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En la cervecería, plagada de oscuridad como la cafetería de nuestro primer encuentro, Verónica repitió el número de despojarse de la chaqueta con un gesto breve y veloz; se sentó y cruzó las piernas, y yo no hice nada por disimular la mirada fija en sus muslos desnudos por completo. Otras miradas a nuestro alrededor también la asediaban.

– Eres un tío curioso -me dijo, tuteándome de improviso-: a primera vista pareces romántico y tímido, pero después resulta que no.

– ¿Y cómo soy?

La infatigable uña del pulgar entre sus dientes. Sus ojos eran dos sonrisas.

– Aún no te he clasificado. Ya veremos.

Pedimos dos jarras de Guinness porque insistí en que la comida que servían allí era mucho mejor con cerveza negra. Pero aún era temprano para comer, así que las bebimos y pedimos dos más: ella introdujo los dedos entre su pelo rizado, mucho menos negro que la cerveza, y apoyó los codos en la mesa; sus labios se extendieron más, en una sonrisa constante. Hablamos de Lázaro, por supuesto, pero no le oculté que mi principal deseo era estar con ella. Hablé poco, y sin embargo todo lo que dije fue verdad, aun cuando ella esgrimió el inevitable tema de la soledad y lo dirigió hacia mí de refilón, haciendo hincapié en mi vida de soltero cuarentón junto a un hermano de dieciocho años recién estrenados. Fue entonces cuando se atrevió a dar un paso más:

– ¿Y tú? ¿ Estás solo?

– ¿Solo? -la había entendido, pero las preguntas directas me vuelven precavido.

– ¿Sales ahora con alguien? -tradujo.

– Sí.

Hubo una interrupción durante la que ambos bebimos cerveza. Ella dejó en el aire una curiosidad sin expresar y me obligó a responder sin preguntas.

– Pero no es nada serio. No mantenemos ninguna relación especial.

– No tienes que disculparte.

Sonreí: la charla estaba adoptando esa seriedad artificial de las conversaciones que nunca se recuerdan. Creo que Verónica advirtió algo trágico en mí y quiso emularme instantáneamente mostrándome su propia tragedia. La niebla negra del alcohol lo exageró todo, le otorgó a cada tema la emoción tonta que provocan las cebollas peladas: nos hubiera venido muy bien llorar a ambos, según creo, pero ni siquiera teníamos una buena excusa. Algo sí descubrí: íbamos a la deriva de muchas cosas, yo rehuyendo las experiencias y ella aceptando demasiadas.

– Creo que somos niños frustrados -dijo-. Todos lo somos.

Parecía tener la necesidad perentoria de jugar con algo mientras hablaba, ya mí me hipnotizaban como péndulos sus dedos largos de uñas recortadas: esta vez fue su encendedor de metal, uno tan bello que casi parecía ridículo cuando despuntaba la llamita triangular bajo la tapa, con el que ejecutó variados ejercicios durante la velada. Poco a poco, con el avance lento de la noche, el humo comenzó a ganarle terreno a las palabras dentro de sus labios: apartó para siempre los ojos de mí, y fue entonces cuando estuve seguro de su deseo de mirarme; tenía la vista brillante, acuosa, perdida por encima de mi cabeza: aprecié por primera vez una palidez verde en sus pupilas; también observé, en otro sentido, los diminutos adornos de lunares por todo el recorrido de sus brazos desnudos y fuertes: su cuerpo era una de esas anatomías reales, físicas, que casi se tocan con sólo contemplarlas; las sombras de sus brazos se curvaban sobre la infatigable redondez de los pechos.

Me habló con admirable brevedad de un divorcio ya remoto, y de su experiencia fatigosa en los terrenos de la relación. Ahora estaba en duda sobre si continuar con el hombre con quien salía, pero no me ofreció detalles.

Creo que mi silencio le atrajo más que cualquier otra cosa, o quizás no soportaba que no replicase largamente a sus palabras: posiblemente todo en ella eran preguntas ocultas. Así que me dijo:

– No eres lo que pareces ser.

– ¿Y tú? ¿Cómo eres?

– Yo tampoco -replicó.

Nos echamos a reír. Habíamos bebido ya tres cervezas: ella prefirió cambiar a una L'Ermitage cuando nos sirvieron las salchichas de Frankfurt. Otro comentario suyo sobre las salchichas me hizo descubrir que tenía unas ganas inmensas de reírme: reímos ambos durante cierto tiempo hasta sentirnos bien, o hasta sentirnos estúpidos, aunque puede que no haya diferencia.

Apenas comimos, sin embargo, pero tampoco conti-, nuamos hablando al mismo ritmo; más que un nuevo silencio surgió una especie de vacío donde parecía que ya no había nada que añadir: pensé que habíamos recorrido las intimidades de ambos de puntillas, y ya estábamos en el otro extremo pero nuestro mutuo conocimiento seguía siendo el mismo. Y el vacío, por una extraña reacción de vasos comunicantes, me impulsa a verterme y hablar:

– Antes, cuando mencionaste el amor, quise decirte algo: el amor no existe.

– ¿ Ah, no? -me desafió sonriente a que añadiera otra agudeza.

– No: existen las preocupaciones.

– Sí, eso sí -asintió, como desarmada de repente-.

Muchas preocupaciones.

