– El día se acerca.
– ¿Cuál? -pregunto yo.
Este venía por casa alguna vez. También conozco casi todas las caras de aquí. Pregunto qué es aquello y me dicen una palabra que no entiendo. Yo por no hacerme la tonta no pregunto roas, pero voy avanzando, disimulando codazos y empujones. La gente habla en voz baja. Cuando llego a la primera fila veo a Graco arrimarse a una vela y despabilarla. Enfrente hay una máquina alta y fina como un galgo, con tres patas. No me extraña que esté tan limpia conociendo a la Lucrecia. Vuelvo a preguntar qué es aquello y me dicen lo mismo que antes, pero ahora ya recuerdo el nombre:
– Ametralladora.
Creo que dispara quinientos tiros por minuto. Yo no he visto esto nunca. Los hombres la miran y callan pensando cada cual lo suyo. Yo pienso que el día del entierro esta máquina pudo acabar con todos los guardias de España y que con dos como ésta quedaría vengado mi pobre Germinal. A mi lado suspira un hombre muy flaco, que lleva el sombrero en la mano. La ametralladora está quieta y firme, y tiene al lado una fila de cajas de metal y dos cubos que deben ser para las curaciones. Me he arrodillado. Parece que todos rezan, y yo por no ser menos y porque no sé estar arrodillada sin rezar, me invento una oración:
– Gracias Dios mío, voy a rezar un padrenuestro para que los que la manejen no sufran perjuicio y para que sus tiros vayan a los corazones de los que han matado a mi hijo.
Detrás se oye subir y bajar a los anarquistas. Graco advierte que va a enfundarla y que conviene que todos sigan como hasta ahora guardando el secreto entre los incondicionales.
– ¿De quién es esta máquina? -pregunta uno.
Y contestan cuatro o cinco:
– Nuestra.
Graco se me acerca:
– Mírela usted, abuela. ¡Qué limpia y qué garbo de juventud! Es de las primeras que se han venido a nuestro campo. Pero hay otras que son las prostitutas, las putas máquinas que manejan los banqueros. ¡Compañeros! -añade dirigiéndose a todos- ¡Aquí la tenéis! Ametralladora Joquis, modelo americano. Es el arma más eficaz…
Un viejo mete baza:
– Perdone el compañero Graco. Existe otra arma: la cultura.
– ¡Bah!
El viejo de las melenas, dice:
– ¿Y Grecia? ¿Y Roma? ¿Representa algo Demóstenes? ¿Y Platón?
Lo hacen callar aquí y allá los más jóvenes.
Como el viejo se dispone a hacer un discurso, Graco agarra las velas y sale delante. Yo me he cogido a su chaqueta y salgo la primera, no vayan a liarse a golpes. Desde la escalera Graco dice:
– Afuera.
Salen alumbrándose con cerillas. El viejo quiere discutir con obreros jóvenes y éstos le toman el pelo. Ahora ya me voy a dormir tranquila.
Me acuesto y rezo. Me represento la máquina en lugar de San José. No sé, pero puede que si nos hubiéramos encomendado a esa Virgen antes, no me hubieran matado a Germinal ni yo tendría reuma ni sería lo mal hablada que dicen que soy. Porque no habría “perros” en el mundo…
Pero para eso están esos jóvenes colorados, blancos, amarillos, delante de la máquina, callados y rumiando. Digo amarillos porque había un socialista. Pero con esa Virgen todo Cristo reza. Ahí se acaban los discursos. Llegan como gusanos medio aplastados los hombres y al llegar a la Virgen Joquis levantan la cabeza, dicen su palabra y vuelven a bregar contra el hambre, pero ya más satisfechos, como cuando una vuelve de misa. Yo no sé lo que hubiera dado porque Germinal hubiera tenido esa máquina. Cuando se ve que viene al campo de Germinal una cosa tan fuerte, tan aguda y sabia, tan limpia y tan valiente ya se ve que es importante cosa esto de pegar tiros en la calle.
Pero no sé lo que digo porque me duermo. Veo un mar obscuro de cabezas sin afeitar. Graco sobresale por un lado y el viejo de las melenas por otro. Graco grita:
– Todas las máquinas nos esclavizan, menos la Virgen Joquis.
El mar como en tormenta grita:
– La Virgen Joquis es nuestra madre.
El viejo de las melenas grita:
– La ametralladora ha salido de nuestras manos.
– La Virgen Joquis -contestan todos- es nuestra hija.
