Volvió a mirar a John y se echó el pelo sobre la espalda.
– ¿Por qué no la mandas con su mamá y tú y yo nos damos un paseíto en mi coche? Tengo un gran asiento trasero.
Algo que se hacía con rapidez en el asiento trasero de un Buick ni siquiera despertaba su curiosidad.
– No me interesa.
– Te haré cosas que ninguna mujer te ha hecho.
John lo dudaba seriamente. Creía que había hecho de todo al menos una vez; la mayoría de las cosas las había hecho dos veces sólo para asegurarse. Colocó la mano en el hombro de Lexie y barajó varias maneras diferentes de decirle a Connie que se perdiera. Pero con su hija tan cerca, tenía que tener cuidado de cómo la rechazaba.
Al acercarse Georgeanne le solucionó el problema.
– Espero no interrumpir nada -dijo con voz dulce.
Él recurrió a Georgeanne y le rodeó la cintura con un brazo. Con la mano en su cadera escrutó su cara sorprendida y sonrió.
– Sabía que no podrías mantenerte alejada.
– ¿John? -Ella se quedó sin aliento.
En vez de responder a la pregunta implícita en su tono, levantó la mano del hombro de Lexie y señaló a la mujer rubia.
– Georgie, cariño, ésta es Connie.
Georgeanne esbozó a duras penas una de sus falsas sonrisas y dijo:
– Hola, Connie.
Connie le echó un vistazo a Georgeanne, luego se encogió de hombros.
– Pudo haber sido maravilloso -le dijo a John y se marchó.
Tan pronto como Connie se dio la vuelta, John observó cómo los voluptuosos labios de Georgeanne se apretaban en una línea dura. Lo miraba como si quisiera darle un codazo.
– ¿Estás colocado?
John sonrió y le susurró al oído.
– Se supone que somos amigos, ¿recuerdas? Sólo cumplo con mi parte.
– ¿Y vas por ahí manoseando a todos tus amigos?
John se rió. Se rió de ella, de la situación en sí, pero sobre todo se rió de sí mismo.
– Sólo a las que tienen bonitos ojos verdes y unas bocas tan besables. Deberías recordarlo.
Capítulo 10
Esa noche después del picnic, Georgeanne sentía las emociones a flor de piel. Tratar con John le había destrozado los nervios, y lo cierto era que Mae no había ayudado ni un poquito. En lugar de servir de apoyo, Mae había estado todo el tiempo insultando a Hugh Miner que encima parecía disfrutar con los insultos. Hugh había comido con buen apetito, se había reído con tolerancia y había provocado a Mae, que se desquitó con él hasta el punto de que Georgeanne se había llegado a preocupar por su seguridad.
Ahora todo lo que Georgeanne quería era tomar un buen baño caliente, una mascarilla de pepino y una esponja exfoliante. Pero todo eso tendría que esperar a que le confesara a Charles la situación. Si quería tener algún tipo de futuro con él, le tenía que contar todo lo referente a John. Tenía que decirle que le había mentido sobre el padre de Lexie. Y tenía que hacerlo esa noche. Aunque no le agradara la conversación, estaba deseando acabar de una vez.
Sonó el timbre de la puerta e invitó a Charles a pasar.
– ¿Dónde está Lexie? -preguntó él, recorriendo el salón con la mirada. Parecía cómodo y relajado con unos chinos y un polo blanco. Las hebras plateadas en sus sienes le daban un aire de dignidad a su bien parecida cara.
– Ya está en la cama.
Charles sonrió y ahuecando la cara de Georgeanne con las manos le dio un beso largo y agradable. Un beso que le ofrecía más que tórrida pasión. Más que una función de una sola noche.
El beso acabó y Charles le escrutó los ojos.
– Sonabas preocupada por teléfono.
– Es que lo estoy, un poco -confesó. Lo tomó de la mano y se sentaron juntos en el sofá-. ¿Recuerdas que te dije que el padre de Lexie estaba muerto?
– Sí, abatieron su F-16 durante la Guerra del Golfo.
– Bueno, puede que haya embellecido un poquito la historia, eh…, en realidad, la embellecí bastante -respiró hondo y le contó todo lo que concernía a John. Empezó con su encuentro hacía siete años y acabó con el picnic de aquella tarde. Cuando terminó, Charles no parecía contento y Georgeanne temió haber estropeado su relación.
– Podías haberme dicho la verdad desde el principio -dijo.
