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En lo alto del pabellón aparece el último rayo de Sol de la tarde. Sigo viendo en sus ojos la negación cuando se levanta y con sus manos en mis hombros me mira. Yo me he impuesto un hermetismo artificial que consigo fácilmente pensando en mis camaradas. Veo la negación en sus ojos. En los míos ella debe advertir sólo una cierta frialdad. Nos despedimos sin palabras. Hay una entre los dos, que ni ella ni yo nos atrevemos a repetir. Ya no hay preguntas. Ella se va adentro sollozando e invocando a su madre. Es el animalillo extraviado de otras veces. Pero extraviado para siempre. Yo me quedo con los tacones clavados en la arena. “Nunca más” -dice el aire del jardín- “¡Siempre más!”, gritan mis compañeros en la avalancha del atardecer. “Nunca más” -dice una cortina de tul blanco en una ventana-. “¡Siempre más!”, gritan las primeras sombras del anochecer. Y salgo sin despedirme de la tía, que tiene un ceño muy pronunciado.

Ya en la calle oigo voces, tumulto. Un monstruo llega sobre mí corriendo, soplando. Apenas tengo tiempo para ladearme. Se acerca al muro del jardín, lo quiere saltar y no puede. Corre al pie de la tapia. En seguida aparecen a mi lado el pequeño Buenaventura, Graco y Santiago. Ahora distingo bien al monstruo. Buenaventura da órdenes:

– ¡Vivo! Buscadle la vuelta. No correrá mucho, porque lleva un chinazo en la pierna.

Corren, me adelantan. Buenaventura dispara dos veces y se oye gruñir a Fau, arrastrándose. Vuelve a levantarse y va a dar en la parte del pabellón, que no tiene jardín. Aplasta con su espalda las trepadoras del muro, rompe las campánulas azules. Está sobre el fondo verde mirando, desorbitados los ojos, a sus perseguidores, abiertos los brazos en cruz contra la pared. Una lagartija ha quedado aprisionada bajo su bota y asoma el hocico asfixiándose. Los tres compañeros se acercan más. Disparan cuatro, seis, diez veces. Hasta que el monstruo da con la nariz en el suelo y sus ojos miran sin mirar. Entonces se marchan escondiendo las armas. Del cuartel salen unos soldados y disparan los tiros perdidos del reglamento. Luego llaman al oficial de guardia. La lagartija, con el rabo partido, anda trabajosamente por el pantalón de Fau. Todavía hay un poco de Sol en la chimenea del pabellón, encima del balcón de mi novia festoneado de trepadoras blancas y campánulas: un verdadero balcón de tarjeta postal.

XV. LA VIRGEN DE LA IRA PROPICIA. FRENTE ÚNICO EN LA ORACIÓN. ANTIFONARIO (TIENE LA PALABRA LA TÍA ISABELA)

La señora Cleta no me ha querido tener más tiempo en su casa. ¡Valiente casa! En las doce horas que he estado allí me he llenado de pulgas. Y luego ella no hacía más que hablarme de que cuando vivía su marido no la dejaba a sol ni a sombra con los celos. El marido debía ser un badanas. Y por lo que ella presume de sus celos, más que una mujer guapa se me representa una mujer bastante puta. Para que me marchara me ha refregado por las narices que la comprometía como viuda de militar. Con eso le parecía que me demostraba ser más que yo. Cuando ella se haya lavado cuatro canastos de ropa estando el marido enfermo y sin jornal, lo creeré. ¡Y duro con que su hombre era oficial de Seguridad! Repetía:

– Mi hombre mandaba a cincuenta guardias.

Aguardaba un poco y seguía metiendo cizaña:

– Claro que en los tiempos de revuelta mandaba más.

Yo le dije:

– El mío los hacía correr a todos como conejos.

A ese paso yo sabía que llegaríamos a agarrarnos del moño y allí era donde yo la aguardaba, pero me ha tenido miedo y ella misma me ha buscado alojamiento para esta noche en casa de Lucrecia, la mujer del cabo. A la que le hace muchos amores la señora Cleta es a Star. Yo, para que no le resultara tanta gorronería a Lucrecia, no he dicha nada a mi nieta. Allí se ha quedado con el gallo. El gallo es para ella antes que yo y antes que todo. No tiene corazón. Ahora vienen los chicos al mundo dejándoselo en el vientre de la madre. Cuando se ha enterado de la muerte de Fau no se le ha ocurrido pensar que a lo mejor fue el que metió en la cárcel más de una vez a su padre, sino que dio un suspiro de satisfacción y le dijo al gallo:

– Ya estarás tranquilo. Fau te había echado la vista, no ahora sino desde antes de la República. A veces te encontraba en el portal. Yo salía y te metía en casa, y entonces él escupía, chascaba la lengua y se marchaba con un palmo de narices.

