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Oyendo todo esto Samar miraba al cielo estrellado -ahora arriba y no en el fondo de las aguas- y pensaba que aquello que decía el orador anónimo debía haberlo dicho él. Lo envidiaba y como protesta y compensación pensaba en los bonitos senos de Amparo. (Porque Amparo no tenía pechos como Emilia, sino senos.)

– Ha tenido siempre la CNT una actitud aglutinadora y ha buscado las coincidencias y los puntos de vista comunes. Si ha peleado a veces con alguna otra central sindical, la iniciativa no ha sido de la CNT y en los dos casos esas rivalidades de la UGT-CNT han sido un reflejo de la lucha por la supervivencia en el régimen capitalista. Es decir, que el vicio corresponde a un sistema que les es ajeno. Decía antes que la CNT no se ha equivocado fundamentalmente. ¿Cómo va a equivocarse? El error está en el dogma y en la CNT no hay dogmas. Desde sus orígenes allí donde aparece la necesidad de la protesta, allí está el espíritu progresivo y creador de la CNT, sin limitaciones. La CNT ha respaldado a los anarquistas “órficos” -ultrapuros- a los republicanos unitarios durante la monarquía, a los federales durante la república, a los liberales burgueses frente a los tradicionalistas, a todos los que representan una tendencia liberadora en cualquier sentido. Un miembro de la CNT apoyará a un protestante contra un cura católico y a un teósofo contra un protestante. Apoyará también (lo que ya es decir) una forma de capitalismo libre como el de Francia, contra otra forma de capitalismo de Estado, como el de Rusia.

Samar creyó que aquel compañero iba demasiado lejos en sus hipótesis y dejando de mirar a las estrellas de arriba y a las de abajo pidió la palabra. Star sonreía, feliz y parecía pensar: “Ahora veréis”. A Samar le gustaba la reverencia que a veces despertaba en la chica del gallo, aunque no lo habría confesado fácilmente.

En cuanto al gallo no podía comprender por qué Star seguía yendo con él a todas partes y a veces le decía: “Ese gallo habría que comérselo de una vez”. Star besaba al gallo y le decía con ternura:

– No hagas caso, que nadie te va a comer mientras yo pueda evitarlo.

Hablaba Samar con otro tono, empaque y acento, de los que usaba el desconocido. No dejaba de tener gracia que bajo el tableteo de las ametralladoras lejanas fuera posible aquella manera de argumentar.

– Las catástrofes -decía- de Alemania, Italia, Rusia fueron una consecuencia acabronada de dos ideas en apariencia justas, pero falsas en su entraña: las ideas de la soberanía popular y de la soberanía nacional encarnadas por el puerco estado. Las nociones políticas de Aristóteles y de Rousseau y luego las del almibarado Hegel nos llevan al fascismo lo mismo que al comunismo. Nada de eso sucedería nunca con la CNT, que sitúa la coyuntura política -la nefasta y cochina política- en el plano del derecho natural. Todo lo subordina a ese derecho natural, que es la única y verdadera reconquista del hombre en los tiempos modernos. Viendo las cosas como son y al margen de las fáciles propagandas de los agitadores la CNT es la única organización que conserva la posición naturalmente inteligente del hombre solo, del hombre en el grupo y del grupo en el municipio, en la región y en la nación. Como los expertos y sabios animales en la selva. Los demás han sido pervertidos por la seudocultura del estatismo seudodemocrático. Nosotros somos los únicos que no hemos abdicado. Si existe el superhombre de Nietzche y el infrahombre (el hombre masa) de Marx también existe el seudo, que es frecuentemente el más peligroso. Ninguno de ellos es el compañero de camino de los anarcos españoles. Si el anarquista puro (el que se llama a sí mismo puro) es una especie de virgen vestal de la libertad, con el cono precintado, el cenetista es el operario funcional de la libertad. Y como tal suele actuar cuando, como y donde tiene ocasión, es decir, no sólo en el sindicato. Frecuentemente esa ocasión, si no la hay, la crea.

Mientras hablaba así se reía Samar en otro nivel de su conciencia: “Somos una gente absurda que puede teorizar sobre la violencia en medio de la batalla o sobre el amor haciendo el amor. Y mañana va a ser el séptimo domingo, es decir el último”. Porque el número siete es mágico y decisivo por ser el número clásico de los planetas ambulatorios.

– Para una cuestión de orden -dijo alguien alzando la mano.

