Pero yo no sé qué hacer ni qué decir. Lo natural sería no haber entrado. Una vez dentro, lo natural es taparse las narices y escupir. Me cuentan en qué consiste la enfermedad y quieren convencerme de que pudo salvarse, cuando a mí me parece tan lógico que se muera. El patrón le da agua con una cucharilla. Yo le digo:
– ¿Para qué? Déjenlo que se muera de una vez si se ha de morir.
Le parece tan monstruoso a la patrona que se santigua y advierte:
– No grite, que se entera de todo.
– ¿Se entera de todo?
Y a continuación pienso para mi conciencia: “¡Qué cotilla!” La patrona lo llama:
– ¡Don Fidel! ¡Don Fidelito!
Tengo unas ganas de reír atroces, sobre todo cuando veo a la patrona limpiarse una lágrima. El patrón también lo llama: -¡Don Fidel!
Y de vez en cuando mira el reloj de oro del muriente que está sobre la mesa y la tabaquera, que asoma en un bolsillo de la chaqueta negra, y piensa que debe ser de plata. Los dos coinciden ahora en llamarlo, y don Fidel entreabre los ojillos cerúleos. Aprovechan esa oportunidad para decirle que estoy yo aquí y entonces veo la mirada mortecina que se posa en mis ojos. Él los cierra sin responder. Le han puesto un Cristo sobre el vientre, un escapulario junto a una oreja. De pronto se oyen voces en el pasillo y la patrona sale presurosa, dejándome en las manos una toalla con la que le espantaba las moscas y le hacía aire. Luego se vuelve a asomar a la puerta y llama al mando muy contenta. Debe ser la visita del cura que tanto les conmueve. Yo me quedo de pie al lado de don Fidel, con la toalla en la mano. De vez en cuando la paso sobre su cabeza, como la patrona, pero sin querer me acuerdo de los toreros y a cada nuevo pase digo en voz alta:
– ¡Dobla!
Luego de izquierda a derecha:
– ¡Dobla ya!
Tengo prisa por marcharme y él no tiene ninguna al parecer, la muerte le ha afilado el perfil, pero que si quieres. Salgo al pasillo y le doy la toalla a la patrona.
– ¿Y don Fidel? -me dicen con la esperanza de que se haya muerto.
Respondo marchándome:
– Tan pelma como siempre, señora.
Salgo a la calle. Un viejo carlista no es una persona. Ni un animal. No es nada. ¿Cómo voy a sentir que muera un tipo como ése, yo, que salgo a la calle a matarlos?
Es verdad que ellos también me la tienen jurada a mí, pero así es la vida y nosotros no la hemos hecho. Al menos, yo.
XIV. DIÁLOGO SOBRE EL AMOR Y LA MUERTE -AL ESTILO BURGUÉS- Y FIN DE LA DESTROZONA. (HABLA SAMAR)
Al entrar aquí llevaba una sensación ambigua, de cínico que ha perdido la moral y anda por la calle a cuatro manos. Luego, la ansiedad y la emoción de hallarme en casa de Amparo, y ya ante ella la reflexión de otras veces: “Puedo ir yo a la raíz del arco iris o el arco iris venir a mí. Pero de todas formas estaba en medio del puerto nevado -con nieve ardiente- y quería engañarme en vano. Yo había ido a las altas cimas, y cuando veía el Sol en los cristales del hielo iba hacia ellos deslumbrado por el iris de millares de pequeños prismas. “Viene el Sol aquí y se descompone y muere.” Luego escuchaba al viento y el viento sólo hablaba de soledad en la muerte lanzando quejas largas de un dolor cósmico. Me sentaba y soñaba con los prismas de hielo y sus alcázares. El frío me quemaba la piel. Sentía el viento en mis cabellos y en mi barba de tres días y encontraba un placer en las agujas que me traspasaban las manos amoratadas. Solo, arriba; solo y lejos, y alto con las nieves y los vientos. Entrar en el prisma helado y calentarlo con mi calor limpio, más fuerte que el frío de todas las cumbres, y soñar: “En el frío y en la blancura de este alcázar tiene que extinguirse la impureza de abajo, deben morir todos los miasmas, toda la podredumbre. Ella es limpia y diáfana como el hielo, y el sol de mi corazón lo asimila, lo descompone. Con él levanta sus alcázares. Pero el viento ruge abajo. El viento gime arriba. El viento habla de soledad en las alturas y de la angustia de tener que abandonarse a las fuerzas desconocidas. Eso que llaman la angustia cósmica.
