Georgeanne bajó la mano y suspiró profundamente mientras ojeaba el menú especial. Normalmente le encantaban ese tipo de retos. Se divertía ideando acontecimientos extraordinarios y planificando menús inusuales. Amaba la sensación de triunfo que obtenía al final cuando todo estaba recogido y guardado en las furgonetas. Pero en ese momento no se sentía así. Estaba cansada y no estaba demasiado dispuesta a servir un catering para más de cien personas. Esperaba estar a punto en septiembre. Tal vez entonces su vida estaría más tranquila, ya que durante las últimas dos semanas, desde el día que John había vuelto a su vida, se había sentido como en una montaña rusa. Desde el picnic en el parque, él las había llevado al Acuario de Seattle y también al restaurante favorito de Lexie, el Iron Horse. En las dos ocasiones la tensión había sido palpable, pero al menos en las oscuras estancias del acuario, Georgeanne no había tenido que pensar en nada más agobiante que tiburones y focas. En el Iron Horse había sido diferente. Mientras esperaban que les llevaran las hamburguesas -que llegaron a la mesa transportadas por un trenecito-, los intentos de una conversación educada habían sido nefastos. Se pasó todo el tiempo conteniendo el aliento y esperando todo tipo de pullas. La única vez que sintió que podía respirar fue cuando unos admiradores se acercaron a la mesa para pedir el autógrafo de John.
Si las cosas estaban tensas entre Georgeanne y John, Lexie no parecía notarlo en absoluto. Lexie había conectado de inmediato con su padre, lo que no extrañó a Georgeanne. La niña era amistosa, extrovertida y le gustaba estar con la gente. Sonreía, se reía con facilidad y daba por supuesto que todo el mundo pensaba que ella era lo más maravilloso que había sucedido en el mundo desde la invención del velero. Y era más que evidente que John estaba de acuerdo con ella. La escuchaba con atención, incluso cuando repetía las mismas historias sobre perros y gatos una y otra vez, y reía el chiste del elefante que ni era bueno ni, por supuesto, gracioso.
Georgeanne dejó a un lado el contrato y cogió la cuenta del electricista que había estado arreglando durante dos días la ventilación de la cocina. Estaba decidida a que esa situación con John no la alterara. Lexie se comportaba de igual manera con John que con Charles. Pero había un riesgo con John que no existía con ningún otro hombre. John era el padre de Lexie y Georgeanne temía lo que implicaba esa relación. Era una relación que no podía compartir. Una relación que nunca había conocido, que nunca entendería y que sólo podía observar desde lejos. John era el único hombre que podía amenazar el lazo de unión entre Georgeanne y su hija.
Sonó un golpe en la puerta al mismo tiempo que se abría. Georgeanne levantó la vista para ver cómo su cocinera jefe asomaba la cabeza por el quicio de la puerta. Sarah había sido una buena estudiante universitaria y era una estupenda chef de repostería.
– Ha llegado un hombre que quiere verte.
Georgeanne reconoció la chispa de excitación en los ojos de Sarah. En las últimas dos semanas la había visto en multitud de mujeres. Seguida frecuentemente de risitas tontas, actuaciones ridículas y peticiones de autógrafos. La puerta se abrió de par en par y pudo ver detrás de Sarah al hombre que reducía a las mujeres a ese bochornoso comportamiento. Un hombre que para su sorpresa llevaba puesto un esmoquin.
– Hola, John -lo saludó mientras se ponía de pie. Él entró en la oficina llenando la pequeña habitación femenina con su tamaño y presencia viril. La corbata de seda negra colgaba suelta sobre la pechera de la plisada camisa blanca. El botón superior estaba desabrochado-. ¿Qué puedo hacer por ti?
– Andaba por el barrio y me dejé caer por aquí -contestó, encogiendo los hombros.
– ¿Necesitáis algo? -preguntó Sarah.
Georgeanne se acercó a la puerta.
– Por favor toma asiento, John -le dijo por encima del hombro. Miró afuera, a la cocina, donde sus empleados no se molestaban en ocultar su interés-. No, gracias Sarah -le dijo y les cerró la puerta en las narices. Se dio la vuelta y evaluó la apariencia de John con una mirada. Llevaba la chaqueta colgando de un hombro. En contraste con la camisa inmaculadamente blanca, unos tirantes negros surcaban el ancho pecho formando una «Y» por la parte de atrás. Estaba tan bueno como para mojar pan.
– ¿Quién es? -preguntó John, sujetando una foto en un marco de porcelana. En ella, Ray Heron estaba de perfil y llevaba una peluca de paje y un kimono rojo. Aunque Georgeanne no había conocido a Ray, admiraba mucho la habilidad que mostraba con el lápiz de ojos y el gran sentido del color que poseía para lo dramático. No existían demasiadas mujeres -ni hombres- que defendieran con elegancia esa sombra de color rojo en particular.
– Es el hermano gemelo de Mae -contestó mientras se sentaba detrás del escritorio otra vez. Esperaba que dijera algo peyorativo y cruel. Pero no lo hizo. Se limitó a arquear una ceja y volvió a poner la foto donde estaba.
De nuevo Georgeanne observó lo fuera de lugar que se le veía en su ambiente. No encajaba. Era demasiado grande, demasiado masculino y demasiado guapo.
– ¿Tienes pensado casarte? -bromeó con él mientras se sentaba.
Él echó un vistazo alrededor, luego depositó la chaqueta en el respaldo de una silla.
– ¡Demonios no! Esto no es mío. -Apartó la silla del escritorio y se sentó-. Vengo de Pioneer Square donde me estaban haciendo una entrevista -le explicó con aire despreocupado, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón.
Pioneer Square estaba más o menos a dos kilómetros del negocio de Georgeanne. No se encontraban precisamente en el mismo barrio.
– Bonito traje. ¿De quién es?
– No lo sé. La revista lo ha alquilado.
– ¿Qué revista?
– GQ. Querían un par de fotos delante de la cascada -le contestó con tanta despreocupación que Georgeanne se preguntó si no se estaría haciendo el indiferente-. Necesitaba un rato de descanso así que me largué. ¿Tienes unos minutos?
– Unos cuantos -contestó, mirando el reloj del escritorio-. Pero tengo un catering a las tres.
Él ladeó la cabeza.
– ¿Cuántos caterings servís en una semana?
«¿Por qué estaría preguntando?».
– Depende de la semana -contestó, evadiendo la pregunta con toda intención-. ¿Por qué?
John recorrió la oficina con la mirada.
– Parece que te va muy bien.
No se fió de él ni por un segundo. Quería algo.
– ¿Te sorprende?
Él volvió a mirarla.
– No lo sé. Supongo que nunca creí que llegarías a ser una mujer de negocios. Siempre pensé que habrías vuelto a Texas y te habrías casado con algún tío rico.
Esa suposición tan poco halagadora la irritó, pero no podía negar que estaba justificada.
– Como ves, no ha sido eso lo que pasó. Me quedé aquí y nos las arreglamos para sacar a flote este negocio -luego, como no podía dejar de jactarse un poco, añadió-: Lo hacemos muy bien.
– Eso ya se ve.
Georgeanne miró suspicazmente al hombre que tenía delante. Se parecía a John. Tenía la misma sonrisa, la misma cicatriz en la ceja, pero no actuaba como él. Se estaba comportando de una manera…, bueno, casi agradable. ¿Dónde estaba el tío que fruncía el ceño y que parecía vivir única y exclusivamente para discutir con ella?
– ¿Has venido para eso? ¿Para hablar de mi negocio?