Nadie le hizo caso, y Samar continuó como si se dirigiera personalmente a éclass="underline"

– Sólo hay un momento en la cochina y hedónica vida que vivimos en el cual el hombre es capaz de limitar por su gusto y espontáneamente el placer de su propia libertad: la necesidad común. El hombre aislado siente la libertad como una necesidad natural. Cuando se reúne en grupo para tratar de las necesidades ajenas entra en lo colectivo y esa libertad del individuo deja de ser indispensable para convertirse en un preciado lujo con diferentes grados de intensidad y diferentes matices y sentidos. Todavía no se sabe de un hombre que se haya atrevido a decir en público que el bien de los demás le tiene sin cuidado, que es un cínico y que los otros pueden irse a comer hierba. Frente a los demás el hombre se siente obligado a mostrar su aspecto mejor. En colectividad, pues, el hombre está dispuesto a limitar su libertad en provecho de esa cosa inexistente y utópica que se llama el bien general. Si esa cosa no existe en la naturaleza el hombre libre y agrupado voluntariamente, la inventa. Es pues una tarea creadora la asociación voluntaria de los hombres Ubres. Ahí comienza el milagro social, creando la idea de un bien general que no existe, pero en el cual todos los hijos de puta creen y a cuya creencia adaptan su conducta. Cuando ese grupo de hombres se reúne para tratar de crear una cosa inexistente y darle no sólo existencia sino vigencia y eficacia (el bien general) ha constituido una forma de autoridad social. Como hay otros grupos más cerca o más lejos con los cuales es necesario entenderse, no tienen más remedio que encargar a un hombre que represente esa autoridad. Ahí comienza el problema. Es decir, que cada uno de los hombres libres reunidos para crear noblemente (esa creación es generosa y desinteresada) el “bien general” sobre la base de la limitación de la propia libertad ha delegado la autoridad que el ejercicio de su don creador le ha dado. Ya tenemos, pues, una “autoridad delegada”. Y en cuanto alguien ha delegado su autoridad aparece el gran problema del que algunos compañeros que saben darle empleo a la mollera han hecho un laberinto de confusiones. Una autoridad delegada es ya una forma de política y una amenaza latente. Detrás de la autoridad delegada del hombre libre aparece el enemigo de la democracia y la sombra del cenizo: el Estado. Hasta ahora no ha habido niñera en la historia moderna de evitarlo. Rousseau resolvía el problema haciendo que los que recibían y asumían la autoridad “delegada” fueran los mejores. Entonces ya no era una democracia sino una aristocracia. La solución que yo veo es la de reducir ese cuerpo social de autoridades delegadas a su mínima expresión para que la voluntad del pequeño grupo sea expresada del modo más directo posible: el municipio. Nada nuevo, como se ve. Pero las herramientas viejas pueden tener usos nuevos. El municipio español, cuando no ha pesado sobre él la coerción del Estado, no ha traicionado nunca al pueblo. Ni en la edad Media ni antes de la era cristiana. Ni en las behetrías del alto neolítico, ni en el grupo rudimentario del australopiteco. La democracia solo puede ser vigilada y positivamente defendida y salvaguardada en los más pequeños organismos. Es típico -y pertenece ya al repertorio de la farsa popular- el diputado hijo de perra que logra ser elegido sembrando promesas por todas partes, pero en cuanto llega a Madrid se transforma en un arma del Estado opuesta a las corrientes reformadoras de su distrito. Y si éstas llegan a plasmar en protesta (acordaos de Casas Viejas) no digamos. El diputado es el primero en enviar la gente del rifle. El Estado tiene un inmenso poder corruptor. Pero suponiendo que cada municipio fuera un ejemplo de democracia funcional queda la política nacional. ¿Cómo se gobierna? La técnica moderna simplifica las cosas. No sería raro que se pudiera obtener una o dos veces cada mes y en casos críticos cada semana la opinión directa de esos municipios por plebiscito frente a problemas de capital interés. A veces por el sistema seguro y simple del sí o el no. Dentro de cada región federada sería más fácil aún. El gran problema de la coordinación de fuerzas de producción, de transporte y distribución lo resolvería la central sindical que velaría también por la armonía de la producción y de la economía a través de una red de bancos cuyo fondo sería, como en definitiva ha sido siempre, la capacidad productora de los trabajadores. Además las federaciones de industria surgirían solas, desde el principio, tal como las propugnaba nuestro gran Juan Peiró, el vidriero iluminado y heroico.