Abandonarse… Cuando todo nos invita a levantarnos y rechazar el misterio, a negar la fatalidad doricojónica o la miseria ebionita de Palestina. A negar los alcázares de luz descompuesta y a sublevarnos contra el viento de las soledades, y a ser sus enemigos y a levantar bandera contra él. Si el viento llora, reiremos nosotros y apagaremos su gemido con nuestras canciones más o menos procaces. La ciudad está allá abajo, detrás de nuestro cenador florido. Las calles escalofriadas. Grupos negros sobre el asfalto blanco y máuseres en las esquinas, Calles blancas abandonadas. Arena en las aceras y de vez en cuando boñigas de los caballos del orden público. El arco está tenso y la flecha de Espartaco, encendida. ¿Y así, en estas circunstancias vamos a abandonarnos?
Estoy a su lado. En mis oídos se adormeció la voz de Star que me decía hace poco:
– Tienes unos amores de tarjeta postal.
Como Amparo sabe que la revolución me aleja de ella, se me incorpora con la esperanza:
– Si ahora triunfáis -dice con alegría infantil- después estaremos ya siempre en paz.
Yo afirmo pensando en otra cosa. Luego la miro. En sus ojos no hay más allá. Todo aparece cuajado en la retina. También los alcázares y sus palenques de nieve. Como ve que no hablo, insiste en su entusiasmo revolucionario. Yo le pregunto:
– ¿Eres anarquista?
– Sí.
– Tienes una ocasión para ayudarnos; para demostrarlo.
Sus ojos resplandecen:
– Aunque soy cobarde con algunas cosas, no vayas a creer que no soy capaz de todo.
Me acuerdo de Star y de la tarjeta postal. Voy dejando caer las palabras taimadas:
– Quería pedirte una cosa. Pero lo que quiero de ti puede perjudicar a tu padre. Se trata de que me proporciones tres volantes impresos de los que hay para el caso, con el sello del Regimiento al pie. Son permisos para entrar en el cuartel. Los volantes estarán a mano y con ellos sobre la mesa de trabajo del coronel, el sello. Es muy fácil -Amparo me dice con tristeza después de un largo silencio:
– Tú no me quieres.
Yo insisto como si no la oyera:
Elige. Son tiempos de conductas netas y claras. A la hora del combate, la familia no representa nada. Hasta ese pobre hombre de Jesús a quien tanto dices que amas en tus rezos os dijo: “Dejaréis al padre y a la madre por seguirme. No habrá paz en las familias.” Él os ofrecía un ideal. Nosotros te ofrecemos el nuestro. Elige entre Dios y yo. Entre tu padre y nosotros.
Casi llorando repite:
– ¡No me quieres!
Con la misma sequedad -el pulso acelerado de la ciudad late en mis palabras- voy dejando caer palabras que parecen nuevas:
– Si no te quisiera, me casaría contigo. Sería una buena boda. Habría gran ceremonia, iglesia iluminada y orquesta. Todo eso decora muy bien la posesión de una mujer tan bonita como tú. Ya ves si sería fácil. Pero te quiero de la única manera que puedo quererte, como nadie será capaz de quererte nunca. Te quiero desesperadamente. ¿Oyes bien?
Le atravieso los ojos con mi angustia.
– ¡Desesperadamente! Porque siendo tú mi vida tengo que renunciar a ti.
En el fondo del alma una voz clama desesperada: “No ser un imbécil! ¡Qué tragedia, no ser un idiota! ¡Ella me querría igual! Un imbécil, un idiota y un revolucionario dicen ante una mujer como ésta las mismas palabras. Y esas palabras bastan como la varita de las hadas- para encontrar ese tesoro único.” Me ve retraído. Me mira a la boca porque el punto final a partir del cual ya no cabe el diálogo lo ve en las comisuras de mis labios. Insiste:
– Yo iré contigo. Yo no quiero nada en el mundo fuera de nuestro cariño. Yo…
La atajo con voz apremiante:
– Ayúdanos facilitando a los compañeros esos volantes.
Sigue dudando:
¿Triunfará así la revolución?
– Por lo menos -declaro- la agitación será más profunda y más extensa.