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– Nosotras, después. Ahora coméis vosotros; Lucrecia y yo cuando hayáis acabado.

El cabo dice que no. La Lucrecia trae la cena de una vez, se sienta también y por lo que veo comemos todos a un tiempo. En casa no lo hacíamos así. Primero son los hombres y una ha venido al mundo para servirlos. Me han dejado el puesto más principal, aunque sé que no lo hacen por mí, sino porque soy la madre de Germinal. La cena es corta, de casa pobre, pero sabrosa, y como Lucrecia y el cabo se llevan bien es una gloria mirarlos a la cara y verlos tan contentos. Los dos que estaban en el banco, guardando la puerta del dormitorio, han comido bien. Luego encienden un cigarro y vuelven a su puesto. Hablan ahora los tres y el cabo dice con mal talante:

– ¡Lástima que no haya más remedio que liarse a tiros!

– Tontería. Sólo se convencerán cuando les pongamos el pie en el cuello.

Después de cenar me entra soñera. Pero temo que si me duermo me van a despertar en seguida a tiros. Parece que no ocurre nada, pero lo cierto es que entre los gestos y las palabras se ve que esta noche tiene aquí su misterio. El cabo pasea, nervioso:

– ¡Esto es la rehostia!

Para darle la razón entran dos individuos. Uno es cojo y me parece que lo he visto alguna vez pidiendo limosna. Lleva barba canosa y representa unos cincuenta años. El otro no es viejo pero tiene una cara que da espanto. Hablan con el cabo y pasan al dormitorio. Yo me asomo poco después y en el dormitorio no hay nadie ni tiene puerta ninguna de salida:

– Rediós; esto es cosa de brujas.

Pero ni Lucrecia ni el cabo se preocupan. Entra la gente, desaparece, y aquí no ha pasado nada. Vuelvo a sentarme y me adormezco. La mesa se pone de medio lado, se inclina y cuando va a ponerse patas arriba yo doy un respingo. Lucrecia recoge los platos y yo le digo que espere un momento y fregaremos las dos. En cuanto doy tres cabezadas ya estoy despabilada y puedo faenar como si tal cosa. Pero esta vez me parece que me voy a quedar roque.

El cabo me dice:

– Aquí nadie ha perdido tanto como usted.

Pero mientras los veo a todos afanados en vengar a mi Germinal, parece como si mi hijo no hubiera muerto. Lo malo será cuando todo esto se acabe y vuelva a hacer la vida de siempre. El cabo dice que eso ya no será nunca.

– ¿Por qué? Yo he visto muchas cosas en este mundo y no tengo tanta confianza. Hay que matar a mucha gente y para eso hay que llevar uniforme. Con chaqueta y gorra no podréis matar más que a algún guardia.

Les cuento que salí dispuesta a volar la ciudad y luego tuve que ir dando las bombas a los compañeros de mi hijo. El cabo suelta a reír. Se me ríe en las barbas, y yo, por no contestarle, me voy a la cocina. Lucrecia no quiere que la ayude y me envía a la cama; como si fuera un vejestorio inútil. Yo me quedo ayudándola. ¡Estaría bueno! Irme a dormir ahora cuando desde hace cuarenta años soy la última que se acuesta en casa y la primera que se levanta. La cama es para los viejos y yo aunque lo parezca no lo soy.

– Entonces no se acostará usted, tía Isabela.

– ¿Por qué?

– Toda la noche habrá gente en casa.

Como ven que no pueden conmigo me dejan que ayude en las últimas faenas. En el cuarto de al lado se oyen voces. Yo me siento y vuelvo a cabecear. De vez en cuando oigo pasos y me despierto. Entran más obreros. Algunos, viejos que más les valdría estar en la cama. Uno, sobre todo, que arrastra los pies y tiene los ojos llorosos y le tiembla la mano. Todos pasan al dormitorio del cabo. Yo rezo para no dormirme del todo. Saco el rosario y voy pasando cuentas: “Por el hijo, que gloria tenga”. Cuando me acuerdo que están los agentes en mi casa, no puedo seguir rezando. “¡Hostia bendita!” “¡Si los cogiera donde cantan las perdices!” Dios dijo: “perdonad a vuestros enemigos”, pero nada habló de los agentes de policía y de los guardias. Mi hijo cayó en la calle con la cabeza llena de ideas buenas. Yo no puedo rezar para que Dios lo perdone. Estoy segura de que no necesita que lo perdone nadie. Tampoco él tenía nada contra Dios y no lo acusaba ni lo perdonaba. De igual a igual, ninguno iba contra el otro. Yo rezo porque tenga paz y gloria en el otro mundo como las tenía en éste. Aunque luchaba y aunque lo mataron, él siempre tuvo paz porque no le vi que pensara una cosa hoy y otra mañana ni que dijera una cosa e hiciera otra. Y la gloria yo me la figuro como un lugar donde todo el mundo tiene que comer, hablan bien de uno y lo estiman y lo respetan. Por eso mi Germinal tuvo paz y gloria aquí y voy a rezar este otro “misterio” para que no le falten allá.

