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Niegan las pistolas disparando y los corazones abiertos y saliendo en torrente por la boca.

Samar se encuentra a Villacampa. Este ha dormido al raso porque la policía estuvo ayer en su casa y no se ha atrevido a volver.

– ¿Tienes algo que hacer en el cuartel?

– Yo, no. Creo -respondió Leoncio- que el que se ha encargado de eso eres tú.

– Sí, pero hay que esperar a la noche. Hay que escribir e imprimir unos manifiestos. Después celebraremos la reunión con algunos sargentos y mañana se verá lo que se hace.

– ¿Tú qué opinas?

– Estoy dispuesto a todo. Ya que no se quiere reflexión ni orientación, seamos irreflexivos y andemos desorientados. Pero no nos detengamos.

Pasean juntos. Samar dice que le extraña no ver las calles del barrio tomadas por el ejército ni hallar guardias ni agentes. Leoncio explica:

– No les importa lo que ocurra en el barrio. No hay bancos ni ministerios ni iglesias que defender. Las fuerzas están preparadas en el cuartel, en la delegación de policía y en el campo, en las afueras. El barrio está sitiado. Toda la ciudad está sitiada.

Villacampa habla de las detenciones que se han hecho últimamente. A Crousell le han debido coger muchos papeles encima. Samar se encoge de hombros:

– No hay en toda la organización un papel verdaderamente revelador. Alguna ventaja ha de tener esto de hacer las cosas como se hacen. Es decir, sin pies ni cabeza.

Llegan a casa del cabo. Star aguarda con la olla sobre las rodillas. Meten dentro dos mil manifiestos. El texto es expresivo. Nada de lirismos ni exaltaciones. Las palabras tienen su valor y no hay que superponerles capas y más capas de purpurina. Números y hechos. El número es el esqueleto del hecho y son inseparables. Número de cápsulas y de sacos de harina. Números del alza del fusil, del pescuezo militar, de las víctimas, de los detenidos y de las ideas elementales que todavía quedan en los cerebros y que hay que desterrar porque van envenenadas. Números y hechos. El manifiesto, corto y terminante, tiene medidas las fuerzas en cada palabra, en cada signo ortográfico.

Le da a Star el volante autorizándola a entrar en el cuartel y salen los tres. En el aire hay muchas interrogaciones:

– ¿Y después?

Villacampa se encoge de hombros.

Samar advierte:

– Mi “después” se limita a enganchar los hechos y los números en racimo. A poner un poco de aire comprimido dentro de cada proyectil, un poco de veneno en las bayonetas, a atar el telémetro en el cañón de la ametralladora y a agrupar disparos y voces para que suenen y se oigan y hieran donde queremos herir. A clavar la cuña y facilitar el derrumbamiento buscando leyes físicas propicias. Eso nada más.

Villacampa pregunta deteniéndose:

¿Sabes lo que te digo? ¡Que discurres demasiado!

– Hombre…

O mata uno o lo matan. De todas formas llevamos la de ganar, porque si nos matan a nosotros con nuestro cuerpo se levantan diez banderas nuevas. Eso es lo que yo pienso. ¿No ves lo que ha pasado con los tres compañeros que cayeron el día del mitin en el “Paraninph”?

Star se ha perdido, camino del cuartel. Sujetamos el gallo que a todo trance quiere seguirla. Villacampa no le ha dicho una sola palabra. Ella ha leído el manifiesto, y después de meterlos todos en la olla ha hecho un gesto ambiguo de conformidad y sin el menor recelo ha ido a cumplir su misión. Los manifiestos van sobre el cuartel como una lluvia de metralla. Son octavillas, papeles blancos torpemente impresos con finas y agudas palabras. Nada al parecer. Pero pueden determinar unos centenares de procesos que naturalmente soliviantarán a los soldados suponiendo que no se solivianten por sí mismos antes. Samar tiene fe en la eficacia de su propaganda. Villacampa pregunta:

– ¿Cuándo se acordó levantar el cuartel?

– Anoche -responde Samar-. Había división de opiniones. Yo voté en pro. Puedo decir que si el regimiento se subleva lo habrá sido por mi voto.

