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– Ella, ¿cómo lo decís ahora?, acabó su relación con él. Rompió el compromiso, según decíamos antes, cuando existían los compromisos de boda. El mismo día de su desaparición. Benjamín no habló de ello hasta mucho más tarde, en una conversación con mi madre, cuando él estaba en su lecho de muerte. Ella me lo contó. Nunca se lo he dicho a nadie. Y me lo habría llevado a la tumba si no hubierais encontrado esos huesos. ¿Sabéis si son de hombre o de mujer?

– No, todavía no -dijo Sigurdur Óli-. ¿Dijo por qué rompió el compromiso? ¿Por qué lo dejó?

Notó una vacilación en Elsa. Se miraron a los ojos, y supo que ella había dicho ya demasiado para echarse atrás. Presintió que quería decir lo que sabía. Como si llevase a cuestas una pesada cruz y hubiera llegado el momento de librarse de ella. Por fin, después de tantos años.

– El hijo no era de él -dijo.

– ¿El hijo no era de Benjamín?

– No.

– ¿No había quedado embarazada de él?

– No.

– ¿De quién, entonces?

– Tienes que entender que eran otros tiempos -dijo Elsa-. En la actualidad, las mujeres se someten a abortos como quien bebe agua. El matrimonio ya no tiene hoy en día un significado especial para quienes desean tener un hijo. Existe la convivencia. Divorciarse, unirse a otra persona. Tener más hijos. Volver a divorciarse. Entonces no era así. En aquellos tiempos, un hijo fuera del matrimonio era algo total y absolutamente impensable para las mujeres. Era una vergüenza y un estigma. Las consideraban ligeras de cascos. No había la más mínima compasión hacia ellas.

– Puedo hacerme una idea -dijo Sigurdur Óli, que había empezado a pensar en Bergthóra y que poco a poco iba comprendiendo por qué Elsa había estado curioseando en su vida privada.

– Benjamín estaba dispuesto a casarse con ella -continuó Elsa- según le dijo a mi madre. Sólveig no lo deseaba. Quería romper el compromiso de boda y se lo dijo con toda frialdad. De pronto. Sin aviso alguno.

– ¿Quién era el padre?

– Cuando dejó a Benjamín le pidió que la perdonara. Le dijo que tenía que dejarle. Él no la perdonó. Necesitaba más tiempo.

– ¿Y desapareció?

– No se la volvió a ver nunca más después de despedirse de él. Al ver que no volvía a casa esa noche, empezaron a buscarla, y Benjamín participó con todas sus fuerzas en la búsqueda, pero nunca la encontraron.

– ¿Y qué hay del padre de su hijo? -volvió a preguntar Sigurdur Olí-. ¿Quién era?

– No se lo dijo a Benjamín. Lo abandonó sin que él supiera quién había sido, según le contó a mi madre. Si lo sabía, a ella no se lo dijo.

– ¿Quién pudo haber sido?

– ¿Quién pudo haber sido? -repitió Elsa-. Da exactamente igual quién pudo haber sido. Lo único que importa es quién fue.

– ¿Quieres decir que ese hombre tuvo algo que ver con la desaparición de ella?

– ¿Tú qué crees? -preguntó Elsa.

– Tu madre o tú, ¿sospechasteis de alguien?

– No, de nadie. Y Benjamín tampoco, que yo sepa.

– ¿Pudo tratarse de una mentira de Benjamín?

– No puedo decir ni que sí ni que no. Pero creo que Benjamín no dijo una mentira en toda su vida.

– Quiero decir que quizá mintió para no atraer las sospechas sobre él.

– No lo sé, pero nunca se sospechó de él, y pasó mucho tiempo hasta que se lo contó a mi madre. Fue justo cuando estaba a punto de morir.

– Nunca dejó de pensar en ella.

– Eso era lo que decía mi madre.

Sigurdur Óli reflexionó un instante.

– ¿Quizá la vergüenza la empujaría al suicidio?

– Sí, seguramente. No sólo había engañado a su novio, que la adoraba e iba a casarse con ella, sino que estaba embarazada de un niño de cuyo padre se negaba a revelar la identidad.

– Elinborg, la mujer que trabaja conmigo, habló con la hermana de ella. Le dijo que su padre se había suicidado. Ahorcándose. Que había sido muy difícil para Sólveig porque los dos se tenían mucho cariño.

– ¿Difícil para Sólveig?

– Sí.

– ¡Qué raro!

– ¿Y eso por qué?

– Él se ahorcó, pero Sólveig difícilmente habría podido sentir pena por ello.

– ¿Qué quieres decir?

– Fue precisamente la pena de él lo que le llevó a tomar esa decisión.

– ¿La pena?

– Sí.

– ¿Qué…?

– Eso es lo que siempre he creído.

– ¿Qué pena?

– La que le causó la desaparición de su hija -dijo Elsa-. Él se ahorcó después de que ella desapareciera.

Capítulo 17

Erlendur tenía por fin algo de lo que hablarle a su hija. Había estado husmeando un buen rato en la Biblioteca Nacional y buscando noticias de los periódicos y revistas que se publicaban en Reykjavik en 1910, cuando el cometa Halley pasó cerca de la Tierra con su cola a cuestas, llena de letal ácido cianhídrico. Le habían concedido un permiso especial para hojear los periódicos directamente en vez de examinarlos en microfilm. Le encantaba mirar viejas publicaciones, oír el crujido de sus páginas y sentir el olor del papel amarillento, y percibir el tiempo que atesoraban entre sus quebradizas páginas, entonces, ahora y para la eternidad.

Ya había atardecido cuando se sentó junto a la cama de Eva Lind y empezó a hablarle de los huesos encontrados en Grafarholt. Le habló de los arqueólogos que habían creado pequeñas cuadrículas en la parte superior del lugar donde estaban los huesos, y de Skarphédinn, que tenía unos caninos tan enormes que no podía cerrar la boca del todo. Le habló de los groselleros y de lo que les había contado Róbert sobre una mujer verde y torcida. Le habló de Benjamín Knudsen y de su novia, que desapareció un día, y del efecto que tuvo la desaparición de la muchacha en el joven Benjamín, y le habló de Höskuldur, que había alquilado la casa durante la guerra, y de lo que había dicho Benjamín sobre una mujer que vivía en la colina y que había sido engendrada en el gasómetro durante la noche en que la gente creía que el mundo se iba a acabar.

– Fue el año de la muerte de Mark Twain -dijo Erlendur.

El cometa Halley se dirigía hacia la Tierra a una velocidad tremenda, y su cola estaba repleta de gases tóxicos. Si el cometa no chocaba contra la Tierra y la hacía pedazos, nuestro planeta sería atravesado por la cola, que aniquilaría toda forma de vida; los que temían lo peor se veían perecer entre el fuego y el ácido. El miedo al cometa se extendió entre el pueblo llano, no en Islandia sólo sino en el mundo entero. En Austria, en las regiones de Trieste y Dalmacia, la gente malvendió sus propiedades para conseguir dinero con el que vivir en lujo y desenfreno el breve tiempo que creían que les quedaba. En Suiza, las principales escuelas de señoritas se quedaron prácticamente vacías porque las familias pensaron que lo más conveniente era estar todos juntos cuando el cometa arrasara la Tierra. Se ordenó a los sacerdotes que dieran conferencias públicas sobre astronomía a fin de quitar el miedo a la gente.

En Reykjavik se dijo que muchas mujeres ni siquiera se levantaron de la cama por miedo al fin del mundo, y muchas estaban convencidas, con total seriedad, como contaba uno de los periódicos, de que el frío clima de aquella primavera se debía al cometa. Los ancianos recordaron que la última vez que pasó el cometa también había hecho un tiempo horrible durante todo el año.

En Reykjavik se pensaba en esos años que el futuro radicaba en el gas. Había lámparas de gas por toda la ciudad, aunque no servían para proporcionar una iluminación callejera decente, y la gente indicaba la dirección de sus casas haciendo referencia a las lámparas. Ahora se había decidido hacer mejor las cosas y construir una estación de gas moderna en las afueras de la ciudad, que serviría a las necesidades de los habitantes por un futuro indeterminado. La municipalidad decidió firmar un contrato con una empresa alemana de gas, el ingeniero Carl Francke, de Bremen, y fue al país acompañado de unos técnicos, para construir el gasómetro, que fue puesto en servicio en el otoño de 1910.