Vayamos a Andalucía del interior, con sus horizontes chatos y verdes o altos y blancos. Sierra Nevada no es blanca, sino de un gris azulenco. Toda España despoblada, sin carreteras ni ferrocarriles, España volcánica antes del primer árbol y del primer insecto, es igualmente gris o azulenca. En lo alto de Sierra Nevada hay una mariposa negra. La larva de Aragón tiene alas en Andalucía, pero son dos banderas negras, es un ala fúnebre y sombría. Sin embargo, el cuerpo de la mariposa tiene anillos rojos y las antenas son rojas al principio y negras en las puntas. -¿Qué habéis hecho? ¿Qué hacéis?
Andalucía es el campo y el campo es anarquista. Los compañeros de la Regional de Sevilla preguntan: -¿Y tú? ¿Adónde vas?
– Voy a un mañana mejor. No para mí: para todos. Samar tira la colilla sobre Vasconia. El fuego va a dar aproximadamente sobre Loyola, quizá junto al balcón donde Ignacio el petimetre solía asomarse. Si estuviera ahí -piensa Samar riendo- huiría con su pata coja o se asfixiaría como una rata. Luego se dirige a la mariposa negra:
– Igual que vosotros, no.
Toda Andalucía arde en un clamor de proclamas y petardos. Germinal, Progreso y Espartaco sonríen en la tumba, felices, mientras por los labios les andan las larvas que tendrán alas mañana, a flor de tierra. En Extremadura hay un saltamontes indeciso, que lo mismo vuela sacando del vientre ramilletes de colores como se queda quieto en tierra, con los codos en alto, esperando que lo aplasten.
Cerca de Portugal hay un extraño insecto. Tarda Samar en averiguar que se trata de una luciérnaga.
– Ese bicho -le dice a Emilia- da por la noche una luz verdosa.
Luego se fija en su emplazamiento.
– ¿Sabes donde está?
– En Castilblanco.
Una luz en Castilblanco, a la derecha de la España en sombras o bajo la luz de la Luna junto al agua pantanosa. Están Samar y Emilia acodados en la barandilla que circunda un mapa de España en relieve, al final de la arboleda de la Moncloa.
Ella señala hacia Baleares:
– Mira. El Mediterráneo.
– Si -dice él-. Ése es el mar de la civilización cristiana. El mar de Platón y de Jesucristo. Un mar febril y poético.
Tiene poca agua. Samar le dice a Emilia que vaya subiendo hacia Rosales. Luego se desabrocha y se orina entre Formentera y Valencia. El Mediterráneo ha aumentado considerablemente.
QUINTO DOMINGO
XIX. HABLA EL AUTOR SOBRE LA MAGIA DEL PASADO
Fue Samar a un teléfono público, hizo dos o tres llamadas sacando los números de un papel donde los tenía apuntados (simulando la clásica suma por si acaso la policía los apandaba) y volvió al lado de Emilia:
– No puedo ir a ninguna parte, ni tendré donde dormir esta noche.
– ¿A ninguna parte?
– Bueno, a la cárcel.
– ¿No te apetece?
Dijo que por el momento prefería quedarse en la Moncloa y a la noche dormir en algún banco próximo, con la cabeza en la falda de Emilia.
Por el momento se quedaron acodados en la gruesa baranda de hierros tubulares. Miraban el mapa de España en relieves orográficos y depresiones fluviales.
El Mediterráneo olía a nitrógeno, como se puede suponer. Nitrógeno renal y samariego.
– ¿Qué pasará si estoy preñada?
– Por el momento nada, pero un día parirás. Es lo más probable.
Ella se quedó meditando. Tenía un perfil ambiguo de chico un poco bobalicón.
– Es una responsabilidad traer un ser humano al mundo.
– Lo es.
– Sobre todo en España. En todas partes, mira ésta. Siendo hijo tuyo y mío será hermoso y genial. Genial por ti.
– Vaya -dijo ella con una cara de falsa atención.
– La España castrense nació hace más de veintidós siglos. La otra, la colonial se pierde en las nebulosas de la prehistoria.
– Hablas como un maestro de escuela -dijo ella.
