Ella negó con la cabeza, disgustada.
– Estás enfermo, John Kowalsky. Si puedes apartar los ojos del escote de mi vestido y la mente de la bragueta, tenemos algo más importante que discutir que esas absurdas fantasías tuyas.
John se balanceó sobre los talones y la miró a la cara. Él no estaba enfermo. Al menos eso creía. No estaba tan enfermo como algunos tíos que conocía.
Georgeanne ladeó la cabeza.
– Quiero que recuerdes lo que me prometiste.
– ¿Qué promesa?
– No decir a Lexie que eres su padre. Se lo tengo que decir yo.
– Vale -dijo él, quitándose las gafas de sol bruscamente para meter media patilla en el bolsillo delantero de los vaqueros y dejar que le colgaran sobre la cadera-. Quiero recordarte que Lexie y yo vamos a conocernos. A solas. La llevo a volar la cometa y no lo haremos en diez minutos.
Ella se lo pensó un momento, luego dijo:
– Lexie es demasiado tímida. Me necesitará.
John dudaba que Lexie tuviera ni una pizca de timidez en todo su pequeño cuerpo.
– No digas estupideces, Georgie.
Georgeanne entrecerró los ojos verdes.
– Pero no vayas donde no te pueda ver.
– Qué crees que voy a hacer, ¿secuestrarla?
– No -dijo ella, pero John sabía que ella no confiaba en él más de lo que él confiaba en ella y podía comprender lo que sentía.
– No iremos demasiado lejos. -Él se volvió hacia los demás. Le había contado a Hugh todo sobre Georgeanne y Lexie, y sabía que podía contar con la discreción de su amigo-. ¿Estás lista, Lexie? -preguntó.
– Sí. -Estaba parada con la cometa en la mano. Luego los dos se dirigieron hacia un extenso espacio cubierto de hierba donde estaba la gente que lanzaban los Frisbees. Después de que Lexie enredara los pies en la cola de la cometa por segunda vez, John se la cogió. La coronilla de la niña apenas le llegaba a la cintura y se sintió enorme al andar a su lado. Por segunda vez ese día no supo qué decir y apenas abrió la boca. Pero en ese momento tampoco necesitaba hablar.
– El año pasado, cuando era pequeña y estaba en la guardería… -Su hija empezó a hablar, y procedió a nombrarle cada niño de su clase, a contarle si poseían o no una mascota y a describir de qué raza eran.
»Y tene tres perros. -Sostuvo en alto tres dedos-. Y eso no es justo.
John miró por encima del hombro, calculó que habían caminado unos cien metros y se detuvo.
– Creo que éste es un buen sitio.
– ¿Tene perro?
– No. No tengo perro. -Él le cogió el carrete de la cometa y empezó a soltar cuerda.
Ella meneó la cabeza con tristeza.
– Yo tampoco teno, pero quiero un dálmata -dijo, sujetando cada lado del mango-. Uno grande con montones de lunares.
– Mantén la cuerda tirante. -Sujetó la cometa rosa por encima de la cabeza y sintió el tirón suave de la brisa.
– ¿No teno que correr?
– No, hoy no. -Él movió la cometa a la izquierda y el viento la arrastró con más fuerza-. Ahora camina hacia atrás, pero no sueltes la cuerda hasta que te diga. -Ella asintió con la cabeza y parecía tan seria que casi se rió.
Después de diez intentos, la cometa se levantó unos seis metros en el aire.
– Ayúdeme. -Ella estaba asustada y levantaba la cara hacia el cielo-. Se va a caer otra vez.
– Esta vez no -le aseguró mientras iba hacia ella-. Y si lo hace, la volveremos a izar.
Ella sacudió la cabeza y se le cayó el sombrero vaquero al suelo.
– Se volverá a caer. Lo sé. ¡Cójala! -Le pasó con brusquedad el carrete.
John se arrodilló sobre una pierna a su lado.
– Puedes hacerlo -le dijo, y cuando ella se recostó contra su pecho, él sintió que el corazón se le detenía unos momentos-. Tienes que ir soltando la cuerda lentamente. -John se quedó mirando su cara mientras ella miraba cómo la cometa se elevaba más alto. Su expresión pasó rápidamente del temor al deleite.
