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– ¿Quieres decir que alguna persona de por aquí arriba desapareció? -preguntó Erlendur.

– De acuerdo con las direcciones reseñadas en las declaraciones, no -respondió Sigurdur Óli-, pero desde luego aún no he acabado de revisarlas todas; algunas no sé ni adónde corresponden. Cuando hayamos terminado de excavar los huesos y tengamos el informe con la información relativa a edad, estatura y sexo podremos reducir el grupo un tanto, o incluso bastante. Imagino que se tratará de alguien de Reykjavik. ¿Hay algo indebido en la manera de proceder?

– ¿Dónde está el forense? -preguntó Erlendur-. El único que tenemos.

– De vacaciones -dijo Elinborg-. En España.

– ¿Comprobaste si hubo alguna casa en las laderas? -preguntó Erlendur a Elinborg.

– No, aún no he llegado tan lejos. -Miró a Sigurdur Óli-. Erlendur piensa que debió de haber alguna casa en la parte norte de la colina, y que el ejército británico o el norteamericano debieron de tener un almacén de intendencia en la parte sur. Quiere que hablemos con todos los propietarios de casas de veraneo en la zona desde Reynisvatn hasta aquí, y también con sus abuelas, y luego yo acudiré a una sesión espiritista para hablar con Churchill.

– Eso para empezar -dijo Erlendur-. ¿Qué teorías tenéis sobre los huesos?

– ¿No se trata claramente de un asesinato? -apuntó Sigurdur Óli-. Cometido hace medio siglo o más. Oculto en la tierra todo este tiempo sin que se supiera nada.

– Ese hombre, o esa persona -se corrigió Elinborg-, fue enterrada ahí, obviamente, a consecuencia de un crimen. Creo que eso es evidente.

– No es exacto que nadie sepa nada -dijo Erlendur-. Siempre hay alguien que sabe algo.

– Sabemos que algunas costillas están rotas -añadió Elinborg-. Eso tiene que ser indicio de que se trata de una agresión violenta.

– ¿Tiene que serlo? -dijo Sigurdur Óli.

– Claro; ¿cómo podría no serlo? -afirmó Elinborg.

– ¿No puede ser consecuencia de la larga permanencia bajo tierra? -continuó Sigurdur Óli-. Del peso de la tierra. Incluso de los cambios de temperatura. Frío y calor alternativamente. Hablé con el geólogo que trajiste y mencionó esa posibilidad.

– La presencia de un cadáver suele deberse a una agresión. Es obvio, ¿o no? -Elinborg miró a Erlendur y notó que tenía la cabeza en otro sitio-. Erlendur -insistió-. ¿No es así?

– Si es un asesinato -respondió Erlendur volviendo en sí.

– ¿Si es un asesinato? -repitió Sigurdur Óli.

– Eso no lo sabemos -continuó Erlendur-. Quizá se trate de una vieja tumba familiar. A lo mejor esa gente no tenía dinero para un entierro como debe ser. A lo mejor son los huesos de algún carcamal que estiró la pata de repente y lo enterraron ahí con el conocimiento de todo el mundo. Quizá sea un cuerpo que colocaron hace cien años. Quizá cincuenta. De lo que aún carecemos es de informaciones precisas. Cuando las tengamos podremos dejar de montar castillos en el aire.

– Pero ¿no es obligatorio enterrar a la gente en tierra consagrada? -preguntó Sigurdur Óli.

– Creo que puedes hacer que te entierren donde quieras -dijo Erlendur-, si es que hay alguien que quiera tenerte en el jardín de su casa.

– ¿Y la mano que sobresale del suelo? -terció Elinborg-. ¿Tampoco es eso un indicio de agresión y violencia?

– Claro que sí -dijo Erlendur-, creo que ahí ha sucedido algo que ha permanecido en secreto durante todos estos años. Arrojaron a alguien a un lugar donde no se le podría encontrar nunca, pero Reykjavik se expande y nos toca a nosotros averiguar lo sucedido.

– Si este hombre, suponiendo que fuera un hombre y no una mujer -dijo Sigurdur Óli-, el Hombre del Milenario, si lo asesinaron hace todos esos años, ¿no es casi seguro que el asesino haya muerto? Y si no ha muerto será ya más viejo que Matusalén, tendrá un pie en la tumba y resulta absurdo perseguirle y acusarle. Y probablemente habrán muerto todos los relacionados con el caso, de modo que no dispondremos de testigos si en algún momento llegamos a descubrir lo sucedido. Así que…

– ¿Adónde quieres llegar?

