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– Ya no puedo correr más -dijo sin aliento. Para variar, su cara estaba limpia de cosméticos.

– Lo has hecho muy bien, cariño -la elogió Georgeanne-. ¿Quieres un zumo?

– No. ¿Por qué no vienes conmigo para ayudarme a volar la cometa?

– Ya hemos hablado de eso. Sabes que no puedo correr.

– Lo sé -suspiró Lexie, y se incorporó-. Se te mueven los pechos y eso te duele. -Se caló bruscamente el sombrero en la cabeza y miró a Mae-. ¿Por qué no me ayudas tú?

– Lo haría, pero no llevo sujetador.

– ¿Por qué? -quiso saber Lexie-. Mi mamá lo lleva.

– Bueno, tu mamá lo necesita, pero la tía Mae no. -Estudió a la niña un breve momento, luego preguntó-: ¿Dónde está todo el mejunje que llevas normalmente en la cara?

Lexie puso los ojos en blanco.

– No es mejunje. Es maquillaje, y mamá me ha prometido un gatito de peluche si no lo llevaba hoy.

– Yo te dije hace tiempo que incluso te compraría un gatito de verdad si no lo llevabas nunca más. Eres demasiado pequeña para ser esclava de Max Factor.

– Mamá dice que no puedo tené ni gatito, ni perro, ni nada.

– Es cierto -dijo Georgeanne y miró a Mae-. Lexie no es lo suficientemente mayor para hacerse responsable de una mascota y no quiero tener que hacerlo yo. Dejemos el tema antes de que Lexie empiece de nuevo con él. -Georgeanne hizo una pausa, luego dijo en un susurro-: Creo que puede llegar a obsesionarse como con… bueno, ya sabes.

Sí, Mae lo sabía y creía que Georgeanne actuaba bien al no decirlo en voz alta, recordándoselo a Lexie. Durante los últimos seis meses, Lexie le había estado dando la lata a Georgeanne para que le diera un hermanito o hermanita. Y había vuelto loco a todo el mundo, y Mae no quería que le calentara más las orejas con el tema de los bebés. La niña ya estaba bastante obsesionada con poseer una mascota y era una hipocondríaca certificada desde que nació, lo cual era cien por cien culpa de Georgeanne que desde siempre había puesto el grito en el cielo con cada uno de sus arañazos.

Mae cogió el té y lo tenía a medio camino de los labios cuando lo volvió a bajar. Dos hombres muy grandes y atléticos caminaban hacia ellas. Reconoció al que llevaba una camisa sin cuello blanca dentro de los vaqueros descoloridos como a John Kowalsky. No reconoció al otro hombre, que era ligeramente más bajo y menos corpulento.

Los hombres grandes y fuertes siempre habían intimidado a Mae y no sólo por su metro cincuenta y cinco y su poco peso. El estómago le dio un vuelco y pensó que si ella estaba nerviosa, Georgeanne estaría próxima al infarto. Miró a su amiga y vio que los miraba alterada.

– Lexie, levántate y límpiate la hierba del vestido -dijo Georgeanne con lentitud. Le temblaba la mano cuando ayudó a su hija a ponerse de pie.

Mae había visto a Georgeanne perturbada, pero nunca tanto como hasta ahora.

– ¿Estás bien? -susurró.

Georgeanne asintió con la cabeza y Mae observó cómo componía una sonrisa y se metía de lleno en el papel de anfitriona.

– Hola, John -dijo Georgeanne cuando los dos hombres se acercaron-. Espero que no tuvieses problemas para encontrarnos.

– No -contestó él, deteniéndose justo delante de ellas-. Ninguno. -Tenía los ojos ocultos por unas caras gafas de sol y los labios apretados en una línea. Durante unos embarazosos segundos, sólo se quedaron mirándose el uno al otro. Luego Georgeanne centró la atención en el otro hombre, al que Mae le echaba un metro ochenta y cinco-. Debes de ser el amigo de John.

– Hugh «Cavernícola» Miner -sonrió y le tendió la mano.

Mientras Georgeanne le estrechaba la mano, Mae estudió a Hugh. Con un vistazo superficial decidió que su sonrisa era demasiado agradable para un hombre con esos ojos de un intenso color avellana. Era demasiado grande, demasiado guapo y su cuello era demasiado grueso. No le gustó.