Graco se levanta en el aire, con la pistola en la mano. Entonces se pone a rezar una cosa rara, como una letanía:
– ¡Los ministros, los directores generales, los obispos, las putas duquesas…!
– Acabaréis un día.
– ¡Los intelectuales, los periodistas serviles, los maricuelas de las carreras de lujo! -Acabaréis un día.
– ¡Los diputados, los gobernantes, los sacerdotes! -¡Labraréis la tierra uncidos a nuestro arado! -¡Las monjas!
– ¡Sonreirán por primera vez sacando leche de sus pechos tiernos!
– ¡Los santos de las iglesias!
– ¡Les pegaremos fuego y nuestros chicos se socarrarán las botas brincando por encima!
– ¡La Virgen!
– ¡Parirá con dolor! Como nuestras hembras. Sólo adoramos ahora una Virgen. Una Virgen propicia y milagrosa: la Virgen Joquis.
CUARTO DOMINGO
XVI. ACTA. MANIFIESTOS EN EL CUARTEL. A SAMAR LE PIDEN UN HIJO
El secretario de actas escribe: “Para una cuestión previa, el compañero Samar pide la palabra y dice que con objeto de que el acuerdo sobre la comunicación al comité nacional pueda quedar nuevamente redactado antes del amanecer y salga en el avión para Barcelona debe tratarse antes que nada su proposición.
“El compañero Urbano se opone; algunos de los reunidos conocen ya la proposición y no la consideran urgente.
“El compañero Graco también cree que es más apremiante dar cuenta al comité de la detención de cuatro compañeros que formaban parte del mismo: Liberto García Ruiz, Elenio Margraf, José Crousell y Helios Pérez. El último ha sido objeto de malos tratos.
“Piden la palabra varios compañeros para sumarse a la protesta de Graco y se acuerda notificar al comité pro presos la novedad.
“El compañero Ruiz pide la palabra para una cuestión de orden. Siempre me parece chocante que un anarquista plantee en nuestros mitines cuestiones de orden.
El compañero Samar insiste en su petición, y en vista de que se accede expone un plan de ofensiva teniendo en cuenta que el movimiento espontáneo suscitado por el asesinato de los compañeros que cayeron el sábado ha llegado a alcanzar su mayor intensidad y ha creado el desconcierto en las filas enemigas. Teniendo en cuenta que en la cuenca minera de Arlanza los obreros se han hecho dueños de la zona. Que las comunicaciones son tan defectuosas que los trenes correos tienen que ser conducidos por personal del ejército. Teniendo presente también que la huelga general ha sido secundada por toda la organización y que en los sitios donde el control no era nuestro se ha conseguido el paro practicando el sabotaje -y una prueba es Madrid, que sigue sin más Prensa que una hoja oficiosa-. Teniendo en cuenta que en determinados puntos el ejército ha permanecido neutral o se ha sumado a los revolucionarios moralmente, contestando a sus vítores. Que en Madrid se va a realizar un intento sedicioso en cuatro cuarteles, de los cuales es seguro que responderán dos.
“Reconociendo que hay algunas armas y que se pueden conseguir más. Que el estado de pánico de la burguesía la ha llevado a inhibirse por completo. Que es necesario comenzar a dar coherencia y cauce político a la energía revolucionaria que tan hondamente ha socavado el sistema…”
Piden la palabra varios compañeros contra la expresión “cauce político” empleada por el camarada Samar. Éste la retira y dice “cauce constructivo”. Les parece bien y sigue exponiendo. Dice que si esperamos más para ir a fondo la burguesía reaccionará y la lucha presentará dificultades mayores. Por fin dice que los comités de barrio, con los soldados que han de sublevarse, las armas que existen y las que se nos han de facilitar deben lanzarse a fondo hoy mismo y deben darse en un manifiesto consignas concretas y los primeros decretos del nuevo poder revolucionario, disolviendo todos los organismos administrativos y políticos del Estado y declarando abolidos todos los privilegios de clase, remitiendo a los obreros al cumplimiento exclusivo de los acuerdos de los cuadros sindicales y ordenando a los soldados que constituyan sus comités allí donde puedan y reduzcan a sus superiores usando todos los procedimientos. Estos decretos serían cuatro y cada uno de ellos reforzaría y dejaría teóricamente realizadas cada una de las cuatro consignas principales en las que se sintetizarían los aspectos fundamentales del nuevo poder y los resortes más elementales del triunfo.