– Lo que tú necesitas. Como todos sabemos la península ha sido siempre palenque de guerra. Estacazos por un lado y por otro. Durante la invasión romana se fueron creando campamentos castrenses en todas partes, sobre todo en Castilla. Castrum, castro, castillo, Castilla. Dos siglos de peleas -antes de Cristo- fueron dando a esos castros un aire semicivil y un estado de permanencia contra todas las razones naturales. Aquellos castros tenían interés estratégico, pero no estaban asentados en lugares de riqueza natural. No se fundaron pensando en crear riqueza española sino en destruir riqueza y vidas españolas. En seguir sacudiendo estopa.
– Eso lo creo aunque no me lo jures -dijo ella apartando una mecha de pelo y poniéndola detrás de la oreja-. La humanidad ha sido mala siempre, ¿verdad?
– Psss, de todo ha habido.
Samar seguía, no se sabe si en serio o en broma, sin dejar de mirar el mapa en relieve:
– Se atornillaban los soldados romanos en aquellos recintos cercados durante dos o tres generaciones y entretanto los pelaires, guarnicioneros, tundidores, panaderos, sastres, zapateros, fundidores, herreros de yunque, acudían al reclamo del oro y de la plata romanos y se quedaban también al socaire de las murallas donde se sentían seguros. Más tarde algunos de esos castros desaparecieron, pero otros no. Las guerras visigóticas de sucesión a hostia limpia y luego las de reconquista contra los árabes mantuvieron muchos castros en ejercicio. Durante siglos, también. Cuando la guerra de reconquista terminó, esos castros seguían viviendo por inercia.
– ¿Qué es inercia?
– Huevonería.
– Y eso ¿qué es?
– Tener la sangre gorda.
– Vaya.
– Es como los andaluces cuando dicen que hay años en que no tienen ganas de hacer nada.
– Ya veo.
– El castillo en el centro y en lo alto. Los artesanos y los pastores alrededor con algunos secarrales de magros provechos. Riqueza natural no la había, pero el hábito seguía manteniendo a la gente pegada a las altas murallas. Entre ellas se construyeron capillas colegiatas, catedrales, a veces empleando las piedras talladas de las fortalezas. Ya no había generales romanos que ordenaban y pagaban los servicios, sino un cura que hablaba de resignación y recogía los diezmos y primicias.
– Como en Ávila y en Zamora y en Ciudad Rodrigo -dijo ella, pensativa.
– No pocas ciudades de esas siguen malviviendo hoy en España, sobre todo en Castilla, gracias a la asistencia del Estado que envía regimientos, instala cárceles y oficinas de Hacienda y Gobernación y Justicia. La gente pegada a las piedras, como los lagartos, toma el sol, se rasca y espulga y reza. Pero casi siempre reza mecánicamente a un dios de cuya existencia duda. Reza por si acaso.
– Algunos creen, de veras.
– Sí, por ejemplo las putas. Todas viven en el barrio de la catedral y cumplen con parroquia en la Pascua. La permanencia hoy de esa España es tal vez el mayor problema y el que los abarca todos. Es una España colonial (del latín colonia, cultivo de la tierra) Un español colonial de Málaga o de Barcelona no se entiende fácilmente con el hidalgo de Ávila o Sigüenza. El “colonial” vive de su trabajo. El otro quiere vivir del cuento, del gesto o del aire. Y tal vez de la bragueta. Los castros de Castilla siguen hoy a la sombra de los castillos en los que no hay oro ni plata de Roma sino curas que hacen rogativas para que llueva sobre las espigas sedientas o sobre las retorcidas encinas. Como los diezmos no bastan los curitas reciben sueldo del Estado, igual que los policías y los verdugos. La España colonial, esa que se ve en los valles y en las riberas color ocre, hizo todo lo importante en la historia, incluido el descubrimiento y la colonización de América que, la verdad, no fue gran cosa porque los indios eran gente desnutrida y entontecida por el abuso de la coca o de la mariguana. La España castrense no hacía sino mantener el tipo, como dicen los actores. Desde entonces todo es hablar de un imperio que no existe y del “gesto”, del “desplante” y de la “petulancia” ibérica. De lo que no hablan es de la ruina económica ni de la esterilidad cultural. Ni del hambre ni del crimen secreto o abierto. Ni tampoco del descrédito exterior. Ni de los monopolios explotados por algunas órdenes religiosas disfrazadas, todavía.