En casa de la Lucrecia da gusto estar. Hay más claror aquí de noche que allí a las doce del día. Y eso lo hace la limpieza. Luego ella, como tiene marido, ya no siente ganas de ser más que otra. De joven la mujer necesita tener cerca el recuesto. La señora Cleta aún no es vieja, y como no lo tiene está desazonada. Cada vez que va a la iglesia y agarra un cirio se pone a morir. ¡Yo me río mucho cuando las veo así, tan finas y sin calzones que planchas!

La casa de la Lucrecia se la hizo el cabo antes de casarse. Compró a plazos el terreno allá en las quimbambas, y como es albañil en menos de un año estaba levantada. Tiene un piso, falsilla y sótano. Desde entonces han ido haciendo más casas entre la suya y nuestro barrio, y ahora ya está junta con las demás. El cabo no es que sea cabo sino que lo dice la gente, porque cuando cortejaba a su novia estaba en el servicio militar, era de caballería y venía por el barrio con un sable muy grande. Es buen mozo y era muy amigo de mi pobre Germinal. Yo hago buenas raigas con los dos y en cuanto he venido me he puesto un mandil y he comenzado a faenar por la casa. No había nada que hacer, sino la cena, pero he ido por agua, he pelado patatas, y hasta me he llegado a mi casa a buscar unas cebolletas enanas que son gloria pura. Los agentes fumaban en el patio:

– ¿Qué hay, abuela?

– Y se reía el de las gafas. Luego, para que no me hablaran, he estado espantando perros o llamándolos con el chuflo hasta que he vuelto a salir. Pero son gente sin conciencia y todo les da igual. La noche está fresca y el cielo bien cuajado de estrellas. Cuando volví a casa de la Lucrecia estaban dentro Gómez, Graco, Santiago y Buenaventura. Luego han llegado Bienio Margraf y Liberto. En las dos esquinas más cerca de la casa había dos hombres de los nuestros que estaban a la centinela. Han hablado todos con prisa. Liberto abre y cierra los ojos mucho cuando está callado y luego no pestañea mientras habla. Elenio es muy marchoso y no escucha lo que le dicen porque parece que lo tiene todo pensado y sabe lo que tiene que decir en toda su vida. Ellos dos y el cabo hablan de que hay que “trasladarla” con los mayores cuidados y celarla religiosamente. Ya hay sitio dispuesto. Entonces el cabo dice: -¡No hay manera! ¡Esto es un jubileo! Se marchan dejándole dicho el lugar de la reunión para más tarde.

Ahora veo que Graco y Santiago tienen la pistola al lado, encima de un banco y que no se separan del costado de la puerta. Me asomo intrigada y no veo nada. El cuarto no tiene, más que una cama, un lavabo, dos estampas de la libertad y la revolución como las que tengo yo en casa. Miro debajo de la cama y no hay más que un orinal y las zapatillas viejas de Lucrecia. Como veo que nada me dicen nada pregunto, pero no es por falta de ganas. Yo siempre había tenido muy buena idea de estos compañeros. Formales, poco habladores y con buena fama. Yo me lo represento al cabo como a mi Germinal. Siempre en lo suyo. Pero no podía pensar todo esto. Por lo visto el cabo es alguien. Lo cuidan -a él y a su compañera- como cuidaban antes a los reyes, y no parece sino que en lugar de la cama de matrimonio está la divina custodia. Las dos centinelas que hay afuera no dejarán pasar a ningún sospechoso. ¡Que vengan los perros, que vengan! Al gafitas ése querría yo ver aquí.

Han entrado dos que no conozco y se han sentado donde los otros. Los de antes se han marchado mirando el reloj y guardándose las pistolas. Al salir me han dicho: -Animo, abuela. Ya las pagarán. -¡Dios os escuche!

La Lucrecia pone en la mesa un jarro, pan, cinco platos. Los dos de las pistolas se acercan con el cabo y se sientan. Me dejan a mí el mejor sitio y yo protesto: