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– ¿Sabes que lo de Fau ha caído como una bomba en la Dirección? ¿Has leído esta noche los periódicos?

Habían salido tres diarios y en los tres se destacaba el atentado contra Fau, a quien atribuían virtudes sin cuento. Era un obrero “laborioso”, de “buenas costumbres”, de “moral intachable”. Graco reía:

– No saben lo del Banco del Sur ni lo del ganadero de Valladolid.

– Aunque lo supieran sería igual.

Fau tenía algunos crímenes sobre su espalda. Graco hacía una advertencia muy sutil.

– ¿Sabes lo que te digo? Bien mirado, yo he visto que en los comentarios que hacen, y hasta en “El Vigía” el mismo director, se ve como si dijéramos la satisfacción de poder hacerle a Fau ese buen papel que sólo le pueden hacer después de muerto. ¿Entiendes? Se alegran de que les demos la ocasión. Les gusta que lo hayan matado porque la traición y la soplonería son la mayor bajeza entre los hombres.

En el barrio no había luz. Las reparaciones se habían interrumpido en vista de que cada vez corría más peligro la brigada de los esquiroles. Fau en el cielo era una torpe figura bizantina, mal dibujada, iluminada solamente en los perfiles. El barrio soñaba con las comunas libres, y Graco y Urbano salían cautelosamente hacia el campo.

Cuando salieron de la calle de los Tres Peces, la nube había comenzado a navegar hacia poniente. Mantenía la misma forma, y la Luna asomaba por la entrepierna de Fau. Era amarilla. Estaba pálida y sobresaltada. Tenía otras nubes a mano. Graco inspeccionó los alrededores con la costumbre de un revolucionario hecho a la clandestinidad. Echaron a andar muy decididos. La noche se presentaba bien, y si la reunión se celebraba sin novedad al amanecer podrían iniciarse el asalto y la sublevación de los cuatro regimientos de acuerdo con los sargentos complicados. De éstos había dos dispuestos a todo; eran de los que caen en él primer choque o triunfan. No tenían tanta confianza en otro reposado y sereno. Para estas cosas no sirven los hombres reflexivos. Hacen falta locos de locura contagiosa.

La Luna asomaba ya completa entre las piernas del bizantino Fau.

Habían recorrido dos terceras partes de la planicie, cuando de pronto oyeron los chasquidos de unas pistolas. Graco oyó la avispa del proyectil cerca de la oreja y Urbano vio saltar la tierra a su izquierda. Doblados hasta dar con la barba en la rodilla avanzaron a grandes zancadas. Los disparos habían salido del ribazo que bajaba a la derecha, a unos cincuenta metros. Antes de que pudieran cubrirse con el desnivel del terreno sonaron tres o cuatro más. Ya en la rampa de descenso hacia la casa, Urbano preguntó a Graco si lo habían herido.

– No hay novedad -contestó.

Entraron en la casa tomando precauciones. El silencio hacía más honda la soledad. La casa estaba vacía. Encendieron una cerilla y buscaron a través de sus propias sombras. Sobre una mesa de pino había un papel escrito:

“La casa está sitiada. Retroceder por la derecha hacia el canalillo.”

Debajo había un signo al parecer arbitrario, pero Graco se fijó en él y advirtió:

– Quiere decir que no vayamos por ese camino. Hay que huir por la izquierda hacia el depósito de aguas.

Salieron y se dispersaron. Sálvese el que pueda. No sabiendo qué hacer, Samar se dirigió al pabellón del cuartel de artillería y vio que salía un automóvil con escolta. “Ahí va el coronel”, se dijo. A alguna reunión en el ministerio de la Guerra.

Entró en el cuartel y el sargento de guardia, que era uno de los conjurados, lo recibió al oírle el santo y seña.

Samar le dijo que lo esperara y se dirigió al pabellón del coronel. El sargento le había dicho: “El coronel y los oficiales son también enemigos del régimen. Son monárquicos”.

– Ya lo sé. Por eso ha sido posible todo esto.

Entró Samar en el pabellón y le salió Amparo al encuentro. Era ya al caer la noche y Samar comprendía que había un gran riesgo inútil en todo aquello. Pero ¿no eran también inútiles los demás peligros?