– Me alegro de que pudieras reunirte hoy con nosotros -dijo Georgeanne al soltar la mano de Hugh, luego presentó los dos hombres a Mae.

John y Hugh la saludaron al mismo tiempo. Mae, que no era tan buena ocultando sus sentimientos como Georgeanne, intentó sonreír. Pero no consiguió más que un ligero tirón del labio.

– Éste es el señor Miner y ya recuerdas al señor Kowalsky, ¿no es cierto, Lexie? -inquirió Georgeanne, continuando con las presentaciones.

– Sí. Hola.

– Hola, Lexie. ¿Cómo estás? -preguntó John.

– Pues -empezó Lexie con un suspiro melodramático-, ayer me lastimé el dedo del pie en el porche delantero de casa y me golpeé el codo muy fuerte con la mesa, pero ahora estoy mejor.

John se metió las manos en los bolsillos delanteros de los vaqueros. Miró a Lexie y se preguntó qué le decían los padres a las niñas que se lastimaban los dedos y se golpeaban los codos.

– Me alegra oír que estás mejor -fue todo lo que se le ocurrió decir. No podía pensar en nada más y se la quedó mirando. Se dio el gusto de observarla como había querido hacer desde que supo que era su hija. Le examinó la cara, sin lápiz de labios ni sombra de ojos era como si en realidad la viera por primera vez. Vio las diminutas pecas color café que le salpicaban la pequeña nariz recta. Tenía la piel tan suave como la crema y los mofletes rosados como si hubiera estado corriendo. Los labios eran carnosos como los de Georgeanne, pero sus ojos eran como los de él, con las mismas pestañas negras que había heredado de su madre.

– Teno una cometa -dijo ella.

Los rizos oscuros le caían desde el sombrero vaquero con un gran girasol.

– ¿Sí? Qué bien -dijo, preguntándose de qué demonios podía hablar con ella. Estaba con niños a menudo. Bastantes jugadores del equipo llevaban a sus hijos a los entrenamientos y nunca había tenido problemas para hablar con ellos. Pero por alguna razón ahora no podía pensar en nada de qué hablar con su hija.

– Bien, hace un día precioso para un picnic -dijo Georgeanne y Lexie se volvió hacia ella-. Hemos traído un pequeño almuerzo. Espero que los chicos tengáis hambre.

– Yo estoy hambriento -confesó Hugh.

– ¿Y tú, John?

Cuando Lexie caminó hacia su madre, John notó las manchas de la hierba en la parte trasera del vestido vaquero.

– ¿Yo qué? -preguntó, levantando la vista.

Georgeanne se colocó al otro lado de la mesa y lo miró.

– ¿Tienes hambre?

– No.

– ¿Quieres un vaso de té helado?

– No. No quiero té.

– Bien -dijo Georgeanne con una sonrisa vacilante-. Lexie, ¿le das un plato a Mae y otro a Hugh mientras sirvo el té?

Era obvio que su respuesta había irritado a Georgeanne, pero no le importaba en absoluto. Sentía los mismos temblores que antes de los partidos. Lexie lo asustaba como un demonio, y no sabía por qué.

En su vida se había enfrentado a cientos de defensas de la NHL. Se había roto la muñeca y el tobillo, la clavícula dos veces, le habían dado cinco puntos en la ceja izquierda, seis en la cabeza y catorce en el interior de la boca. Y ésas eran sólo las lesiones que podía recordar en ese momento. Después de recuperarse de cada una de ellas había agarrado el stick y había patinado de vuelta al hielo, sin miedo.

– Señor «Muro», ¿le gustaría tomar un zumo? -preguntó Lexie mientras se subía al banco.

Él miró la parte de atrás de las rodillas y las flacas piernas mientras sentía cómo si alguien le hubiera dado un codazo en la barriga.

– ¿De qué es el zumo?

– Frambuesa o fresa.

– Frambuesa -contestó. Y Lexie se bajó de un salto y corrió alrededor de la mesa hacia la nevera.?

– Oye, «Muro», deberías probar estos rollitos de salmón -aconsejó Hugh, llenándose la boca mientras se colocaba frente a John y al lado de Georgeanne.