XXIV. TORMENTA DE MAYO Y “ACCIDENTE EN SU DOMICILIO”
Amparo se levantó como siempre a las ocho y se metió en el baño. Puso el agua de manera que la impresión no fuera de calor, aunque con agua fría no se había podido bañar nunca. Había levantado la persiana del ventanal que daba al campo y entró la luz de la mañana color aluminio. El cielo esmerilado hacía de un azul pálido el agua de la pila sobre el esmalte blanco. Se metió en el agua y se quedó mirando el níquel brillante de los grifos, donde sus hombros y sus pechos se reflejaban. Luego lanzó su mirada por la ventana, hacia el cielo. Se encontraba sola, alejada de todos. Desde la noche anterior tenía un secreto y ese secreto la rodeaba de altas murallas que sólo le permitían ver, como ahora, cielo y nubes.
Terminó de bañarse y fuera del agua contempló su cuerpo en el espejo, con alegría. Estaba orgullosa de tanta blancura y lozanía, desde la noche anterior. ¿Ella seguía enamorada? No lo sabía ni quería pararse a pensarlo. Aquello era ya imposible. La felicidad de Samar no estaba en ella, sino lejos. El asesinato de aquel hombre bajo sus balcones le reveló abismos y distancias que nunca podrían eliminar. Era otro mundo, donde había leyes por las cuales se podía matar a un hombre o a mil y sin embargo seguir siendo buenos. Ella lo comprendía pero no se lo quería explicar. Volvía a pensar, sin quererlo, en el monstruo resbalando sobre las campánulas y las verdes trepadoras. Nunca había oído hasta entonces los disparos de las pistolas y se le antojaban pequeños juguetes diabólicos para unos seres extraordinarios que podían jugar con la muerte. Envuelta en el albornoz blanco se asomó a la ventana. Abajo todavía se veían huellas de sangre, hojas arrancadas del muro por la espalda de Fau, herida y sangrante. Aquellos hombres amigos de Lucas mataban. Lucas puede que también matara si venía a cuento. La muerte no exigía oraciones ni lágrimas ni paños negros, sino un muro y unos hombres que pensaban extrañas cosas. Allí estaba Samar metido en aquel cerco de leyes que no tenían jueces con birrete y encaje en los bocamangas, ni guardias ni códigos impresos. Ella no podría ir allí.
Nunca había pensado con tanta rapidez tantas cosas infaustas. Salió del cuarto de baño. Los pasillos tenían esa desnudez y frialdad de las primeras horas de la mañana. El comedor carecía de intimidad. Parecía un cuarto de hotel. Las muchachas eran seres lejanos y ausentes y cuando una le habló la voz le sonó como si la oyera por vez primera. No quería mirarla a los ojos. La muchacha le anunciaba que una chica preguntaba por ella. Estaba en la cocina y había subido por la escalera de servicio.
Amparo se encontró con una jovencita sentada en el canto de una silla de enea, muy peinada y planchada. Llevaba un jersey azul y un gallo rojo bajo el brazo. La invitó a seguirla a su cuarto y se sentaron frente a frente. Star tenía una serenidad sobresaltada, con los ojos muy abiertos y parados. Amparo esperaba que hablara, pero en vista de que no decía nada le preguntó:
– ¿Usted es compañera de Lucas?
Ella afirmó con la cabeza y Amparo pensó que “compañera” era mucho más que “novia”. Amparo nunca había sido su compañera. Le cogió de las manos la boina, para dejarla sobre el tocador y cayó al suelo una pistola niquelada, que iba dentro. Entonces Star sonrió y se inclinó a cogerla. Como tenerla en la mano era muy dramático, la dejó sobre la boina. Amparo pensó que siendo compañera de Samar la muchacha debía tener, naturalmente, pistola y dispararla cuando fuera preciso. Aquella niña llegaba del país lejano y misterioso donde Samar tenía sus amigos. Star habló por fin:
– Como sé que es usted su novia, he venido a ver si sabe lo que ocurre con Samar.
– ¿Es que lo han detenido? -preguntó Amparo alarmada.
– ¡Oh, no! Está en libertad. Pero la policía lo hace responsable de todo.
Luego le dio un papel con la dirección clandestina de Samar.
