Luego, calló.
«¿Qué os pasa a mamá y a ti? -le había preguntado Eva Lind en una ocasión- ¿Por qué no os habláis?»
Sindri Snaer había ido con ella pero se marchó enseguida, y padre e hija estaban sentados en la oscuridad. Era diciembre, en la radio sonaban canciones navideñas y Erlendur la apagó pero Eva Lind volvió a encenderla diciendo que le apetecía oírlas. Estaba ya de bastantes meses y se había desintoxicado, y, como siempre que estaba con él, empezó a hablar de lo que le había faltado la familia. Sindri Snaer no lo hacía, nunca hablaba de su madre ni de su hermana, ni de lo que le faltó. Era hombre reservado y de pocas palabras, en las contadas ocasiones en que Erlendur charlaba con él. No le interesaba su padre. Ahí radicaba la diferencia entre su hermana y él. Eva Lind sí quería conocer a su padre y no vacilaba en recordarle sus responsabilidades.
– ¿Por qué no hablamos tu madre y yo? -contestó entonces Erlendur-. ¿No podemos apagar ese barullo navideño?
Intentaba ganar tiempo. Las preguntas de Eva sobre el pasado le ponían siempre en un aprieto. No sabía qué responderle sobre su breve matrimonio, sobre los hijos que tuvieron, ni por qué se marchó. No tenía respuesta para todas sus preguntas, lo que hacía que ella se enfadara. Se enfadaba enseguida, en cuanto las cuestiones familiares se convertían en tema de conversación.
– No, yo quiero oír canciones navideñas -dijo Eva Lind, y Bing Crosby siguió cantando ¡Oh, blanca Navidad!-. Nunca, nunca la he oído hablar bien de ti, pero algo tuvo que gustarle, al principio, cuando os conocisteis, ¿no?
– ¿Se lo has preguntado a ella?
– Sí.
– ¿Y qué dice?
– Nada. Entonces tendría que decir algo positivo sobre ti y no está dispuesta a eso. No lo admite. ¿Qué pasó? ¿Por qué acabó?
– No lo sé -respondió Erlendur, y lo decía con total sinceridad. Intentó hablar con franqueza-. Nos conocimos en una discoteca. No lo sé. No fue nada que planeáramos. Simplemente sucedió.
– Pero habrás pensado en ello.
Erlendur no le respondió. Pensó en unos niños que no tuvieron la oportunidad de conocer a sus padres. Que no llegaron a saber cómo eran realmente. Entraron en la vida de sus padres cuando éstos ya eran maduros, no sabían nada de ellos. Los conocían como padre y madre, como autoridad y como protectores, pero nunca llegaron a saber qué secreto ocultaban, juntos o por separado, ni por qué resultaban tan desconocidos a sus hijos como cualesquiera otras personas con las que se encontraban en la vida. Pensó en cómo unos padres podían mantener alejados a sus hijos hasta tal punto que lo que quedaba entre ellos era la familiaridad fruto del trato y la experiencia, más que el auténtico amor.
– ¿Qué pensaste?
Las preguntas de Eva Lind abrían una llaga en la que metía el dedo una y otra vez.
– No lo sé -dijo Erlendur, manteniéndose distante, como siempre.
A lo mejor se comportaba de aquel modo, precisamente, para notarlo. Para hallar una nueva confirmación. Para sentir lo lejos que estaba de ella y lo difícil que le resultaría comprenderle.
– Ella lo notó. Tuvo que ser algo.
¿Cómo iba a comprenderle ella, si a veces ni él mismo era capaz de comprenderse a sí mismo?
– Nos conocimos en una discoteca -repitió-. Pero no creo, que eso fuera el anuncio de un futuro feliz.
– Así que te fuiste, sin más.
– No me fui sin más -dijo Erlendur-. No fue así. Me fui al final, y ya está. No lo hicimos… No lo sé. Probablemente no existe ninguna forma correcta de hacerlo. Si existe, nosotros no la encontramos.
– Pero no se acabó nada -dijo Eva Lind.
– No -dijo Erlendur.
Se oía a Crosby en la radio. Eva Lind miraba por la ventana; gruesos copos de nieve caían suavemente sobre el suelo. Erlendur miró a su hija. Los aros de las cejas. La bolita metálica de la nariz. Las botas militares que descansaban sobre la mesa del salón. Las uñas sucias. La tripa le sobresalía por debajo de la camiseta negra: ya le empezaba a crecer.
– Nunca se acaba -dijo él.
Höskuldur Thórarinsson vivía en casa de su hija en los bajos de un precioso chalet del barrio de Árbaer, y disfrutaba de la vida. Era de corta estatura y movimientos ágiles, con cabellos grises y una barba plateada que enmarcaba una boca pequeña, iba vestido con una camisa gruesa de cuadros y pantalones de pana de color marrón claro. Elinborg lo había encontrado. No había tantos Höskuldur en el censo que estuvieran jubilados. Llamó por teléfono a unos cuantos, independientemente de la región del país donde vivieran, y aquel Höskuldur de Árbaer respondió que sí, que él le había alquilado una casa a Benjamín Knudsen, el tipo aquel, un buen hombre. Lo recordaba bien, aunque no se había quedado mucho tiempo en su casa.
Erlendur y Elinborg estaban sentados en el salón de Höskuldur, que acababa de servirles café; habían hablado de lo divino y lo humano, que él era de Reykjavik, que allí nació y se crió, y de aquellos malditos reaccionarios que ensombrecen la vida de los jubilados como la de todos los demás pobres desgraciados que son incapaces de ocuparse de sí mismos. Erlendur decidió detener el mitin del anciano.
– ¿Por qué te fuiste a la colina? ¿No estaba muy lejos de Reykjavik?
– Vaya si lo estaba -dijo Höskuldur llenando de café las tazas-. Pero no se podía hacer otra cosa. En mi caso, desde luego. En esos años no había forma de conseguir vivienda en Reykjavik. Durante la guerra, hasta el último cuartucho se llenó de gente. De pronto, la gente del campo se ganaba su buen dinerito y ya no se les pagaba con queso y aguardiente. La gente dormía en tiendas cuando no había nada mejor. El precio de la vivienda superó cualquier límite razonable y yo me mudé a la colina. ¿Qué huesos son esos que habéis encontrado?
– ¿Cuándo te mudaste a la colina? -preguntó Elinborg.
– Fue en el año cuarenta y tres, creo recordar, o en el cuarenta y cuatro. Creo que en otoño. En plena guerra.
– ¿Y cuánto tiempo viviste allí?
– Estuve allí un año. Hasta el otoño siguiente.
– ¿Y vivías allí solo?
– Con mi mujer, Ellý, que en paz descanse. Falleció.
– ¿Cuándo falleció?
– Hace tres años. ¿Piensas que la enterré en la colina? ¿Crees que tengo pinta de algo así, amiga?
– No encontramos residentes empadronados en ese domicilio -dijo Elinborg, sin responder a su pregunta-. Ni tú ni nadie. No te empadronaste en aquel lugar.
– No recuerdo qué pasó. Desde luego que no nos empadronamos. Estábamos en plena crisis de vivienda. Siempre había alguien que pagaba más que nosotros y entonces me enteré de lo de la casa de Benjamín y hablé con él. Por entonces, sus inquilinos acababan de dejarla, y se apiadó de mí.
– ¿Sabes quiénes eran esos inquilinos? Los que vivieron antes que tú.
– No, pero recuerdo que estaba todo perfecto. -Höskuldur bebió el café que quedaba en su taza, volvió a llenarla y tomó un sorbo-. Todo estaba limpio y en perfecto estado.
– ¿Cómo de limpio y perfecto?
– Bueno, recuerdo que Ellý se hizo lenguas de ello. Estaba encantada. Todo fregado y pulido, no había una mota de polvo por ningún sitio. Era como entrar en un hotel. No es que nosotros fuéramos unos guarros. En absoluto. Pero aquel lugar estaba especialmente bien cuidado. Era evidente que el ama de casa sabía hacer su oficio, según Ellý.
– ¿De forma que no viste en ningún sitio señales de pelea ni nada por el estilo? -preguntó Erlendur, que hasta entonces había guardado silencio-. Como manchas de sangre en las paredes.
Elinborg lo miró. ¿Estaba tomándole el pelo al viejo?
– ¿Sangre? ¿En las paredes? No, nada de sangre.
– ¿Y todo en perfecto orden?
– Todo en perfecto orden. De verdad.
– ¿Había unos arbustos cerca de la casa cuando estabas tú allí?
– Sí, había unos groselleros. Lo recuerdo bien porque ese otoño dieron muchos frutos e hicimos mermelada de grosellas.