Plantea el compañero Samar un dilema cuyos términos no pueden escapar a nuestra consideración. O sustituimos el nefando poder burgués o no hacemos nada. Yo no puedo entrar en “disgresiones” sobre el segundo término porque rechazo abiertamente el primero y me imposibilito por lo tanto para continuar avanzando ya que en buena ley, es decir en buena lógica -rectificó rápidamente como si al citar la ley se hubiera quemado la lengua antes de dar el segundo paso hay que “cimentar” el primero. No se puede sustituir el poder burgués porque decir tal cosa equivale a decir que podemos implantar otro poder y yo, consecuente con mi ejecutoria de nobleza anarquista, rechazo todos los poderes.
Samar reía y comentaba:
– ¡Ejecutoria de nobleza!
El viejo se creyó en el caso de explicar que había dos noblezas, que no sólo existía la de los aristócratas. Samar tenía prisa y estaba como desazonado y nervioso. Dijo que traía dispuesto un proyecto de comunicación al Comité Nacional en el que se les decía lo que íbamos a hacer sin pedirles el refrendo.
Comenzó a leer. El viejo interrumpió:
– Eso no se puede confiar al correo.
Samar advirtió que iba en clave y que no se le hicieran observaciones tan ingenuas. Las consignas eran sencillas. Cosas que se podían hacer y que revelaban de pronto lo fácil que era la revolución. Al final el viejo movió la cabeza tristemente:
– Yo no voto eso.
Urbano, aunque con respetos para Samar, dijo que tampoco lo firmaba porque aquello no era el comunismo libertario. Gómez dio un puñetazo en la mesa:
– Yo soy anarquista pero yo voto eso y lo firmo. No se puede abandonar a los compañeros que luchan en la calle, en nombre de la pureza de una doctrina que nosotros no podemos implantar de momento.
Samar miro a Gómez, conmovido por su acento de sinceridad, y después a los otros. Los jóvenes estaban con él. Pero eran pocos. Liberto García, el gigante blanco, de pelo de panocha; Elenio Margraf, el tipógrafo descolorido y adusto, y los otros dos, también de Artes Gráficas -José Crousell y Helios Pérez- lo apoyaban. A la hora de votar, vencieron, sin embargo, los viejos. Samar se levantó:
– Aunque la federación de grupos la rechace, yo la llevaré esta noche al comité revolucionario porque entiendo que es la única manera de encauzar los hechos.
Pero Gómez estaba indignado:
– ¡Vamonos!
– ¿A dónde vais? -preguntó Urbano.
– A que nos maten. Es lo único que en estas circunstancias se puede hacer.
Villacampa intervino:
– Eso sería darles gusto a nuestros enemigos.
Urbano le pidió una aclaración.
Samar le interrumpió con una mirada de reojo en la que venía a decir: “Nos comprendes y sabes que tenemos razón, que es lo peor. Pero temes a la revolución y quieres morir de viejo agitando tu melena en la utopía”. Se conocían. Samar aclaró a medias por Gómez, que no quería hacerlo. Dijo que eran incapaces de sabotear un acuerdo de un comité o una asamblea aunque hubieran votado en contra y que como el acuerdo era seguir en la calle sin consignas y liándose a tiros con todo cristo, eso equivalía a dejarse matar.
Salió asqueado. Con él se fueron -ya terminada la reunión y adoptados otros acuerdos secundarios- Liberto, Elenio, José, Helios y Gómez. Yo salí con ellos y con el gallo. Ya estábamos en la calle cuando de pronto llegó Villacampa corriendo. Miraba el gallo y tenía ganas de meterse conmigo, pero no encontraba motivo. Quizá le parecía que era darme demasiada importancia. Gómez decía a José y a Helios:
– Tened cuidado con Fau. No volváis a casa, que estáis vigilados.
Pero los dos querían volver para salvar los tipos de imprenta porque eran el único recurso que en la barriada tenían para manifiestos clandestinos.
– Llevando el molde hecho -decían- tenemos siempre una máquina dispuesta en alguna imprenta.