Expulsó el humo y sacudió el cigarrillo sobre el ceniéero de cristaclass="underline" observé la inmensa parábola del escote, la división de sus pechos juntos como repletas nalgas de niño, los tirantes del vestido rodeando su cuello. La miré directamente a los ojo~, que me evitaban, y tuve el repentino deseo de hablarle de lo maravilloso, de compartir con ella la felicidad absoluta: quise contarle algo sobre Blanca.

Pero preferí esperar.

– Sin embargo, en realidad sólo buscamos el placer y la belleza -dije- Y no es malo buscarlos.

– ¿ A qué te refieres cuando hablas del placer y la belleza? ¿A la música?

Asentí, complacido por la similitud.

– Sí, eso es: un encuentro breve y limitado con lo eterno.

– Qué bonito. Pero en parte también ficticio, ¿ no crees?

– Claro -respondí con una sonrisa sincera-: ficticio del todo.

– Lázaro busca lo mismo que tú -agregó de repente-, pero él cree que lo puede obtener con drogas.

La comparación me alarmó por su cruda verdad: permanecí en silencio mientras ella continuaba.

– Es cierto que lo hemos complicado todo -dijo-:yo lo sé mejor que nadie. Te hartas de oírlo día a día en la consulta. No somos libres para elegir lo que nos apetece hacer. Y cuando creemos serlo, nos engañan. -Dio vueltas a su copa amarilla y rebosante de espuma: las pulseras en sus muñecas parecían grilletes de esclavo-. Y ya estoy harta de engaños -añadió de pronto-. Creo que ha llegado el momento de ser feliz, ¿ no?

La invité a casa: la nostalgia no me dejaba y supongo que quería compartirla. Ella aceptó sin sonreír y no pude saber si le agradaba o no, pero tampoco me importó. Fui sintiéndome cada vez peor entre el silencio del coche y la calle ruidosa, bajo las luces de las grandes avenidas, y para cuando llegamos mi estado era tan lamentable que hubiera llorado a solas sin necesidad de causas, como un par de ojos rebosantes.

No sé lo que ella esperaba o deseaba: perdí esa noción elemental que nos hace diferenciar al otro de nosotros mismos. Me senté frente al piano cuando me lo pidió y comencé el dulce Nocturno en fa mayor, pero con las primeras notas me sentí como traspasado por un dolor de fuego: tan terrible era que me vi obligado a realizar algo imprevisto, algo que ni siquiera dejase indiferente a mi conciencia, que provocase un recuerdo vergonzoso.

Fue así: ella me escuchaba con los codos apoyados en el borde del piano, como una cantante de jazz esperando su turno. Miraba con intensidad, pero no hacia mí: quiero decir que no se detenía en mis oj os, los penetraba como ventanas abiertas y se interesaba por algún punto invisible detrás de mi mirada. Concluí que era la música: miraba la música que yo producía; contemplaba el espíritu que mis manos invocaban y que sonaba a través de mí, tan sólo eso. Era la pasión profunda por una melodía, un atisbo lejano de la verdad, pero no la verdad en sí.

Entonces dejé de tocar, justo antes del cambio con fuoco del tema, me levanté y la besé.

Realmente no fue sino una lucha: forcejeo de gestos, brazos, músculos, carne tensa. Una lucha sin sentido, porque no sabíamos qué queríamos derrotar. Sin embargo, hubo un punto de hermosura hasta que ella habló:

– Espera -dijo.

– No hables -creo que repliqué.

La torpeza del deseo, que nos hace viejos, o niños temblorosos y atrevidos, esa improvisación repentina del cuerpo en la que cada músculo quiere mandar, siempre me ha dado pavor. No hay ritual entonces: sólo actuación, pero todo sucede tan rápido que ni siquiera nos queda la excusa de fingir.

Somos nosotros mismos durante la expresión del deseo, yeso es atroz.

La cogí del haz de la cintura con un solo brazo y el gesto atrajo sus pechos contra mí: su blanda firmeza me pareció obscena, cegado como estaba ante su rostro; ella había hundido los largos dedos en mi pelo revuelto y sostenía así mi cabeza, dirigiéndola sin visión hacia sus labios. Me aparté, la besé en el cuello desnudo con sabor a piel y perfume, la agarré de los brazos y la empujé hacia la concavidad del piano: su espalda fuerte y flexible se arqueó sobre él. Me sentí un extraño animal hociqueante sobre sus hombros; de repente casi creí que su piel era infinita: mis besos no perduraban, y cuando regresaba al mismo lugar entre sus hombros lo notaba virgen y volvía a besarlo. Mis manos buscaron con firmeza sobre sus caderas, atraparon, sin poder abarcarlas, la ovalada extensión de las nalgas. Eludíamos por alguna razón nuestras bocas juntas: percibí antes su aliento por todo mi rostro, incluso en mis ojos, sus labios trémulos, el húmedo pincel de su carmín, los gemidos crecientes que casi parecían un simulacro del deseo. Acaricié sin pausas la pronunciada tensión de sus nalgas, aún vestidas, hasta hacerme daño contra la lisura negra del piano, que se hallaba detrás. Retrocedí entonces hacia el sofá sin dejar de apretar su cuerpo contra el mío, a tientas, ayudado por la ventaja de conocer dónde se hallaba.