Él trató de sonar conmocionado.
– ¿No crees en el Ratoncito Pérez?
– No.
– ¿Por qué no?
Ella lo miró como si fuera estúpido.
– Porque no tene manos donde llevar las monedas.
– Ah… eso es cierto. -Otra vez se quedó impresionado por su lógica de seis años-. Entonces supongo que también eres demasiado mayor para creer en Papá Noel.
Ella se quedó boquiabierta, totalmente escandalizada.
– ¡Papá Noel es de verdad!
Él había supuesto que el mismo razonamiento que había aplicado a los ratones sin manos, se lo podía haber aplicado a un reno que volara, o a un hombre gordo que bajara por la chimenea, o a los pequeños duendes alegres que se pasaban haciendo juguetes trescientos sesenta y cuatro días al año.
– Suelta más cuerda de la cometa -le dijo, luego él se relajó. Escuchó su parloteo incesante y observó pequeños detalles sobre ella. Observó cómo la brisa le revolvía el pelo suave y percibió la forma en que encogía los hombros y levantaba los dedos hasta los labios cada vez que soltaba una risita tonta. Y se reía bastante. Sus temas favoritos eran obviamente animales y bebés. Tenía una gran tendencia al melodrama y no quedaba la menor duda de que era una hipocondríaca.
– Me raspé la rodilla -le dijo después de recitar la larga lista de lesiones que había sufrido recientemente. Se subió el vestido por los flacos muslos, levantó una pierna delante de ella y se tocó con un dedo una tirita de color verde fosforito-. Y me lastimé el dedo del pie -añadió, apuntando una tirita rosa visible bajo su sandalia de plástico-. Amy se lastimó el suyo. ¿Tú tenes pupas?
– ¿Pupas? Hum… -Lo pensó un momento, luego confesó-: Me corté la barbilla con la maquinilla esta mañana.
Sus ojos se cruzaron con los de ella cuando le miró la barbilla.
– Mi mamá tene una tirita. Lleva montones de tiritas en el bolso. Te puedo traer una.
Se vio a sí mismo con una tirita rosa fosforito.
– No. No, gracias -declinó, y comenzó a tomar nota de otras peculiaridades de Lexie, como que decía tene o teno en vez de «tiene» o «tengo». Centró en ella toda su atención e imaginó que eran las dos únicas personas en el parque. Pero por supuesto, no lo eran, y no tardaron en acercarse dos niños. Tenían alrededor de trece años y ambos llevaban puestos pantalones cortos negros y abolsados, grandes camisetas y gorras de béisbol con las viseras hacia atrás.
– ¿No eres John Kowalsky?
– Sí lo soy -dijo, poniéndose en pie. Normalmente no le importaba la fama, especialmente si se le acercaban niños a los que les gustaba hablar de hockey. Pero hoy hubiera preferido que nadie lo reconociera. Aunque debía haberlo sabido. Después de la última temporada, los Chinooks eran más conocidos y populares que nunca. Junto con Ken Griffey y Bill Gates, era la cara más reconocida del estado de Washington, especialmente después de aparecer en esas vallas publicitarias que había hecho para la Asociación de Productos Lácteos.
Sus compañeros de equipo se habían metido con él todo lo que habían querido y más por su bigote blanco de leche y, aunque había fingido que no era así, le habían dado arcadas cada vez que había pasado por delante de una de esas vallas publicitarias. Pero John había aprendido hacía mucho tiempo a no tomar en serio toda la fama que llevaba consigo ser una celebridad del hockey.
– Te vimos jugar contra los Black Hawks -dijo el niño que tenía estampada una foto de snowboard en la camiseta-. Me encantó la forma en que placaste a Chelios en el centro del hielo. Tío, ¡voló!
John también recordaba ese partido. Él había recibido tarjeta amarilla y una magulladura del tamaño de un melón. Había dolido como el demonio, pero eso formaba parte del juego. Era parte de su trabajo.
– Me alegra oír que lo disfrutaste -le dijo y observó esos jóvenes ojos. Lo incomodó la adoración que vio allí. Siempre le sucedía-. ¿Juegas al hockey?