Quedaron, pues, en que volverían y en que irían después con Samar a casa de Villacampa a comer. Villacampa no estaba fichado y seguramente allí no había riesgo. Se marcharon. Liberto, Elenio y Gómez también se querían marchar a Vallecas para preparar lo que se hubiera de hacer al día siguiente en el cuartel. Liberto llevaba los bolsillos llenos de papeles. Era la Regional, la Local y el Comité revolucionario ambulantes. “Eso decía refiriéndose al proyecto de Samar- tiene que salir esta noche. Al llegar a la plaza de Manuel Becerra vimos alguna animación. Ya era hora, porque las calles daban la impresión de una ciudad abandonada o diezmada por la peste. Gómez decía:
– ¡Qué alegre está hoy Madrid!
Pero yo no concibo que pueda estar alegre sin tranvías. Los dos tipógrafos se despidieron allí y se marcharon. Villacampa se quedó mirando a un individuo que cabeceaba sentado en un portal. Cuando nos vio se levantó y vino con andares poco seguros.
– ¿Qué haces ahí, Casanova?
Se restregó los ojos y explicó:
– Esperando a un compañero que creo que tiene dos pistolas. He pasado la noche ahí, y que si quieres. ¡Coño, parece mentira el trabajo que le cuesta a un hombre conseguir un arma!
– ¿No asaltaste con nosotros la armería?
– Sí, pero no conseguí más que una de esas que empleaban los marqueses hace un siglo para los desafíos. Se carga por la boca y hay que llevar un saco al hombro con pólvora y plomo.
Villacampa hacía memoria.
– ¿Sabes quién tiene tres pistolas? Serafín Urbez.
Vive en el otro extremo de Madrid, pero Casanova sin chistar da media vuelta, se orienta un instante y echa a andar por una callejuela. Como tiene mucho sueño lleva la cabeza más adelantada que los pies y parece que va a embestir a las farolas. Seguimos bajando. La calle está en suave declive. Hay algunas tiendas entreabiertas y un garaje con el cierre a medio echar. Dentro se ve a algunos guardias civiles y una ametralladora desmontada.
A medida que bajamos, la calle se anima y las gentes parecen alarmadas. Tienen los oídos atentos a cualquier rumor. Hay pocos obreros. Es un día tranquilo y diáfano, como para confiarse y después del terror de la noche sin luz salir a ver lo que ocurre. Ha aparecido una edición oficiosa de “El Vigía” y la pregonan “con los graves sucesos de anoche y la declaración del estado de guerra en todo el país”. La compramos y Samar apenas la hojea, sin leer más que los epígrafes: “El criminal atentado de anoche” -sabotaje, víctimas-. “La opinión al lado del Gobierno” -declaraciones de Gobernación-. “Han sido descubiertos todos los resortes del complot.” Samar sonríe:
– ¿De qué complot? Si hubiera complot no existirían ya ni vestigios del Gobierno.
Señala una noticia con la uña del pulgar, ofreciendo el periódico a Villacampa.
– Mira. Han matado a Murillo.
Villacampa lee: “Resultó llamarse Murillo y ser un tipo muy peligroso en cuyas manos estaba el nudo central del complot”. Ríen Villacampa y Samar:
– Pobre Murillo. No sabía nada de nada.
Ha muerto en un motín, herido por una bala perdida. ¿Quiénes más caerán? ¿Caeremos nosotros? Samar parece adivinar nuestro pensamiento y dice:
– Lo bueno que tiene todo esto de diluirse y despersonalizarse en la masa es que no le pueden matar ya a uno, aunque nos partan el corazón.
Villacampa no quiere hablar de eso y me dice que en un día como hoy no debí salir vestida de amarillo -color de esquirol- sino de rojo. Samar aclara:
– Es que está enamorada de los tranvías.
– ¿De todos? -pregunta Villacampa pensando que soy tonta.
– Hombre. La verdad es que todos son iguales. Estoy enamorada, pues, de uno y de todos.
Villacampa me mira las piernas y tararea a media voz una canción de un fraile que regaló unas medias a una chica.
– ¡Vaya una copla estúpida! ¡Qué tendré que ver yo con los frailes! El caso es que le molesta que yo esté enamorada del tranvía.
– ¿Desde hace mucho tiempo?
– Desde pequeña.
Samar ríe:
– Eres pequeña ahora.