– Lo hice -susurró ella y lo miró por encima del hombro.
Su aliento suave le rozó la mejilla y se le metió rápidamente en lo más profundo del alma. Un momento antes se le había detenido el corazón. Ahora se le hinchó. Sintió como si un globo se le estuviera inflando bajo el esternón haciéndose cada vez más grande, y tuvo que apartar la mirada. Miró a otras personas volando cometas a su alrededor. Miró a los padres, a las madres y a los niños. Familias. De nuevo era padre. «Pero ¿por cuánto tiempo esta vez?», era la cínica pregunta que le hacía el subconsciente.
– Lo hice, señor «Muro» -susurró, como si levantar la voz fuera a hacer que su cometa chocara con el suelo.
Volvió a mirar a su hija.
– Mi nombre es John.
– Lo hice, John.
– Sí, lo hiciste.
Ella sonrió.
– Me gustas.
– Tú también me gustas, Lexie.
Ella contempló su cometa.
– ¿Tenes niños?
La pregunta lo cogió por sorpresa y esperó un momento antes de contestar:
– Sí. -No iba a mentirle, pero no estaba preparada para oír la verdad y, por supuesto, se lo había prometido a Georgeanne-. Tuve un niñito, pero murió cuando era un bebé.
– ¿Por qué?
John levantó la mirada hacia la cometa.
– Suelta un poco más de cuerda. -Cuando Lexie siguió su consejo, dijo-: Nació demasiado pronto.
– Oh, ¿a qué hora?
– ¿Qué? -Escrutó la pequeña cara que estaba tan cerca de él.
– ¿Que a qué hora nació?
– Cerca de las cuatro de la madrugada.
Ella asintió con la cabeza como si eso lo explicara todo.
– Sí, demasiado temprano. Los médicos debían estar todavía dormidos. Yo nací por la tarde.
John sonrió, sorprendido con su lógica. Era obvio que era muy brillante.
– ¿Cómo se llamaba?
– Toby -«y era tu hermano mayor».
– Ése es un nombre raro.
– Me gustaba -dijo, notando cómo se relajaba un poco por primera vez desde que había entrado en el parque con el coche.
Lexie se encogió de hombros.
– Quiero tener un niño, pero mi mamá dice que no.
John se decidió a acomodarla más contra su pecho y todo pareció encajar perfectamente en su lugar como un lanzamiento suave: jugada, golpe, anotación. Colocó las manos a cada lado del mango junto a las de ella y se relajó un poco más. Le rozó con la barbilla la suave sien cuando le dijo:
– Bueno, es que eres demasiado pequeña para tener un niño.
Lexie soltó una risita tonta y negó con la cabeza.
– ¡Yo no! Mi mamá. Quiero que mi mamá tenga un niño.
– Y ella dijo que no, ¿eh?
– Sí, porque no tiene marido, pero podría tenerlo si lo intentara de verdad.
– ¿Un marido?
– Sí, y así también podría tener un niño. Mi mamá dice que fue al huerto y me recogió como si fuera una zanahoria, pero eso no es cierto. Los bebés no salen de los huertos.
– ¿De dónde vienen?
Ella le golpeó la barbilla cuando levantó la mirada hacia él.
– ¿No lo sabes?
Hacía mucho tiempo que lo sabía.
– Por qué no me lo dices tú.
Ella se encogió de hombros y volvió a mirar la cometa.
– Bueno, un hombre y una mujer se casan y luego van a casa y se tumban sobre la cama. Cierran sus ojos muy, pero que muy fuerte y piensan en serio, pero muy en serio en la idea. Y luego un bebé entra en la barriga de la mamá
John se rió, no pudo evitarlo.
– ¿Tu mamá sabe que piensas que los bebés son concebidos por telepatía?
– ¿Cómo?
– No me hagas caso. -Había oído o leído en alguna parte que los padres debían hablar con sus hijos sobre sexo a una edad temprana-. Tal vez sea mejor que le digas a tu mamá que sabes que los bebés no crecen en los huertos.
Lo pensó algunos momentos antes de decir:
– No. A mi mamá le gusta contar esa historia algunas veces por la noche. Pero ya le dije que soy demasiado mayor para creer en el Ratoncito Pérez.