– Sólo en la calle -contestó el otro niño.
– ¿Dónde? -Él buscó a Lexie y la cogió de la mano para que no se sintiera al margen de la conversación.
– En la escuela primaria de mi barrio. Nos juntamos un montón de chicos para jugar.
Mientras los niños le ponían al tanto de sus juegos en la calle, advirtió que una joven caminaba hacia ellos. Sus pantalones vaqueros eran tan ceñidos que tenían que estar haciéndole daño y la parte inferior de su top no le llegaba al ombligo. John podía detectar a una groupie en busca de sexo a cincuenta pasos. Estaban siempre alrededor. Esperando en el vestíbulo del hotel, fuera de los vestuarios o junto al autobús del equipo. Las mujeres que ambicionaban acostarse con celebridades eran fáciles de distinguir entre una multitud. Se percibía en la forma en que caminaban y movían el pelo. En la mirada decidida de sus ojos.
Esperó que la mujer pasara de largo.
No lo hizo.
– David, tu mamá quiere que vayas -dijo, deteniéndose al lado de los dos niños.
– Dile que voy en un segundo.
– Dijo que fueras ahora.
– ¡Mierda!
– Me alegro de haberte visto, tío. -John extendió la mano para estrechársela-. La próxima vez que vayas a un partido, espérame fuera del vestuario y te presentaré a alguno de los chicos.
– ¿En serio?
– ¡Claro!
Cuando los niños se iban, la mujer se quedó rezagada. John soltó la mano de Lexie y la miró mientras decía:
– Es hora de recoger la cuerda de la cometa y bajarla. Tu mamá se preguntará qué nos pasó.
– ¿Eres John Kowalsky?
Él miró a la mujer.
– El mismo -contestó con un tono de voz que dejaba a las claras que no estaba interesado en tener compañía. Era bastante bonita, pero estaba muy delgada y tenía la falsa apariencia de las rubias teñidas como si hubiera tomado el sol demasiado tiempo. La determinación endureció los ojos azules de la chica y vio que se iba a tener que poner rudo con ella.
– Bueno, John -le dijo, y las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba con lentitud en una sonrisa seductora-. Soy Connie. -Lo repasó con los ojos de pies a cabeza-. Estás muy bien en vaqueros.
Creía haber oído esa frase antes, pero ya hacia tiempo y no podía recordar dónde con exactitud. Vamos, no sólo era que estuviera haciéndole perder el tiempo que quería pasar a solas con Lexie, sino que, encima, ni siquiera era original.
– Pero me gustaría verte mejor. ¿Por qué no te los quitas?
John lo recordó en ese momento. La primera vez que la había oído tenía veinte años y acababa de fichar por el Toronto. Lo más seguro es que hubiera sido lo suficientemente estúpido para picar.
– Creo que los dos deberíamos seguir con los pantalones puestos -le dijo y se preguntó por qué los hombres eran el único género al que acusaban de utilizar frases hechas para ligar. Las mujeres lo hacían exactamente igual de mal y eran mucho más insinuantes.
– De acuerdo. Pero me pido lo que hay aquí dentro -y paseó la punta de una uña roja a lo largo de su pretina, acariciándolo.
John extendió la mano para quitarse el dedo de encima, pero Lexie se encargó del problema. Ella golpeó la mano de la mujer para quitarla y se metió entre ellos.
– No se toca ahí -dijo Lexie, mirando encolerizadamente a Connie-. Te puedes meter en problemas muy grandes.
La sonrisa de la mujer vaciló mientras miraba hacia abajo.
– ¿Es hija tuya?
John se rió entre dientes, divertido por la expresión feroz de Lexie. Le hubiera venido bien su protección con anterioridad, especialmente en City of Brotherly Love, donde las groupies podían ser bastante peligrosas para los chicos del equipo. Pero nunca lo había protegido una chica y mucho menos una de metro veinte.
– Su madre es amiga mía-dijo con una gran sonrisa.