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Yo les explicaría mi enamoramiento, pero no son momentos para hacer comprender estas cosas. Vi incendiar un tranvía cuando vino la república. ¡Pobre tranvía! Tenía una voz delicada, como una campanita.

Llega un rumor alarmado. La gente huye en todas direcciones. No se ve un guardia ni nos amenaza nadie. Quizás en la calle ya casi desierta aparezcan balas silenciosas, de esas que dan la vuelta a las esquinas y suben al tejado para herir a una cocinera en el balcón de un patio interior. Pero nos quedamos quietos. Cuando los alrededores quedan despejados aparecen dos niños de cuatro o cinco años junto a un montón de basura revolviendo con la mano y llevándose trozos de legumbre y cortezas de pan a la boca. Villacampa insiste:

– ¿Pero es verdad que estás enamorada del tranvía? Eso es del todo estúpido.

Samar contesta por mí y explica que cada cual puede enamorarse de lo que bien le parezca. De un tranvía o de una pistola, como le pasa a Casanova, o de unas tenazas de podar.

Yo no lo entiendo. Villacampa tampoco, pero el caso es que ahora, después de la explicación de Samar, quiero más al tranvía y que en este preciso momento llega uno calle arriba. Nos quedamos estupefactos.

– ¿Cómo es posible si no hay fluido?

Un obrero nos dice que han reparado las averías de esta línea y que tienen órdenes del Gobierno de salir. “Pero éste -añade escabullándose misteriosamente- no volverá sano a la cochera.” Efectivamente. Antes de que llegue a donde estamos nosotros se produce una explosión, y unos adoquines saltan en surtidor y caen sobre el tranvía. La vía queda levantada y el tranvía descarrilado y cojo, con una rueda girando en el aire. Corremos a refugiarnos en las esquinas próximas y el gallo se ha espantado tanto que me ha desgarrado con las patas la falda y tengo que ponerme un alfiler. Quedamos a la mira. En el tranvía iban dos guardias civiles que se han herido con cristales y esquirlas de piedra. Bajan como pueden. El conductor ha salido ileso, pero huye calle adelante, sin saber adonde. Por las calles afluentes vuelven los grupos amenazadores y algunos se acercan, pero otros recelan y miran calle abajo. Yo quiero al tranvía que no tiene culpa de nada. Percibo olor a gasolina. Van a quemarlo. Pero aún no se atreve nadie a acercarse. Le doy la pistola a Samar y en dos brincos atravieso la acera, salto el arroyo y me encaramo al tranvía. Al verme tan decidida vienen todos detrás, pero se oyen cascos de caballería más abajo. Y tiros. La gente se desparrama y yo me acurruco junto al motor. Más tiros. El tranvía se ha quedado solo y yo dentro de él. Algunas balas dan en los cristales y saltan hechos añicos. El gallo se me ha escapado y se sube a los asientos o a las ventanillas. Desde mi escondite junto al motor veo a Samar y a Villacampa con las solapas levantadas y el sombrero bajo, hurtando la cara y asomando la pistola. Tiran otros obreros desde todas las esquinas. Y los cascos de los caballos siguen sonando. La calle es blanca como una losa de cementerio. Y en el tranvía suenan las balas como si fuera el calor del Sol que desajusta las maderas y las hace dar chasquidos. Yo estoy con los ojos cerrados un buen rato. Lejos comienza a sonar una ametralladora. Cuatro o cinco tiros y calla. Luego vuelve a oírse otra vez y vuelve a callar. Por fin los cascos de los caballos suenan en mi alrededor y alguien me llama. “Me van a detener” -pienso-. Llevo mi pistola niquelada en la boina.

Antes de descubrir la cara me mojo los párpados con saliva. Los guardias me compadecen, me preguntan si no tuve tiempo de escapar. Creen que viajaba en el tranvía cuando ocurrió el atentado. Pido el gallo y un guardia me lo trae cabeza abajo, cogiéndolo de las patas. Cuando ya desconfiaba de encontrar a mis amigos, me salen al paso en un portal. Villacampa está indignado conmigo. Entra en otro portal a ocultar la pistola en la caña de la bota, y Samar se queda mirándome. Está contento y con los nervios tranquilos, como siempre que sale de un fregado de éstos.

Estamos en un barrio rico. No hay un alma por los alrededores. Parece que ellos se dan perfecta cuenta de lo que está sucediendo.

