Todavía es bueno poder pensar en morirse, ¿eh? Mientras se piensa en ello se vive todavía. El niño reía en sus brazos y perneaba, y la madre huía agitando sus faldas: -¡Dios mío, un cadáver!
Samar oía todo aquello. Era verdad lo que decía la vieja. Estaba muerto y todo su afán debía concentrarse en disimularlo hasta ver si lograba prender de nuevo en la vida. Aunque tenía abiertos los ojos hizo como si los abriera y se incorporó. Ya no salía sangre de la herida de la cabeza. La pobre mujer corría a lo lejos. Se levantó y sintió un sosiego interior nuevo. Al ver la mancha de sangre que dejaba en el portal y las que llevaba en la espalda se explicaba aquel cambio: “Se me ha descongestionado la cabeza”.
Salió a una avenida y fue bajando decidido. Todo el camino era hacia abajo. Llegó a la una y media, y antes de afrontar las luces de la barriada bastante céntrica se limpió como pudo, se aliso el cabello y enderezó la facha. El sereno lo miró con curiosidad. En su cara advirtió Samar que las noches anteriores había sido interrogado por la policía. Lo tenían sin cuidado la policía y la revolución, la cárcel y el cementerio. Subió, y al entrar en el vestíbulo y acercarse a su cuarto tuvo la sensación de que no ocurría nada. El piano negro, la cortina verde sobre el vidrio esmerilado de la puerta de su cuarto. En los ceniceros ni una sola punta de cigarro. Entró y recuperó de una ojeada las tres librerías repletas, la mesa de trabajo entre ellas, la pequeña cama. Sentóse en la esquina de la mesa y encendió un cigarrillo mirando el retrato de ella en la pared.
Comenzó a desnudarse y abrió el balcón para escuchar mejor la marcha militar de Schubert, que era la primera impresión que sus sentidos recordaban del noviazgo. La tocaba un viejo en un acordeón. Aquellas notas rasgaban las sombras de la noche y poblaban el mundo de lazos azules y de movimientos rítmicos. Apenas asomaba en su ánimo una remota congoja.
Estaba desnudo y se vestía de pijama. Antes de acostarse se calzó las zapatillas. La derecha estaba rota y asomaba por el desgarrón un dedo. Salió al pasillo y recorrió la casa para ir a la terraza donde tenía instalada una ducha. Antes se asomó a la calle y vio pasar un grupo de trasnochadores. Se duchó. Volvió a su cuarto, se acostó y durmió. A la mañana siguiente, la dueña de la pensión entró en el cuarto alarmada. Comenzó a contarle las visitas de la policía y a decirle que aunque ya sabía que era una persona decente, a ella y a sus huéspedes los molestaba mucho la presencia de los agentes. Samar se desperezó y la interrumpió:
– Bueno, bueno. Envíeme el desayuno.
Cuando entró la muchacha con la bandeja, le dijo que hurgara en el bolsillo de la americana y le llevara los cigarrillos. La muchacha sacó unos papeles, entre ellos una carta alargada. Al verla, Samar le dijo que se la diera también. Quería verla de nuevo. Tomó el desayuno y abrió de par en par el balcón. Oyó el timbre del teléfono, supuso que sería para él y acertó. Era la voz de Star que tenía que hablarle de algo terrible y urgente. Pero no por teléfono.
Se vio en el espejo con una expresión distinta. Sin acabar de quitarse la chaqueta del pijama se acercó y se miró a los ojos. No eran los suyos. No era suya aquella mirada.
Por el balcón abierto entraba la luz llena de rumores callejeros, de la normalidad. Salió y se acodó en la barandilla. Pensó que la policía no le creía en su casa y consideraba inútil vigilarla. Entró y se vistió. La normalidad estaba restableciéndose. La policía había ido cortando hilos con las detenciones, y los registros y las multitudes necesitaban una voz ajena para devolver el eco multiplicado.
– Lo mismo da.
Salió al balcón y volvió a atalayar la atmósfera como los campesinos cuando pulsan a los meteoros.
– Esto va hacia abajo -repetía.
Quizá se refiriera al movimiento. O también a sí mismo.
LA LUNA. (Levantándose sobre el azul de la mañana.) -Tres planetas nuevos: Espartaco, Progreso y Germinal.
Samar iba en la plataforma del tranvía. La vida de la ciudad, después de la crisis que el movimiento había sufrido en los dos últimos días, volvía a ascender hacia una tranquila actividad de producción y trabajo. El tranvía era amarillo, como los que le gustaban a Star, la boba que no lograba que la eligieran delegada. Samar crispó los dedos sobre la barra metálica que lo separaba del conductor. Se mordió el labio inferior hasta hacerse daño. Tuvo un instante la idea de asomar la cabeza y dejarla estrellarse contra un poste metálico. Luego reflexionó, volviendo a las andadas: “Si tuviera fe religiosa todo sería menos terrible. La religión me da la libertad al decirme que nada hay perfecto en el ser humanó, que puedo alegrarme de que ella haya muerto e incluso matarla yo sin sentir asco de mí mismo, sin torturarme con el fantasma de la locura. Que puedo confesar mi duelo a otro ser humano y salvarme, salvar mi espíritu. Dios, la perfección suma y la suma clemencia, ha de juzgarme no con su rigor sino con su sabiduría y dar la libertad y la felicidad eterna a mi alma. Y los que me lo dicen y me convencen, no creen en Dios”.
Descendió del tranvía sin ver ni oír a su alrededor. Un automóvil frenó y se detuvo a medio metro. Había estado a punto de ser atropellado. Siguió tranquilamente, cruzó la calle y entró en el hospital. “Si un día me faltara esta fe…” -repetía-. Como suponía que esta vez no le dejarían visitar el depósito de cadáveres donde quería comprobar el rumor de la muerte de cuatro compañeros más, asesinados por la policía, se dirigió a una sala en busca de un médico que conocía. Consiguió el permiso y bajó acompañado de un enfermero. Ya en el patizuelo de la acacia solitaria, el enfermero volvió sobre sus pasos y Samar quedó solo. Entró recordando la visita que días antes hicieron a las víctimas del "Paraninph”. El triste sótano abandonado tenía una sombra dorada que le recordó la luz de algunos templos en la hora de maitines. Eran recuerdos sensitivos de su infancia. Miró a su alrededor. Dentro de su conciencia una voz independiente de su voluntad repetía:
– Ya lo creo que existe la muerte. Ya lo creo.
Lo decía rectificando las palabras que aquel día le dijo a Star. “Yo quería -se decía- darle la fe. Ante la muerte hay que tener fe en Dios o en la nada absoluta. Hay que pensar que no se muere o que no hemos nacido.”
Había cinco losas ocupadas. Los cuerpos estaban cubiertos con sábanas. Samar se sentía impresionado en aquella soledad que llenaban de solemnidad los cinco túmulos. Se acercó, sin embargo, al primero. Fuera, en el pasillo, que comunicaba al patizuelo con las habitaciones del conserje, una mujer discutía con alguien y por sus palabras dedujo Samar que se encargaba de lavar las sábanas del depósito.
Descubrió el primer cadáver. Sin soltar la sábana retrocedió con paso inseguro, tropezó con el ángulo hiriente de otra losa y sintió un agudo dolor en los riñones. Soltó la sábana, que arrastraba, y quiso llevarse la mano al lugar dolorido, pero su brazo quedó doblado sobre la losa inmediata y su cuerpo derrengado, a medio caer. Su cabeza avanzaba sobre el pecho, con la boca entreabierta y los ojos redondos, desencajados de espanto: