Emilia se puso a aplaudir y dijo con la mayor seriedad:
– ¡Qué culturón y qué pico de oro! Júrame que no les has hablado así a tus otras novias. A Star García ni a la burguesita hija del coronel.
– Star no es mi novia.
– Pero la otra sí que lo es.
– ¡Cállate!
– ¿Qué pasará si no me callo?
– ¡Que te daré en la boca! -dijo Samar, achulado y brutal.
– ¿Tú? -preguntó ella, escandalizada-. ¿Qué me darás?
Arrepentido y avergonzado Samar dijo:
– Un beso, tonta catequista.
– Pues dámelo.
– ¿Todavía quieres más?
– Eso, tú sabes. Nunca la deja a una saciada del todo.
– Bueno.
Pero Samar no se lo dio, porque era de los que decían que a las mujeres hay que dejarlas siempre con un poco de hambre insatisfecha. El hartazgo es malo en todas las cosas.
Allí se quedaron la mayor parte del día y por la noche se instalaron en un banco próximo, bajo los árboles. Samar se desató el cinturón y los zapatos, se acostó y puso la cabeza en la falda de Emilia.
No tardó en dormirse porque ella le acariciaba la cabeza suavemente con las puntas de los dedos.
– Este ha sido un verdadero domingo -decía él.
– ¿Rojo?
– Rojiblanco, más bien. Pero muy dominical, es decir, especialmente soleado. Porque dóminus quiere decir el sol. El domingo es el día del sol. Y también del Señor. Tu religión es heliosistica, como todas, y adora el sol. Dóminus es el sol.
Hablando así se durmió y siguió dormido cuatro horas justas, durante las cuales Emilia se dedicó a mirar el cielo estrellado y a desentrañar los rumores sospechosos a su alrededor. Luego despertó Samar y se acostó ella poniendo su cabeza rizada en los muslos de él, quien, además, se quitó la chaqueta y con ella le cubrió las piernas.
También ella durmió tres o cuatro horas. Como Samar solía dormir más que ella y no había tenido bastante se le caía a veces la cabeza sobre el pecho o sobre un hombro. Cuando era sobre el pecho no respiraba bien y roncaba un poco.
La Vía Láctea seguía desplegando sus galas encima de ellos.
XX. -EL “AHORA” SANGRIENTO E IDÍLICO. MAGIA DEL PRESENTE. (SIGO HABLANDO YO)
Despertó Emilia al amanecer.
La aurora rompía albores
sobre la claror del río…
A ella le dolía la espalda por la incomodidad del lecho. Los relieves del cuerpo femenino son diferentes. La espalda de Samar se había adaptado bien al banco y la de ella, arqueada entre los muslos de Samar y su propio lindo trasero, quedaba en el aire inestablemente.
– ¡Aaaaaaa!
– Anda, mi vida, que yo también estoy entumecido.
Se levantaron y Samar se acercó otra vez a España. Encima del palacio de Oriente, sobre Getafe y Cuatro Vientos lucía Venus o Lucifer o Astarté o Tistra, que de todas estas maneras se ha llamado al lucero de la mañana. (Entre paréntesis, la palabra tistra es puntiaguda y cabrilleante como la misma estrella.)
Al pie de España -desde el lado sur de Yebel Tarik- Samar volvía a contemplar su patria bonita. “Yo la quiero, a mi patria, sobre todo en las mañanitas de los falsos domingos rojos o rojiblancos.”
En Madrid, en el centro geométrico de la península, había una mariposa cuyos colores -amarillo y negro- produjeron a Samar un escalofrío, porque aquella mariposa le recordó a Amparo y los colores eran fúnebres. A su alrededor el rocío del amanecer hacía brillar las cimas de las cordilleras.
Pero Emilia se acercaba reacomodándose la falda en la cintura:
– Confiesa que estás enamorada de una mujer de la alta.
– La alta… ¿qué?
– La alta burguesía.
– Calla. ¿Qué te va a ti en eso? -preguntó él, nervioso.
– Yo también he tenido principios, digo, educación con la crema de la crema.
– Beaterías.
– No creas. Iba a una escuela de monjas, eso sí, pero de las caras y recuerdo que cantábamos a coro unas canciones que las monjas componían y que eran de lo más moderno que se puede pedir.
– En el estilo de las sacristías.
– Te digo que no.
– Bueno, canciones de coro, de liturgia.
– No, no, pero tampoco profanas. Con letra sin sentido.
– ¿Cómo?
– Sin sentido. Para ejercitarnos la laringe, las cuerdas bucales y no sé que otras cosas vibratorias.
– Por ejemplo -dijo Samar, a quien las cosas vibratorias le había hecho gracia.
Se puso a cantar Emilia una canción de veras extraña:
Baladón, baladón gafá
chivirí, chivirí, macáaaaa,
uté, uté, pata ti-ti-ti
ptlí, patí, ute la-la-la
a rebatir con ué
y a chivirí macáaaaa… .
A Samar le gustó y se la hizo repetir pensando que no todas las monjas eran tan tontas como parecían. O que eran más tontas de lo que se podía esperar y entonces parecían originales e interesantes. Y comprobando que Emilia cuando cantaba aquello (con una especie de convicción labio lingual impresionante) resultaba otra vez tentadora.
Baladón, baladón. gafá…
En aquel momento debía pensar ella que Samar se conducía como un tipo desorientado y caótico. Tal vez tenía razón. Había conquistado ya toda libertad posible y no sabía qué hacer con ella.