XIII. VILLACAMPA SE DECIDE A REFLEXIONAR SOBRE LA VIOLENCIA

Samar y Star han marchado después de comer conmigo en mi casa, y me he quedado solo. Yo no sé a dónde irán a parar Star y el periodista, pero siempre están de acuerdo. Voy a tener que usar la corbata roja y el cosmético para que Star se ponga de acuerdo alguna vez conmigo. En las mujeres influyen mucho la corbata y el peinado, y hay veces en que si Star se pusiera de acuerdo conmigo yo podría llevarle la contraria a Samar, cosa que no es tan fácil viéndolos a los dos contra mí. Ésa es la razón, y no otra, de que a mí me moleste a veces verlos cómo se apoyan el uno al otro. Por lo demás me tiene sin cuidado que vayan juntos. Yo jamás he pensado que Star y yo pudiéramos llegar a más que al trato en la organización o en la actuación.

Star me ha hecho rebuscar en mis escondrijos una bala que le vaya bien a su pistola. Una bala pequeña y fina, porque su pistola más parece que está hecha para llevar dentro una borla de polvos que una verdadera bala capaz de herir y de matar. Pero por fin la he encontrado. Es de calibre 5 y toda empavonada y blindada. Nuevecita. La ha sopesado, la ha hecho girar entre sus dedos. Luego yo he querido ponerla en la recámara y ella me ha quitado la pistola:

– Aun no. Cuando llegue el momento ya la pondré yo.

Hemos bromeado un poco. ¿Cuál es su enemigo? ¿Tiene enemigos? ¿Quién puede tomar a Star en serio hasta ese extremo? Samar se ha reído también de ella. Pero ella nos ha ganado a los dos en eso de reírse. Después ha hecho una cosa que me ha molestado. Con la punta de un cortaplumas intentaba hacer dos hendiduras en cruz sobre la nariz del proyectil. Yo le he dicho que eso no se podía hacer más que en las balas sin blindar. Le he enseñado yo varias. Tiene por objeto que al girar se abra en cruz el proyectil y haga más destrozos en el cuerpo. Se sabe de balas de éstas que han entrado por el vientre y han salido por un hombro después de destrozar el estómago y los dos pulmones. Son buenas operarías. Entonces, con la misma punta del cortaplumas ha escrito en la bala sus iniciales: S. G. Luego le ha dado a Samar la bala y el cortaplumas:

– Toma -le ha dicho-. Pon las tuyas.

Samar escribió debajo: L. S., y me invitaba a poner las mías cuando ella se interpuso protestando:

– No, no. Samar y yo solos.

A mí, la verdad, no me gustó aquello. ¿Por qué esos distingos? Yo quedé mirándola un instante con cierto rencor y ella me hizo un guiño y me sacó la punta de la lengua. Esa chica, de pronto, da a entender algo raro, como si fuera muy lista y su bobería la llevara sólo como disfraz para despistar. La conozco bien. Sé que no hay nada de eso. Allá ella con su misterio y con su pistola. Tanto intríngulis y a lo mejor dispara esa bala sobre un puchero roto, cerrando los ojos. Estas chicas no son revolucionarias ni nada. Son como los cacharros que se ponen encima del piano, delicadas y finas. Y si quieren portarse como personas van a dejarse engatusar por una corbata o unos bigotes John Gilbert.

Me dedico a limpiar y a contar mi pequeño arsenal de guerra, ya que Star ha hecho que metiera en él las manos. Entretanto, mientras desmonto la pistola y le paso una bayeta mojada en aceite, voy pensando cosas raras. Hace tiempo que me he convencido de que para ser eso que llaman un intelectual -así como Samar- basta con pensar cosas extravagantes. Yo, sobre la revolución ya las pienso. Querría que todo saliera a pedir de boca, que los burgueses vinieran a ofrecerse y no hubiera más que ir disparando. Al mismo tiempo cantarían los coros que oí una vez en Barcelona canciones alegres que hay como para la primavera en los jardines. Y después, cuando no quedaran burgueses, cantaríamos todos e inventaríamos la religión del trabajo y entonces todos los hombres se mirarían a la cara sin rencor y sin recelo y las mujeres no tendrían rubor ni nosotros las miraríamos con esa fiebre canibalesca con que a veces las miramos en la calle. Ya estaría todo hecho y los niños crecerían como las plantas, a base de agua y Sol. Todos seríamos dulces y bondadosos sin ir a parar a ese sentimentalismo que hace que a las muchachas no les crezcan los pechos y que las niñas pequeñas se encanijen y que los curas gordos y sin afeitar conmuevan a las viudas.