Pero no termino. Doy una patada en el suelo y el cabo me pregunta:

– ¿Qué le pasa, abuela?

– ¡Coño, que me duermo!

Y como veo que hago mal papel me voy a dormir. Bueno, eso de dormir… Me paso las noches soñando. La noche antepasada soñé que todos los señoritos y las burguesas se habían retirado de la calle y nosotros éramos los amos. No había guardias ni “perros” y guisábamos con una hornilla en la Puerta del Sol y en la Cibeles. Luego organizábamos baile y la señora Cleta se levantaba las faldas en el centro de un corro y movía los brazos diciendo que era viuda de militar.

Eso fue anteayer. Ahora… Bueno, ya veremos. Estoy en la cama y voy a ver si duerno. Porque a veces me duermo sentada en una silla y luego en la cama no lo consigo. Cosas de este cuerpo que es un reló descompuesto. Oigo voces nuevas ahí fuera. Lucrecia va a la cocina y hace ruido de vasos. Discuten a voces. Alguien pide silencio y ahora se oye hablar a Samar. ¡Cristo, no hay quien aguante en la cama! Me visto y salgo a ver qué pasa. La puerta está abierta y entran unos hombres como gusanos que se arrastran por la pared sin hacer ruido. Van al dormitorio del cabo y cuando yo me asomo allí ya no hay nadie. Al poco rato sale del cuarto un viejo lisiado santiguándose. Yo no lo había visto entrar. Samar le pregunta:

– ¿Por qué hace eso?

El viejo lo mira y saca una voz de los tobillos:

– ¡Ah, muchacho!

Luego señala el dormitorio:

– ¡Igual que una Virgen pa los pobres! Cuando lo veas también tú te santiguarás.

Yo vuelvo al dormitorio. No hay nadie. Me restregó los ojos y voy a la puerta de la casa. Alrededor duermen en el suelo cuatro o cinco desarrapados. Más allá vigilan dos de los nuestros. Esta es la parte más miserable del barrio. No hay más que ladrones y muertos de hambre. La casa de Lucrecia es como el palacio del obispo, al lado de tanta miseria. Madrid está obscuro. Dicen que han roto con unas tijeras todos los hilos que llevan la luz a las casas. Bien hecho. En este barrio y entre estos pobres hijos abandonados de Dios la luz no hace puñetera falta. ¿Para qué? ¿Para ver piojos y podredumbre? Pero Madrid está allá abajo. Y mi hijo…

– ¡Eh! ¿Qué piensas tú de Germinal?

– ¿Yo? -responde un bulto negro que suspira ahí al lado-. ¿Qué quiere usted que piense?

– Pero no había otro como él, ¿eh?

– Hombre. Cada cual tiene su alma en el cuerpo.

Pasa un minuto sin hablar y le pregunto bajando la voz:

– ¿A qué venís aquí?

Me mira extrañado:

– Si no lo sabe, no se lo puedo decir.

¡Carajo con los misterios! Al entrar dice el cabo con una mezcla de miedo y de satisfacción:

– Lo sabe todo el barrio y no se ha enterado la policía. Pero ahora la vamos a trasladar a sitio seguro.

Por fin veo que entran otros dos al dormitorio y me voy con ellos. Al lado de la cama hay una trampa en el suelo. La levantan y aparece una escalera abierta a pico. Bajan ellos y detrás yo. Si no es para mujer, ya lo dirán. Abajo hay hasta tres docenas de personas. Como el techo es muy bajo hay que estar con la cabeza inclinada y algunos andan encorvados. Otros, para estar más cómodos se han arrodillado. Yo no veo sino que al fondo hay luz. Una vela o dos. Todos están quietos y callados y como no se puede estar con la cabeza levantada, parece que rezan. Uno dice a mi lado: