– ¡Eres tú! -balbuceaba.
Sobre la losa había un cuerpo de mujer que mostraba bajo el pecho izquierdo manchas negras. Samar hablaba, pero sus ideas iban por diferente camino. No sabía lo que decía, y la luz se complacía en acusar la blancura mortal de Amparo. Samar decía estúpidamente:
– Ahora estás con ellos, Amparo.
Al mismo tiempo pensaba que aquel cuerpo fue suyo dos días antes.
– Los cuatro y tú, Amparo. Ellos han sido asesinados, pero ¿y tú? Yo creí que te habías ido. Y ahora vienes a encontrarme aún. ¿Qué quieres?
Se interrumpía a menudo con la respiración fatigada, como sollozando. Y la carne blanca seguía muda.
Gimió profundamente y repitió:
– ¿Qué quieres?
Los gemidos hubieran hecho creer a quien lo oyera que estaba llorando, pero no lloraba. Seguía oyéndose lejos la voz de la lavandera. Los ojos del cadáver comenzaban a ponerse violáceos y a hundirse. Samar decía:
– Tú eras la muerte. Tu amor era la muerte.
Apoyó la frente en la losa, sobre los brazos cruzados. A su desconsuelo respondía el silencio severo de la desnudez de ella. Había ido por fin a su lado. Ella dio la vida y la fe. Un suicida muere lejos de la fe, fuera de la Iglesia, y ella no vaciló en huir de la vida y de la Iglesia, en perder la sonrisa de Dios. Samar gemía y a sus gemidos respondía invariablemente, el silencio de la desnudez de Amparo. Se incorporó. Quiso besarla, pero no se atrevía:
– ¡Habla! -suplicaba Samar.
Hablaba la sombra negra que asomaba entre los dientes. Hablaba la mano entornada sobre el vientre purísimo. Hablaban las uñas pequeñas y fulgentes de los gordezuelos pies. Pero sobre todo, aquella blancura escandalosa bajo la luz dorada: Cuando Samar le pedía que hablara quería decirle lo contrario: que callara. Por mucho que él gritara, su voz se perdía bajo el clamoroso silencio de ella. Calló y se dejó caer. Quedó sentado en el suelo, junto a la pilastra que sostenía la cabecera de la losa. Ella se había ido lejos a un lugar de verdades desnudas. La verdad es así: desnuda, blanca y muda. Es hermosa y tiene los ojos cerrados. Pero ¿dónde está?
Samar se levantaba y rugía lanzándole esa pregunta a los cabellos. El ímpetu de sus palabras hacía temblar un rizo sobre la frente:
– ¿Dónde estás?
Quería saber qué era lo que había determinado el elocuente silencio de Amparo. También él estaba fuera, y lejos de la vida. “Te he matado yo. ¿Pero dónde estoy yo y quién soy yo?” Se buscaba a sí mismo enfurecido como un loco con su sombra. ¿Quién era aquel ser que dentro de él había determinado todos aquellos hechos? Quería encontrarlo, aniquilarlo y luego ir con ella, adonde ella sé había ido, para poder comprender el lenguaje de su mudez y de su blancura. Se quedó mirándola y sintiendo que la amaba aún con el mismo amor que le tuvo en vida. Ella estaba dormida y ausente. Y él la amaba, celoso de la sombra que tenía en la boca, de la luz que la envolvía. Estaba ausente. O dormida. Desde luego no había de despertar ni regresaría. Siempre dormida y ausente. Entre las lágrimas, el dolor adquiría ahora coherencia en las palabras:
– La libertad, la justicia y el bien estaban en tus ojos, en tu carne, en tus palabras. Te he perdido. Lo he perdido todo. ¿Me oyes? Compadéceme si me oyes. Tú vives y vivirás siempre en la belleza y en la armonía. Yo he muerto y seguiré desolado y sin camino. Donde quiera que estés, escúchame.
Se frotó la frente con la manó y miró a su alrededor. Sobre el pañuelo los sollozos cantaban funerales de antesala y de pésame. No había nadie. El recinto estaba saturado de ella. La miraba alucinado. Creía que la mano izquierda se había movido y que los ojos parpadearon. Tenía un sobresalto extraño, de fantasmas “amables y fantasmas terribles. La luz era más viva y parecía salir de aquella piel pálida y de aquellos dientes brillantes.
