Creyendo que, ya que hay una sola muerte, la vida no tiene por qué ser múltiple.
Pero hay muchas clases de placer en el mismo placer y muchas clases de vida en la misma vida: lo pienso mientras caminamos abrazados hacia la salida, el ramo de rosas entre sus manos -manos enguantadas en blanco con guantes que se cierran con un broche en las muñecas-. ¿Cuántas veces hemos repetido este juego extraño? No lo recuerdo. Pero cada una -ésta ahora mismo- me parece única. Imaginamos frases pero también gestos; gestos y deseos. Nos acomodamos en el asiento posterior de un taxi invadidos de felicidad, con esa alegría que pronto se contagia, que se reproduce en otros o provoca la envidia, repleta de risas casuales. Menciono el nombre de un motel de carretera cercano a Barajas y le explico al conductor cómo llegar; quizás éste se intriga un poco, porque nos contempla -siempre desde el rectángulo del espejo transformado en un par de ojos- sólo por un instante pero con una fijeza insoslayable. Sin embargo, es lo mismo, porque un aura de libertad y de goce nos aísla: durante el trayecto nos envolvemos en abrazos.
Blanca se desnuda el rostro, aunque cierra los ojos: una de sus manos cubierta de seda sostiene todavía los cristales negros de las gafas mientras su brazo rodea mi cuello tras el respaldo del asiento; la otra me atrae por la nuca con lenta dulzura. La beso en la superficie de los labios y me empapa de rosa y de sabor a perfume. Enseñamos las lenguas y nos tocamos con ellas, los alientos se unen en una calidez central, mutua, que crea como una tercera boca que respirara. Ella recuesta su cabeza en mi hombro; el sombrero, desprendido, forma un círculo rosado tras ella, sus alas retiemblan con la brisa de la ventanilla.
Blanca ha cruzado las piernas, ofreciéndome la suave curva de malla de su muslo derecho por encima, bien descubierto. Sobre esa piel brillante deposito mi mano y aprieto hasta sentir que incluso su fuerte músculo obedece. No permitimos que esta caricia interrumpa el beso, el abrazo dulce, el ansia que ya no es fingida: porque hay un punto tras el cual dos bocas que se humedecen juntas crean un deseo aunque antes no existiera. Busco entonces más allá de la media, en el extremo del muslo: introduzco la otra mano por el borde tenso de la falda, la hago subir más, alcanzo los límites de su piel desnuda. Me deshago en el sabor de su lengua mientras acaricio la carne bajo la falda, el liguero recto y tenso, la
ausencia -que se hace exquisita, notoria- de otra prenda íntima. Todo me excita: pero no la caricia en sí, sino la presencia de ella -que sea ella a quien acaricio, aunque su tacto simule el de otras-, la mirada curiosa en el retrovisor y la fantasía que refleja, nuestro propio teatro y su transición suave hacia la realidad. No hay amor, ni siquiera un verdadero deseo: pero las consecuencias son iguales.
Y por fin el motel, en una desviación previa a Madrid, inmerso en un área de largas y civilizadas casas. Ella permanece sujetando el sombrero entre las manos y dando vueltas lentas por el vestíbulo mientras yo arreglo los breves trámites. El ramo de rosas descansa en la mesa de recepción, que es de madera oscura y rojiza: alguien lo ve y sonríe. Yo sonrío también.
– Una sola noche -advierto al recepcionista: un hombre maduro, vestido de negro, que finge desinterés de la misma forma que nosotros nos fingimos interesados; todos llegamos a creernos nuestros papeles.
– Sí, señor -afirma él sin sonreír.
No nos enseñan la habitación: simplemente nos dan la llave. Es espaciosa. Echamos las cortinas y contemplamos juntos la cama: amplia, sin adornos, apenas una cabecera barnizada. Hay una sola mesilla y un jarro sobre ella: Blanca se dedica a llenado de agua y coloca allí las flores. Todo lo hace con lentitud de oración pero sin interrumpirse: en ningún momento queda ociosa, no hay un solo instante en que su silencio sobrecoja, posee toda la dedicación exacta de los que nunca hablan.
Cuando por fin abandona las flores se desnuda. Se diría que sigue manejando flores: la chaqueta rosada, la falda de suave cremallera, las medias, la celosía blanca y dúctil del portaligas, todo cae sobre la cama con regularidad de nevada, en un silencio semejante a ella. Cada uno de sus gestos, aun los más naturales, tiene personalidad de ballet. La contemplo incansable, ya desnuda, mientras se tiende en la cama.
Se arrodilla frente a su propia ropa y, sin apartar las sábanas, se tiende desnuda por completo, bocabajo, el pelo suelto, y separa hasta el infinito las piernas.