Estuvieron un rato calladas. Star la miraba y Amparo asimilaba la mirada y le devolvía un gesto interrogante. El color gris de la luz se hizo brillante, se apagó y volvió a brillar. Luego sonó lejos un trueno sordo y continuado. Era una tormenta imprevista y artificial, como de teatro. Bajo el brazo de Star, el gallo atendía a los truenos y gruñía casi imperceptiblemente. Como no sabían qué decir, Star comenzó a hablar del tiempo y dijo que se iba antes de que comenzara a llover, pero Amparo la retuvo:
– ¿Usted cree que corre peligro, digo, así, inmediato?
– ¿Quién?
– Lucas.
Star vaciló antes de contestar:
– Si lo atrapan está perdido.
Star miraba a Amparo con curiosidad, queriendo averiguar cómo era una burguesa enamorada. Hasta ahora sólo veía en ella un desasosiego interior bastante acusado y unas hebras de oro en el cabello cada vez que palpitaba la media sombra bajo los relámpagos. Star le preguntó:
– Usted es su novia, ¿verdad?
– Sí, ¿por qué?
Star se encogió de hombros y luego sujetó al gallo que se quería escapar.
– Por nada.
Amparo frunció graciosamente el entrecejo. Le pareció ver una sonrisa contenida en las comisuras de los labios de Star y de pronto, como si uno de aquellos relámpagos vaciara sus sentidos y los llenara luego de un fluido nuevo, miró la pistola niquelada y sintió ganas de matar a aquella muchacha. Pero se limitó a preguntar:
– Parece que quiere usted decirme algo y no se decide. Hable con entera franqueza.
Acertó. Star le dijo:
– Es inútil. Samar no la quiere a usted.
– ¿Qué razones tiene usted para decirlo?
Los ojos de Amparo centelleaban y los de Star estaban serenos y tranquilos como si fueran ojos de vidrio comprados en un bazar. Star insistía:
– Tengo mis razones.
– Pero ¿cuáles son? Supongo… -fue a decir con recelo.
Star la atajó:
– No suponga usted nada. La razón no puede ser más simple. Samar la odia a usted.
Amparo se clavó las uñas de una mano en el dorso de la otra. Balbuceó, afectando serenidad:
– ¿Se lo ha dicho a usted?
Star calló y Amparo quiso mirar a otro sitio y no supo adonde y quiso hablar y no supo qué decir. Lo malo de aquellas palabras era que Amparo se las había dicho ya a sí misma alguna vez. Ahora, con el silencio de Star, se encontraba las dulces dudas cerradas y resueltas. Star insistió:
– La odia a usted y usted no se lo explica porque el único daño que le ha hecho es quererlo. También yo, que no he recibido de ustedes más que ropa y comida para los compañeros, los odio a ustedes.
Amparo no la escuchaba y Star añadió:
– Sin embargo, puede usted hacerlo feliz todavía.
Amparo no se atrevió a preguntar cómo, porque temía la respuesta. Sin habérselo preguntado, Star respondió con la mirada. Es decir mirando la pistolita niquelada.
Había en las miradas de aquella muchacha a quien daba Amparo los pantalones viejos y los zapatos inservibles una armonía y una firmeza impertinentes y despegadas. En cuanto a Star seguía allí porque de pronto había olvidado las palabras que se deben decir para marcharse. Amparo la miraba y le bastaba ver sus ojos para confirmar la lejanía inaccesible de Lucas. Eran ojos herméticos, donde la luz no entraba. Era rechazada por otra luz interior más fuerte que daba un brillo extraordinario a las pupilas, y a la córnea un azul como el de las ropas puestas a secar. Le asaltó una sospecha a Amparo:
– ¿Quizá usted quiere a Lucas?
Le parecía natural, que lo quisiera. Star afirmó con la cabeza.
– ¿Usted ha de verlo a Lucas?
Afirmó Star. Antes de media hora lo habría encontrado.
– Vive usted por aquí cerca, ¿no es eso?
– Sí.
– ¿Con sus padres?
– Con mi abuela. A mi padre lo mataron en la calle el domingo pasado.
Amparo se sobresaltó, pero vio a Star tan tranquila y serena que lo olvidó pronto. Se levantó y todavía le preguntó:
– ¿Quiere usted, como otras veces, ropa vieja para los pobres?