Allí estaba ella. No podía menos que estar, y lo esperaba. Lo esperaba siempre -dijo-. Pero, además, estaba vestida de novia.

Soltó a reír Samar pensando: “Ella también está loquita a su manera, como cada cual en estos domingos rojos”. Sólo que su locura era un poco más poética. Velos, cendales, incluso las consabidas flores de azahar, tan estimulantes y prometedoras.

La risa de Samar extrañó a Amparo, pero todo se arregló cuando comenzaron a hablar. Él preguntó gravemente:

– ¿Para qué te has puesto este vestido?

Ella repitió que se lo estaba probando y pensaba en lo bonita que hubiera estado para él. Aquellas palabras se las había dicho muchas veces.

Samar sentía sus brazos alrededor del cuello. Brazos fríos, redondos, firmes. Comenzaba a sazonar en ellos la primavera. Se escapaban de las manos y la carne crujía como las manzanas. “Lucas, sol.” Él la abrazaba, pero sin alzarse sobre la tormenta de sus encontradas reflexiones. Le preguntó:

– ¿Te enteraste de lo que ocurrió ayer al marcharme?

Ella se separó y se la vio concentrarse en una repentina angustia. Balbuceaba:

– Cuando oí los tiros creí que podías ser tú la víctima. Te vi huir. Un hombre se moría debajo de mi balcón. Samar se encogió de hombros:

– Había puesto a la policía en antecedentes de lo que hacíamos. Era un traidor y los traidores deben morir.

Entonces vio Samar que Amparo iba a hablar y no sabía con qué palabra comenzar. ¡Ella, que nunca meditaba las palabras! Amparo consiguió, sin embargo, serenarse. Samar leía en el fondo de sus ojos cuando los podía escudriñar y cuando, como ahora, los hurtaba leía todavía mejor.

La angustia de Amparo era, con el traje de novia, una angustia cinematográfica. Pero ¡qué graciosa en su armonía!

Amparo se mantenía serena y firme otra vez.

– Yo -decía- veo el mundo así. Primero nosotros y después todo lo demás.

Fuera del recinto de aquel pabellón, en la calle, en el ambiente de Samar, lo imposible no existía. Todo era posible, todo era superable. ¿Y ella? ¿Y ella? Una voz que hubiera gritado “¡imposible!” se hubiera visto ahogada por las olas de una embriaguez siempre creciente.

Samar echó atrás la cabeza para mirarla. Tenía en sus brazos una gavilla de flores silvestres y su cabeza estaba ebria de una alegría virgen que no había tenido nunca. Ella repetía, con un rumor desesperado en su garganta: “Imposible”, y buscaba los labios de él y se ceñía a su torso y a sus piernas. No era la mujer. Ni siquiera una mujer. Lo mismo que “siempre" vencía al tiempo y “más” vencía al espacio, ella en sus brazos era un infinito negativo, un infinito hacia atrás: un “menos infinito”. El cuerpo se vengaba de los sueños realizándolos todos en un instante y Samar sentía que algo estallaba dentro de su conciencia y se hacía luz y lo incendiaba todo.

De pronto ella se desprendió de sus brazos:

– Ven.

Él siguió los pasos de Amparo por la alfombra que trepaba zigzagueando en las escaleras y luego creyó diluirse y desaparecer otra vez entre la triple blancura del traje de novia, de la carne de novia, y de la noche de mayo. Pero esta vez sin volver a salir a la luz de las ambiciones, los sacrificios a la luz de las cosas que son y pasan y morirán. Negándose y negándolo todo. Samar pensaba al entrar en el cuarto de ella: -Aun podríamos salvarnos los dos.

El veneno todavía era una delicia. Después celebraron sus fiestas de primavera sin sorpresa, sencillamente, sin lágrimas, con una pasiva embriaguez en ella y activa en él. Samar no recordó, nunca nada relacionado con aquella noche. Ni si fue una noche o uno de tantos sueños de una noche o la sombra de un atavismo de sus bisabuelos, o el día de su propio nacimiento, o del triunfo de la revolución que todavía no habían hecho. Sabía que en los últimos instantes del recuerdo de ella aparecía un hombre asesinado al pie del muro y unos ojos femeninos espantados que decían:

– Como no lo recogieron hasta la madrugada, aquella noche tuve miedo.