Cierro los ojos. Los abro: esa pausa la ha transformado. La visión que ahora tengo de ella es totalmente distinta; su cuerpo parece un símbolo. Desde donde estoy, a los pies de la cama, distingo sus piernas separadas, tan separadas que casi cruzan la cama de lado a lado en ondulaciones de músculo tenso. Observo sus pies relajados, los dedos vencidos, situados en extremos opuestos, casi enfrentándose; las pantorrillas inmóviles; la esbelta contracción de los tendones en las corvas; los músculos del muslo ascendiendo suavemente, presagiando las esferas perfectas de las nalgas. Pero todo, aun el grueso desorden de la colcha o el cúmulo de ropa, converge en su mismo centro, ni siquiera en las temblorosas masas finales, ni siquiera en su separación, sino en la flor del estrecho orificio, ofrecido, revelado.
Más allá, su espalda y su cabeza oculta. La observo respirar.
Y lo más extraño: no encontrar obscenidad. Hallada así, en esta posición abierta, las piernas casi hendidas, su última oscuridad iluminada y roja, sin que exista violencia ni fuerza. Muy al contrario: una inmensa ternura parece depositada sobre su desnudez, corno un velo. La contracción de los músculos, que luchan por mantener esa abertura, ese ofrecimiento perenne hacia mí -mientras el tiempo transcurre con la lentitud del sol en la ventana-, no parece desagradable, ni siquiera esforzada: su propia voluntad silenciosa convierte toda esa molesta postura en algo natural, propio de su cuerpo.
(En la partitura: crescendo hasta el compás cuarenta y tres; entonces descenso leve y regreso al tema en pequeñas notas, con forza.)
Me acerco entre el desorden de la ropa acumulada corno tras una primera noche de amor; me acerco buscándola, buscando ese centro hacia el que todo señala. Me arrodillo entre sus piernas y contemplo esa mínima oscuridad. Desnudo mi cintura, mis muslos. Compruebo mi excitación, pero no es sólo su cuerpo ni el acto de su entrega: se trata sobre todo del ritual, de esa profecía cumplida del encuentro con ella y este postrer ofrecimiento completo.
Me acerco a su indefensa tensión: dejo caer mis manos sobre las sonrosadas cúpulas de sus nalgas; me inclino hacia su piel. Pienso que la estoy modelando: fabrico la redondez de esa carne con un gesto constante, enloquecedor, de las palmas de mis manos abiertas. Cuesta darles forma, tersura, enrojecimiento. Ella respira con fuerza, su cabello blanco abatido sobre la espalda y la almohada, el rostro hundido en las sábanas. Continúo apretando su carne firme, esas nalgas espléndidas y abiertas, y con los pulgares aparto sus curvas y descubro más el rojo interior.
Me tiendo entonces sobre ella, con cuidado: es un cuerpo pequeño, desnudo, joven; parece exánime, pero su tierna respiración le traiciona, así que cualquier brusquedad resulta un exceso. Me tiendo, vibrando de placer, sobre su espalda, apoyando mis manos en la cama, equilibrándome sobre la deliciosa suavidad de su piel. Mi sexo, sin embargo, no busca su interior. No: no se trata de consumar nada. Queda atrapado con incomodidad entre sus glúteos, señala endurecido hacia la concavidad delicada de su lomo. Le entrego el peso de mi cuerpo por fin: ella cierra los puños sobre la colcha.
No hace falta casi nada más: al abrazar esa figura cálida, delgada, al sentirla, ya en el extremo final de toda una tarde de ansias, no necesito ni siquiera de mis gestos. «Oh, por favor», pienso cerca de su pelo blanco, como si lo susurrase en su oído, «quédate así, déjame creer por un instante que esto es cierto.» Sus nalgas se abren como manos, corno algo tibio que envolviera mi placer -quizás mejillas, o labios, o pechos mórbidos-. Apenas nada más: jadeo, gimo sobre ella con los ojos cubiertos, vivo un instante -el instante exacto, cegador, en que mi orgasmo escapa- la fantasía de hacerle el amor, el sexo fingido corno nuestro encuentro o nuestros besos; transformo mi masturbación sobre ella en algo mutuo, y ella me ayuda con sus gestos fuertes, la contracción de todo su cuerpo al sentir que la riego con mi placer, sus brazos, que sujeto con fuerza de violación, sus espasmos, durante los que crispa las nalgas como si recibiera latigazos.
Al apartarme, aún jadeante, mi sexo permanece unido a ella por lentas gotas blancas que se derraman sobre su vértice, entre las piernas. Distiendo sus nalgas y juego con la caída lenta de la esperma por entre ellas. Blanca, Blanca, silenciosa, manchada, poseída.
Disfrutar teniéndote sin tenerte: eso es el placer eterno.
Todo lo sucedido ayer, en nuestro ritual del encuentro, me ha suministrado la inspiración precisa para la nueva carta que he compuesto sobre la vida onírica de Chopin en Valldemosa, dirigida a Pleyel. Fue así:
«Valldemosa,1839.