Se separaron. Samar se encontró en casa del cabo con Casanova, que miraba al techo y contaba a Lucrecia sus cuitas de hombre que no ha encontrado todavía su pistola. El cabo lo miraba pensando:

– Tiene cara de suicida. Hacen bien en no darle una pistola.

Casanova iba a ver la ametralladora cuando ya se la habían llevado. El cabo se negaba, con mentiras muy finas, a decirle dónde estaba y Casanova justificaba su estado febriclass="underline"

– Yo deserté de la burguesía quemando las naves. No puedo ni quiero volver. ¡Pero, coño! ¿Es uno como vosotros o no?

Samar también vio entonces que Casanova se pondría una Corbata de seda y haría zalemas en los salones de visita de las monjas, si el caso llegaba. Había sido mozo de comedor en una casa aristocrática y tuvo que marcharse dejando su simiente en el vientre de la hija mayor. Lucrecia, oyendo esto último reía hasta desencajarse las mandíbulas. Pero Casanova decía que estaba enamorado de la aristócrata, y entonces fueron Samar y el cabo quienes soltaron a reír.

Sonó un tiro cerca. Se dirigió a Casanova:

– Vamonos, que seguramente vendrá la policía.

En aquel momento llegaba Star con su olla. La destaparon, cogió Samar un papel que había en el fondo, escrito a mano, recogió el volante para volver a utilizarlo después y preguntó:

– ¿No habrán sospechado nada?

– No lo creo -contestó Star.

Samar y Casanova salieron. Este volvió a pedir una pistola:

– El que te la puede facilitar es Santiago -advirtió Samar.

– ¿Pero tiene pistolas?

– ¡Hombre! Mientras en Ginebra no cuenten con él, la limitación de armamentos será un mito.

Se fue en busca de Santiago y aunque Samar sabía que era inútil pensó que así mantenía en el alma de Casanova una esperanza. Se acordaban de sus amores.

– Está borracho de sentimiento -se decían- y debe morir porque no vale gran cosa.

Pensaban en su suicidio y se encogían de hombros. Conocía Samar bien esa enfermedad y pensaba en ella con la alegría del que se cree curado. “Pero quizá -dudaba- esa fe no es todavía más que un recurso de enfermo.” Siguió en dirección al campo. Después de la entrevista del día anterior con su novia, después del fracaso de su proposición en el comité, Samar sentía la necesidad de la naturaleza libre.

Salió por una estrecha vereda entre un montón de escombros y una raquítica plantación de maíz. Detrás se extendía el campo llano de la Mancha. El cielo, inseguro, presagiaba lluvia y la cal del suelo la esperaba, la deseaba y a veces parecía alzarse en nubecillas y salir a su encuentro. Oyó de pronto su nombre y se detuvo. Luego siguió adelante pensando que allí no podía llamarlo nadie, que en su soledad total y absoluta eran las piedras y los árboles polvorientos quienes lo llamaban. Siguió andando, ¿No tendrán razón ellos, los que han rechazado mi proposición? -pensaba-. Porque toda esta protesta desarticulada no va preñada de fórmulas, pero sí de porvenir frente a un pasado que quieren prolongar los que viven de la herencia. Ellos, de la herencia y nosotros, de la esperanza. Todos estos hechos aceleran la descomposición, desmoralizan a los heredantes, sacan a la superficie la fuerza escondida, la reserva viva que representamos nosotros, los únicos que frente a la civilización de Occidente seguimos fieles a la naturaleza, identificados con ella.” Otra vez creyó oír su nombre y no vio a nadie. Esto lo desconcertó.

Hablaba con las nubes, con el árbol y el viento, de espaldas a la ciudad. Sus interlocutores le quitaban la fe en su posición revolucionaria. “El campo es anarquista -se decía-, y la ciudad, autoritaria. El campo es elemental, directo y profundo. Claro es que hay leyes físicas, pero el campo desconoce la agronomía, el árbol la botánica, y el río la geografía. La máquina, en cambio, conoce la estadística. No tiene el campo conciencia de sí mismo. La física y la química son su conciencia, como nosotros somos la conciencia de la rebeldía.” Identificaba los comités, los grupos de acción, las muchedumbres embravecidas, con las nubes, las rocas, el árbol y el río, y seguía andando. A sus espaldas oyó un disparo y una voz que gritaba: