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– Tengo que ser yo quien se lo diga, John. -Esperaba una discusión y le sorprendió que no la hubiera.

– De acuerdo.

– Tienes que prometérmelo -insistió ella porque no sabía si él se cansaría en unos meses y las dejaría plantadas, no sabía si cambiaría de idea, si se arrepentiría de ser papá. Si abandonaba a Lexie después de que supiera que era su padre le rompería el corazón. Y Georgeanne sabía que experimentar el dolor del abandono de un padre era peor que no conocerlo-. Le tengo que decir yo la verdad.

– Creía que no confiábamos el uno en el otro. ¿Creerías en mi palabra?

En eso tenía razón. Georgeanne pensó en ello un momento y, al no encontrar otra alternativa, le dijo:

– Confiaré en ti si me das tu palabra.

– La tienes, pero espero que no pienses que voy a tener demasiada paciencia. Ni se te ocurra darme largas -le advirtió-. Quiero verla cuando vuelva a la ciudad.

– Ésa es la otra razón por la que vine aquí esta noche -dijo Georgeanne, levantándose de la silla-. El próximo domingo Lexie y yo pensamos hacer un picnic en Marymoor Park. Puedes venir con nosotras si no tienes otros planes.

– ¿A qué hora?

– Temprano.

– ¿Qué llevo?

– Lexie y yo llevaremos todo menos la bebida. Si quieres cerveza, tendrás que traerla, aunque preferiría que no lo hicieras.

– Bueno, eso no será un problema -dijo, levantándose también.

Georgeanne lo observó un poco sorprendida como siempre por su altura y la anchura de sus hombros.

– Iré con una amiga, así que también puedes traer a uno de tus amigos. -Luego sonrió dulcemente, y añadió-. Aunque preferiría que tu amigo no fuera una groupie del hockey.

John cambió su peso de pie y la miró ceñudo.

– Eso tampoco será un problema.

– Genial. -Ella echó a andar, pero se detuvo y se volvió para mirarlo-. Y, además, tenemos que fingir que nos gustamos.

Él clavó la mirada en ella, entrecerró los ojos y su boca se transformó en una línea recta.

– Bueno, eso -dijo secamente-, sí que será un problema.

Georgeanne colocó la sábana con motivos florares alrededor de los hombros de Lexie mirando sus ojos somnolientos. El pelo oscuro de Lexie estaba esparcido sobre la almohada y tenía las mejillas pálidas por el cansancio. Cuando era bebé, Georgeanne siempre había creído que era como un juguete de cuerda. Un momento estaba gateando por el suelo y al siguiente se tumbaba y se quedaba dormida en mitad de la cocina. Aún ahora cuando Lexie estaba cansada, se dormía rápidamente, lo que era una bendición para Georgeanne.

– Mañana haremos nuestro té después de ver Hospital General -le dijo. Había pasado una semana desde la última vez que habían podido ver juntas un episodio de su telenovela favorita.

– De acuerdo -bostezó Lexie.

– Dame un beso -le pidió Georgeanne, y cuando Lexie frunció los labios se inclinó para recibir el beso de buenas noches de su hija-. Estoy loca por ti -le dijo. Después se levantó.

– Yo también. ¿Vendrá Mae al té de mañana? -Lexie se puso de lado y restregó la cara contra la manta de los teleñecos que tenía desde que era un bebé.

– Se lo preguntaré. -Georgeanne atravesó la estancia, pasó por encima de una caravana de Barbie y un montón de muñecas desnudas-. Esta habitación es un desastre -declaró al tropezar con un bastón con serpentinas púrpuras colgando del extremo. Miró por encima del hombro y vio que Lexie ya había cerrado los ojos. Pulsó el interruptor de la luz al lado de la puerta y salió al pasillo.

Antes de que Georgeanne entrara en la salita, notó la impaciencia con que Mae la esperaba. Unas horas antes, cuando Mae había venido para cuidar a Lexie, Georgeanne le había explicado brevemente la situación con John a su amiga y socia. Y mientras esperaban a que llegara la hora de acostar a Lexie, Mae había parecido a punto de estallar de impaciencia.

– ¿Está dormida? -preguntó Mae en un susurro cuando Georgeanne entró en la habitación.

Georgeanne asintió con la cabeza y se sentó en el otro extremo del sofá donde estaba sentada Mae. Cogió un cojín bordado con flores blancas y sus iniciales y se lo colocó en el regazo.

– He estado pensando sobre todo esto -comenzó Mae-, y ahora, de repente, me encajan un montón de cosas.

– ¿Qué cosas? -preguntó, pensando que con el nuevo corte de pelo, mucho más corto, Mae se parecía ligeramente a Meg Ryan.

– Sobre cuánto odiamos las dos a los deportistas. Sabes que yo los odio por cómo trataban a mi hermano. Y siempre supuse que a ti no te gustaban porque la mayoría son medio memos -dijo al tiempo que ahuecaba las palmas de las manos delante del pecho como si sujetara un par de melones-. Siempre pensé que te habías liado con un equipo de fútbol, o algo así de asqueroso, y que por eso nunca querías hablar de eso. -Dejó caer las manos en los muslos, desnudos bajo los vaqueros cortos-. Pero nunca me imaginé que el padre de Lexie fuera un jugador de hockey. Aunque ahora todo tiene sentido, porque la niña es mucho mejor deportista que tú.

– Sí, lo es -convino Georgeanne-. Pero eso no dice mucho.

– ¿Te acuerdas cuando tenía cuatro años y le quitaste los ruedines de la bici?

– No se las quité yo, lo hiciste tú. -Georgeanne miró los ojos castaños de Mae y recordó-: Yo quería quitar sólo las del lado izquierdo, por si se caía.

– Lo sé, pero de todos modos, todas estaban dobladas hacia arriba y ninguna llegaba al suelo. No habrían servido para nada. -Mae descartó la preocupación de Georgeanne con un gesto de la mano-. Recuerdo que pensé que Lexie debía haber heredado la coordinación de su papá, porque Dios sabe que no lo hizo de ti.

– Oye, eres una antipática -se quejó Georgeanne, pero en realidad no estaba ofendida; era la pura verdad.

– Pero ni de coña me hubiera imaginado que su padre era John Kowalsky. Dios mío, Georgeanne, ¡el hombre es un «jugador de hockey»! -Pronunció las últimas palabras con el mismo desdén horrorizado que usaría para asesinos en serie o vendedores de coches usados.

– Ya lo sé.

– ¿Lo has visto jugar alguna vez?

– No. -Miró el cojín de su regazo y frunció el ceño-. Aunque he visto alguna vez los deportes en las noticias de la noche.

– ¡Yo sí lo he visto jugar! ¿Te acuerdas de Don Rogers?

– Por supuesto -dijo, frotando una pequeña mancha del cojín-. Saliste con él durante unos meses el año pasado, pero lo dejaste porque pensabas que el afecto que le profesaba a su labrador resultaba preocupante. -Hizo una pausa y miró a Mae-. ¿Has dejado que Lexie comiera en la salita? Creo que esto de aquí es chocolate.

– Olvídate del cojín. -Mae suspiró y se pasó los dedos por su corto cabello rubio-. Ese tío era un fanático de los Chinooks, así que fui a un partido con él. No podía creer lo fuerte que se golpeaban esos tíos y ninguno lo hacía más que John Kowalsky. Envió a un tío por el aire de un golpe. Luego simplemente se encogió de hombros y patinó fuera de la pista.

Georgeanne se preguntó a dónde quería llegar.

– ¿Qué tiene que ver eso conmigo?

– ¡Te acostaste con él! No me lo puedo creer. ¡No sólo es un jugador, es un imbécil!

En secreto Georgeanne estuvo de acuerdo, pero se hizo la estirada.

– Fue hace mucho tiempo. Y además, quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra, ¿no crees?

– ¿Qué se supone que quieres decir?

– Quiero decir que cualquier mujer que se haya acostado con Bruce Nelson no tiene derecho a juzgar a nadie.

Mae cruzó los brazos y se hundió más en el sofá.

– No era tan malo -se quejó.

– ¿En serio? Era el niño mimado de mamá y sólo saliste con él porque lo podías tratar mal, igual que al resto de los hombres con los que sales.