– Puede, pero esa mentira ha pasado a formar parte de mi vida, ni siquiera me planteaba si era verdad o no. Además, cuando me encontré de nuevo con John, pensé que se aburriría y se cansaría de jugar a ser papá, entonces no tendría que decírselo ni a Lexie ni a nadie.
– ¿Y ahora no crees que se vaya a cansar de Lexie?
– No. Hoy en el parque estuvo muy atento con ella y quiso que quedáramos de nuevo para llevarla a la exhibición de Central Science Pacific la semana que viene. -Ella sacudió la cabeza-. No, no creo que se vaya a aburrir.
– ¿Y cómo te afectará eso?
– ¿A mí? -preguntó, mirándole a los ojos grises.
– Forma parte de tu vida. Lo verás de vez en cuando.
– Claro. También tu ex esposa forma parte de la tuya.
Él bajó la mirada.
– No es lo mismo.
– ¿Por qué?
Él esbozó una media sonrisa.
– Porque encuentro a Margaret muy poco atractiva. -No estaba enfadado. Estaba celoso, tal y como había predicho Mae-. Y John Kowalsky es un tío muy guapo.
– Tú también lo eres.
Charles le cogió la mano.
– Tienes que decirme si voy a tener que competir con un jugador de hockey.
– No seas ridículo. -Georgeanne se rió ante tal disparate-. John y yo nos odiamos mutuamente. En una escala del uno al diez, le pongo menos treinta. Es como la peste.
Él sonrió y la acercó a su lado.
– Tienes una forma única de expresarte. Es una de las cosas que más me gustan de ti.
Georgeanne apoyó la frente en su hombro y suspiró aliviada.
– Tenía miedo de perder tu amistad.
– ¿Es eso lo que soy para ti? ¿Un amigo?
Lo miró.
– No.
– Bien. Quiero de ti algo más que amistad. -Le rozó la frente con los labios-. Podría enamorarme de ti.
Georgeanne sonrió y deslizó la mano desde el pecho al cuello de Charles.
– Yo también podría enamorarme de ti -le dijo, luego lo besó. Charles era exactamente el tipo de hombre que necesitaba. Honesto y sensato. Aunque las frenéticas carreras y las vidas ocupadas de ambos no les permitían estar tanto tiempo juntos y a solas como desearían. Georgeanne trabajaba los fines de semana y si tenía una noche libre se quedaba con Lexie. Charles no solía trabajar ni las tardes ni los fines de semana. Con aquellos horarios tan difíciles sólo podían quedar para almorzar. Tal vez fuera el momento de cambiar eso. Tal vez fuera hora de quedar para desayunar. Solos. En el Hilton. En la suite 231.
Georgeanne cerró la puerta de su oficina, dejando fuera el zumbido de las batidoras y las voces de sus empleados. Al igual que su casa, la oficina que compartía con Mae estaba llena de flores y lazos. Y fotos. Había docenas de fotos por toda la habitación. La mayoría eran de Lexie, algunas de Mae y Georgeanne juntas en diferentes encargos de caterings. Tres eran de Ray Heron. El difunto hermano gemelo de Mae aparecía muy arreglado en dos de las fotos, mientras que en la tercera llevaba unos vaqueros y un suéter fucsia. Georgeanne sabía que Mae añoraba a su gemelo y que pensaba en él a diario, pero también sabía que el dolor de Mae ya no era tan profundo como había sido. Lexie y ella habían llenado el lugar que había quedado vacío tras la muerte de Ray, y Mae se había convertido en una hermana para ella y una tía para Lexie. Las tres formaban una familia.
Se acercó a la ventana y levantó la persiana dejando entrar la luz del sol de la tarde. Colocó un contrato de tres páginas sobre el escritorio y se sentó. No esperaba a Mae hasta más tarde y Georgeanne aún tenía una hora libre antes de la comida con Charles. Se concentró en la lectura de las detalladas listas releyéndolas varias veces para asegurarse de que no se perdía nada importante. Cuando llegó al meollo del asunto, agrandó los ojos con sorpresa y se cortó un dedo con el borde del papel. Si la señora Fuller quería que su fiesta de cumpleaños de septiembre tuviera un aire medieval, no cabía duda de que iba a tener que pagar mucho dinero. Se chupó el dedo distraídamente y releyó el presupuesto de esa comida tan rara. Tendrían que contratar a la Sociedad Medieval y transformar el patio trasero de la señora Fuller en una feria medieval. Supondría un montón de dinero y trabajo.