La desesperación de un alucinado es siempre excesiva y teatral, y Samar alzaba los brazos y clavaba las uñas en su nuca. Todas sus ansiedades, todas sus angustias pudo resolverlas en aquellos labios que ya no hablarían nunca. Y creyó, oír las últimas palabras de ella. Se le habían quedado grabadas en el recuerdo como en una placa de ebonita. Recorría la estancia y al volver hacia la puerta vio encuadrada la silueta, a contraluz, de un hombre. Llevaba una blusa gris, Samar lo encaró violentamente:
– ¿Qué quieres?
Y el desconocido preguntó:
– ¿Por qué me tutea? ¿Y usted quién es? ¿Qué hace aquí?
Samar no contestó. Seguía mirándolo. El hombre de la blusa señalaba la losa donde estaba el cuerpo de Amparo, advirtiendo:
– Le han quitado la sábana y no está bien porque una mujer siempre es una mujer -y añadía otra vez-: ¿Quién es usted?
Como Samar no contestaba y seguía mirándolo fijamente, el hombre se volvió hacia afuera y habló con otros tres, uno de los fíales llevaba al hombro un lujoso ataúd blanco. Volvió a asomarse y entró seguido de los otros. El del ataúd lo dejó en tierra y el hombre de la blusa gris se acercó a la losa.
– Vamos a meterla en la caja. Y a llevarla a su casa.
Samar extendió el brazo hacia la puerta:
– ¡Largo!
– Nosotros -se disculpaba sin saber por qué el empleado- no hacemos más que cumplir nuestra obligación. La ambulancia está ahí afuera.
Samar lo arrastró hacia la puerta. Entonces los otros tres acudieron en ayuda de su compañero. Samar veía que los cuatro recelaban hallarse ante un loco furioso. Samar soltó al empleado para afrontar a los otros tres, y con el esfuerzo que hacía el pobre hombre para resistirse vaciló y fue a caer de espaldas.
Todavía los otros querían persuadirlo. Después de levantar a su compañero, se encararon con éclass="underline"
– Nos damos cuenta de que puede usted ser su marido, pero déjenos hacer nuestro trabajo.
Se acercaron decididos. Uno metió una mano bajo la cabeza de Amparo. Samar le dio un puñetazo en el pecho y lo tiró de espaldas. Los otros tres fueron a arrojársele encima y Samar los encañonó con un revólver.
Los cuatro retrocedieron lentamente y salieron. Samar guardó el arma y miró alrededor con los ojos extraviados. Entonces se acordó de los compañeros de las otras losas y fue destapándolos de uno en uno. Eran ellos. Por respeto al cadáver de Amparo volvió a cubrir a Helios Pérez hasta la cintura. Le había quedado la sábana en las rodillas. Miraba, y la visión era confusa. Parecían mucho más pequeñas las ventanas. Unas moscas zumbaban sobre los cuerpos y el zumbido era tan fuerte como el de un aeroplano. Tenía los ojos secos y se sentía incapaz de saber a punto fijo dónde estaba y por qué estaba. Se dedicó a contar las mesas y los cadáveres, pero veía quince, veinte, cien. De pronto corrió otra vez al lado de ella. La miraba a la frente, pero era una frente de piedra. Creía oír ahora la voz de Helios: -¡El compañero enamorado! ¿Lo veis? No hay manera de arrancarlo de aquí. ¿Y el manifiesto protestando contra nuestra muerte? ¿Quién hace el manifiesto?
Porque todos los manifiestos los escribía Samar.
Quiso salir de pronto. No sabía por qué. Tal vez para escribir el manifiesto. Pero los cuatro compañeros muertos parecían sonreír. ¿Se reían de él? Ella también sonreía, pero era una sonrisa inefable e infantil.
Samar salió. Iba a escribir el manifiesto. Ya fuera, seguía viendo la sonrisa de Amparo. También ella se reía de él. Al menos era lo que él creía. Así y todo fue a escribir el manifiesto.
No pudo porque aquel mismo día lo detuvieron y lo enviaron a la cárcel. Dos días después consiguió un lápiz y se puso a escribir un manifiesto muy raro que comenzaba diciendo: “Por la libertad, a la muerte. Que es metafísica y sentimental y físicamente la única libertad posible”.