– ¿No es razón suficiente para reconsiderar si vale la pena gastar tanta energía humana en esta investigación? Quiero decir, ¿tiene algún sentido hacerla?

– ¿Deberíamos olvidarnos y ya está? -preguntó Erlendur.

Sigurdur Óli se encogió de hombros corno si a él, personalmente, le diera igual.

– Un crimen es un crimen -dijo Erlendur-. Da igual los años que hayan pasado. Si fue un crimen, tenemos que averiguar lo que sucedió, quién fue la víctima y quién el asesino. Creo que deberíamos afrontar este caso como cualquier otra investigación. Buscar información. Hablar con la gente. Confiar en que iremos acercándonos poco a poco a la solución.

Erlendur se puso en pie.

– Tenemos que encontrar algo -añadió-. Hablemos con los dueños de las viviendas de veraneo y con sus abuelas. -Miró a Elinborg-. Comprobemos si había una casa donde están esos groselleros. Dediquémonos a eso.

Se despidió de ellos con la cabeza puesta en otro lugar y salió al pasillo. Elinborg y Sigurdur Óli se miraron. Éste hizo un gesto con la cabeza en dirección a la puerta. Elinborg se puso en pie y salió al pasillo detrás de él.

– Erlendur -dijo haciéndole detenerse.

– Sí, ¿qué?

– ¿Cómo sigue Eva Lind? -preguntó ella vacilante.

Erlendur la miró y guardó silencio.

– Nos enteramos en la comisaría del estado en que la encontraste. Sería espantoso. Y si hay algo que Sigurdur Óli o yo podamos hacer por ti, no dudes en decírnoslo.

– No se puede hacer nada -dijo Erlendur con voz cansina-. Está en coma y nadie puede hacer nada. -Vaciló-. Recorrí ese mundo buscándola. Ya lo conocía un poco porque he tenido que buscarla otras veces por esos lugares, por esas calles, en esas casas, pero no por ello me pilla menos por sorpresa comprobar la vida que lleva, y me pregunto cómo puede hacerse eso a sí misma, cómo puede dañarse a sí misma de ese modo. He visto la gente con quien se relaciona, la gente a quien recurre en busca de compasión y humanidad, la gente para la que incluso trabaja de una forma incomprensible.

Calló.

– Pero eso no es lo peor -dijo luego-. Ni la cutrez, ni los chorizos, ni los camellos. Lo que dice su madre es cierto.

Erlendur miró a Elinborg.

– Lo peor de todo soy yo -dijo-, porque fui yo quien falló.

Cuando Erlendur llegó a su apartamento se sentó en un sillón, exhausto de cansancio. Acababa de llamar al hospital para preguntar por Eva Lind y le informaron de que su estado era el mismo. Que se pondrían en contacto con él en cuanto se produjera algún cambio. Dio las gracias y colgó. Y se sentó con la mirada perdida en el infinito, profundamente pensativo. Pensó en Eva Lind en la UCI, en su ex esposa y en el odio que todavía marcaba su vida, en su hijo, con quien no hablaba excepto cuando algo iba mal.

Entre medias de aquellos pensamientos sintió el profundo silencio que reinaba en su vida, la soledad a su alrededor, el peso de días sin color acumulándose en una cadena indestructible que se enroscaba en torno a él y lo oprimía y lo ahogaba.

Cuando el sueño empezó a apoderarse de él, su mente regresó a su infancia, cuando aparecía la luz tras la oscuridad de los meses invernales y la vida era inocente, sin temores ni preocupaciones. No sucedía con mucha frecuencia, pero en ocasiones se dedicaba a recordar la felicidad de aquellos tiempos, y entonces, por un instante, era como si se sintiera bien.

Pero sólo cuando podía olvidar la pérdida.

Se despertó sobresaltado de su profundo sueño cuando el teléfono llevaba sonando sin interrupción un buen rato, primero el móvil del bolsillo del abrigo, más tarde el fijo del viejo escritorio, uno de los pocos muebles de la sala.