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Eleva los pies y se apoya con las puntas en una postura incómoda, sin duda debido a que aún es niña y prefiere la incomodidad.

– Muy bien -le dije-. Has mejorado mucho, Elisa.

No me respondió: su sonrisa se hizo más fina y se ajustó las gafas sobre el puente de la nariz con un gesto tan bonito que me pareció ensayado.

– Sería ideal que pudieras hacerlo a partir de ahora sin partitura -sugerí-. ¿ Crees que lo lograrías?

Se encogió de hombros, resaltaron sus clavículas un instante, la camiseta tembló. Me daba miedo que su cuerpo me hablase más que ella, así que insistí en silencio en la respuesta.

– Ya lo he tocado tantas veces que a lo mejor…

– dijo y se calló.

Sin embargo, no quise que hablara más, porque cuando habla se convierte en niña y me acusa. Cuando habla se aleja de mis deseos, aun sin voluntad, y yo me vuelvo su perseguidor. No: es preferible el silencio o la música; envuelta en silencio, ella comparte mi pecado.

– Hagamos algo -me apresuré a indicarle-: lo vas a repetir sin ver la partitura. Pero no, no, no la cierres… La tendrás delante, aunque no la verás. Quiero decir… -me aturdí un instante mientras recibía toda su mirada grande-. La música es tacto, Elisa. La música son las manos. Tocar: eso es lo que produce un sonido. La música es un mundo de ciegos -el único mundo que existe, pero esto no se lo dije-. Así que vamos a imitarlo: te quitarás las gafas y probarás a repetir el ejercicio muy concentrada, ¿te parece?

Asintió en todo lo que le dije. Ocurrió algo: se llevó las manos a las gafas tras un instante de indecisión, justo cuando yo también lo hacía para pedírselas, y nos encontramos sin querer en su rostro pequeño y hermoso. Durante un torpe segundo rocé sus dedos y nos burlamos de la casualidad; entonces ella me entregó sus lentes con extraña confianza y volvió a sonreír. Creo que sabía, con esa seguridad absoluta que sólo otorga el espejo que todo adolescente lleva siempre frente a sí mismo, que estaba más hermosa así, con la cara desnuda; oírla hablar de nuevo fue aterrador.

– No veo ni las teclas. Qué gracia.

– Cuando comiences a tocar, tus dedos buscarán el sitio correcto sin que te des cuenta.

– Me equivocaré -parpadeó y entrecerró los ojos.

– Sí, te equivocarás -me permití por un instante el lujo de la sinceridad-: pero será una equivocación muy bonita.

Elisa se echó a reír con una risa distinta, como si el mundo borroso que veía a su alrededor la hubiese madurado de repente. Entonces comenzó de nuevo el ejercicio, se perdió entre las teclas, se detuvo, yo la animé con gestos y palabras a que continuara.

No fuimos culpables. Hay algo que no es ella, que no soy yo, que está presente entre ambos: una forma, unos seres sobre esa forma, un silencio en el que suena la música.

Sostuve entre los dedos sus pequeñas gafas mientras lo pensaba: la había despojado de la mirada. Su mirada ya no estaba, sólo sus ojos. La música se deshizo en mis oídos y se transformó en sonidos puros: también la había desnudado de música. Pensé de repente que cada vez la cercaba más; mi objetivo era ése, detener su imagen, aislarla de todo, impedírselo todo: cualquier rasgo de lo que pudiera ser fuera de aquí, el más pequeño recuerdo de su propia persona; se me ocurrió pensar que deseaba oponerme al célebre mito: ella era de carne, pero yo buscaba hacerla estatua. Así, sólo así, podría poseerla sin ingratitud.

Estuve observándola: ahora se inclinaba aún más sobre las teclas y la línea áspera de sus vértebras se hacía más firme; contemplé los rebordes del broche del sostén bajo la camiseta, la horizontal tajante de las bragas ocultas; entre ambos, ese vacío dibujado en gruesos trazos, esa O, ese cero, ese infinito. Mi valentía no tuvo límite entonces y permanecí así, inclinado tras ella, contemplándola inagotable.

Cuando acabó, con muchas interrupciones, la tranquilicé en abundancia: le dije que lo había hecho muy bien, que había tocado por fin, en el pleno sentido de la palabra, y que quería que esta forma natural y espontánea de hacer música se repitiera en días sucesivos. Por último, le pedí que viniera cómoda a las clases, justo como hoy: aquella camiseta era ideal, así como los zapatos deportivos, pero particularmente aquella camiseta larga hasta los muslos. Ella estuvo de acuerdo en todo: intuí en su mirada una especie de significado oculto, de clave, de acuerdo tácito. Nos tendimos la mano en secreto a través de los ojos.

Pero odio esta larga semana que parece retenerme, donde los días no transcurren, sólo finalizan y nada sucede: así que lo ocurrido ayer se hacía imprescindible, a pesar de todo. Y es que comenzar las clases temprano, terminarlas, regresar a casa, trabajar de lleno en los Nocturnos, de repente levantarme con las manos sobre la cara, frotarme los ojos como si soñara, medir el salón con mis pasos, la garganta rota por una nostalgia incesante y desconocida, los ojos como llenos de ácido: todo eso se transforma también en otro ritual.

Contemplo uno de los cuadros del salón mientras escribo: un niño sentado sobre una silla que viste traje de primera comunión; un pequeño marinero sobre fondo azul. Lo miro con interés: me recuerda el encuentro que tendremos el sábado.

Reconozco que Blanca y yo no podemos prodigarnos, únicamente los sábados, sólo entonces. Sin embargo, una vez conocido el ritual, la espera se hace difícil.

Vivimos a ciegas,.aguardando ese momento. Hemos construido un mundo hermoso pero insoslayable como el amanecer diario: el hecho de ansiarlo con tanta intensidad no lo hace más fácil, tan sólo más deseado. Pero la espera es demasiado larga..

Para compensar, hace días que dudé frente al teléfono entre dos opciones y me decidí por la más sencilla: la otra consistía en continuar con la aspereza de la soledad y de los sueños. Sin embargo, incluso mientras dudaba mis dedos comenzaban a marcar el número escrito en mi agenda. Una voz elegante, mecánica al principio y femenina en el extremo final, me informa de que aquello es el gabinete tal de la calle cual, y me pide que deje un mensaje. No la obedecí y colgué.

Una hora después volví a llamar: esta vez contestó la secretaria. Hubo una breve pausa y oí su voz por fin.

– No sé si la estoy molestando -me identifiqué.

– En absoluto -dijo ella.

Oyéndola invoqué de golpe la imagen de su cintura estrangulada, casi hasta el límite de la respiración según me parecía, por un amplio cinturón de hebilla dorada.

– Pensé que podríamos vernos esta semana -se lo dije así-Hablaríamos de Lázaro.

– Esta semana va a ser difíciclass="underline" tengo todas las tardes ocupadas.

– ¿Y las noches? -repliqué.

– ¿Cómo dice?

– Podríamos cenar algo por ahí una de estas noches… Hablaríamos de Lázaro, pero tambi~n de música.

La oí reír: una risa breve, como una exclamación, una palabra en otro lenguaje. En todo caso, algo que no me importó. Acaricié mis ojos mientras esperaba una respuesta. Voy a confesar el secreto: creo que fue esa indiferencia lo que me otorgó el éxito. De repente descubrí que todo en el mundo es muy fácil cuando no nos importa demasiado: el interés que ponemos en hacer las cosas es la mayor dificultad para hacerlas, Héctor Hernando dixit.

– Bien -dijo secamente, como para sí misma, al cabo de unos segundos.

Volvimos a llamarnos algo más tarde: le expliqué que conocía una cervecería cercana a su consulta e insistí en que allí se cenaba muy bien, lo que provocó de nuevo su risa. Sin embargo, aceptó. No me sorprendí sino hasta mucho más tarde, cuando la sorpresa había perdido ya la novedad y sólo quedaba de ella su carácter extraño, casi sospechoso. Pero creo que Verónica me ofreció una explicación satisfactoria de su docilidad.

Quedamos ayer jueves, y fui puntuaclass="underline" ella terminaba la consulta a las ocho, y la esperé fuera, como la vez anterior. Salió a la hora acordada pero inició el camino de siempre sin detenerse a buscarme. Supuse que se había olvidado de la cita. Sin embargo, vestía uniforme de cena íntima, verdaderamente sexy: una pieza color turquesa muy ceñida, chaqueta larga con botones dorados y zapatos turquesa a juego de tacón alto. No llevaba medias y el vestido, tan escaso, desnudaba pasmosamente sus piernas. Me intrigó su aspecto, casi me asustó, así que por un momento me limité a seguirla sin interferir con su ignorancia aparente. De improviso ella se detuvo y yo me adelanté: me gusta pensar que ambas cosas sucedieron simultáneamente.

– Hola, estaba buscándole -mintió.

La verdad es que casi me gustó que mintiera. Además, percibí otro detalle que,también me agradó: por estúpido que pueda parecer me daba cuenta repentinamente de que no era hermosa. Su cuerpo excitaba, es cierto, pero la exageración de su figura y de sus rasgos lo presidía todo. Me tranquilizó hallarla tan carnaclass="underline" pensé que ella era una mujer y yo un hombre, y que nadie soñaría con nuestros ojos, ni con la silueta de nuestros labios; nadie podría convertir nuestro encuentro en poesía ni lo complicaría con falsos recuerdos. No: jamás haríamos historia, yeso me devolvió el interés por proseguir. Tan diferente de Blanca y de todo lo que significaba que me felicité por la adecuada decisión: de vez en cuando es bueno tomar tierra.