potabilidades -aclara Gómez.
Samar pide la palabra y saca unos papeles:
– Aquí lo que pasa, compañero Crousell, es que todos estamos de acuerdo en la parte de agitación con consignas negativas. Pero el Comité Nacional hace muy bien en no querer saber nada cuando otros órganos como el comité revolucionario que se ha constituido tratan de encauzar un movimiento hacia el triunfo y de articularlo constructivamente. No quieren saber nada porque no existe una conciencia formada sobre el porvenir inmediato y rechazan la responsabilidad de lo que en ese aspecto hagamos nosotros o puedan hacer otros. Es muy natural. Ahora bien, yo opino que estando las cosas como están hay que ir a fondo arriesgándolo todo. Si no queremos fracasar una vez más, hay que avanzar construyéndonos al mismo tiempo el camino. Si no, nos despeñaremos. Ese camino se puede trazar aquí y podemos imponérselo al Comité Nacional. Si lo sometemos a su parecer, nos dirá que no. Lo considerará provocador o en todo caso creerá que se debe someter a referéndum. Ya se ve que en estas circunstancias se tarda en conseguir el refrendo de la organización quince días. Si se lo notificamos sin pedir opinión y lo llevamos a la práctica se callarán y esperarán acontecimientos. Mi posición es: o volvemos al trabajo inmediatamente o mañana mismo lanzamos las consignas netas, concretas e inmediatas para sustituir el poder burgués.
Hubo un momento de silencio. Vacilaban todos. Villacampa dijo que por su parte estaba conforme, pero el viejo de las melenas blancas levantó la mano y dijo: