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– No. Quería preguntarte algo.

– ¿Qué?

– ¿Coges vacaciones en algún momento?

– Claro -contestó, sospechando a donde llevaban sus preguntas. ¿Pensaba que nunca llevaba a Lexie de vacaciones? El último verano habían ido a Texas para visitar a la tía Lolly-. Julio es, por lo general, un mal mes para los caterings. Así que Mae y yo cerramos unas semanas.

– ¿Cuántas semanas?

– Dos a mitad de mes.

Él ladeó la cabeza y la miró a los ojos.

– Quiero que Lexie venga conmigo a Cannon Beach unos días.

– ¿Cannon Beach? ¿En Oregón?

– Sí. Tengo allí una casa.

– No -contestó de inmediato-. No puede ir.

– ¿Por qué no?

– Porque no te conoce lo suficientemente bien para hacer un viaje contigo.

Él frunció el ceño.

– Está claro que tú vendrías con ella.

Georgeanne se quedó atónita. Plantó las manos encima del escritorio y se inclinó hacia adelante.

– ¿Quieres que yo vaya a tu casa? ¿Contigo?

– Por supuesto.

Era algo imposible.

– ¿Te has vuelto loco?

Él se encogió de hombros.

– Es lo más probable.

– Tengo que trabajar.

– Dijiste que tienes dos semanas de vacaciones el próximo mes.

– Ya.

– Entonces di que sí.

– De ninguna manera.

– ¿Por qué?

– ¿Que por qué? -repitió, asombraba de que le pidiera que fuera con él a otra casa junto a la playa-. John, no te gusto.

– Nunca he dicho que no me gustases.

– No hace falta que lo digas. Sólo con que me mires ya me doy cuenta.

John arqueó las cejas.

– ¿Cómo te miro?

Ella se volvió a sentar.

– Te enfurruñas y me miras frunciendo el ceño como si hubiera hecho algo malo como rascarme en público.

Él sonrió.

– ¿Sí? ¿Tan malo?

– Sí.

– ¿Y si prometo que no te miraré con el ceño fruncido?

– No creo que puedas mantener esa promesa. Eres demasiado temperamental.

Él sacó una mano del bolsillo y la posó sobre los pliegues de su camisa.

– Soy muy tranquilo.

Georgeanne puso los ojos en blanco.

– Y Elvis está vivo y cría visones en alguna parte de Nebraska.

John se rió entre dientes.

– De acuerdo, soy bastante temperamental, pero debes admitir que esta situación es algo inusual.

– Eso es cierto -concedió, aunque dudaba que alguna vez lo confundieran con un tío tranquilo y agradable.

John apoyó los codos en las rodillas y se inclinó hacia adelante. Las puntas de la corbata le rozaron los muslos y los tirantes se tensaron sobre su pecho.

– Es muy importante para mí, Georgie. No tengo demasiado tiempo antes de tener que empezar a entrenar de nuevo y necesito estar con Lexie en alguna parte donde la gente no me reconozca.

– ¿La gente no te reconocerá en Oregón?

– Probablemente no, y, si lo hacen, en Oregón nadie prestará atención a un jugador de hockey de Washington. Quiero poder concentrarme en Lexie sin que nos interrumpan. Aquí no puedo hacerlo. Has salido con nosotros. Has visto lo que pasa.

No se estaba jactando, sólo señalaba un hecho.

– Supongo que debe de ser incómodo que te pidan autógrafos todo el rato.

Él se encogió de hombros.

– Normalmente no me importa. A no ser que esté en el urinario con las dos manos ocupadas.

«Las dos». ¡Menudo ego! Intentó no reírse.

– A las groupies les debes gustar en serio si te siguen al servicio.

– No me conocen. Les gusta lo que creen que soy. Sólo soy una persona estupenda que juega a hockey para ganarse la vida en lugar de conducir una excavadora. -Una humilde sonrisa apareció en su boca-. Si me conocieran de verdad, lo más seguro es que no les gustara más que a ti.

«Nunca he dicho que no me gustaras». La frase flotó entre ellos, tácita, a la espera de que Georgeanne tuviera tacto y la repitiera. Podría decirla con facilidad. La habían educado para decir frases corteses. Pero cuando miraba a esos ojos azul cobalto no estaba segura de que fuera una mentira. Mientras estaba allí sentado representando la fantasía de cualquier mujer, hechizándola con sus sonrisas, no estaba segura de que realmente le desagradara de verdad. De alguna manera, había subido de menos treinta a menos diez en unos minutos.

Algo imposible una hora antes.

– Me gustas más que cortarme con papel -admitió levantando el dedo índice-. Pero menos que tener el pelo hecho un desastre.

Él la miró durante un rato.

– Entonces… ¿estoy en algún lado entre un corte con papel y el pelo hecho un desastre?

– Eso es.

– Podría ser peor.

Georgeanne no sabía qué decirle cuando era tan agradable. La salvó el timbre del teléfono.

– Perdona un momento -le dijo descolgando el aparato-. Catering Heron, soy Georgeanne. -La voz masculina al otro extremo no malgastó tiempo en decirle exactamente qué quería-. No -respondió ella a la pregunta-, no hacemos pasteles con formas de pechos desnudos.

John se rió entre dientes y se levantó. Observó la habitación, después se acercó a la librería junto a la ventana. El sol destelló en el gemelo de oro del puño de la camisa cuando cogió una de las fotos que menos le gustaban a Georgeanne, de detrás de un helecho floreciente. Mae le había sacado la foto en el octavo mes de embarazo, por eso estaba escondida detrás de la planta.

– Estoy segura -contestó a su interlocutor-, nos ha confundido con otra empresa. -El caballero siguió insistiendo en que había sido Catering Heron el proveedor en la despedida de soltero de un amigo. Cuando entró en detalles, Georgeanne se vio forzada a bajar la voz para decir-: Estoy absolutamente segura de que nunca hemos tenido camareras en topless. Y además no tengo ni idea de qué es una bootie girl. -Miró a John, pero su expresión impasible no indicaba si la había oído o no. Tenía los ojos bajos y fijos en la foto de cuando Georgeanne estaba tan grande como una carpa de circo y llevaba un vestido premamá rosa con lunares blancos.

Cuando colgó el teléfono, se levantó y rodeó el escritorio.

– Es una foto horrible -dijo, parándose a su lado.

– Estabas enorme.

– Gracias -intentó coger la foto, pero él la puso fuera de su alcance.

– No quería decir gorda -le dijo, volviendo a mirar la foto-. Quería decir muy embarazada.

– Estaba «muy» embarazada. -Intentó cogerla otra vez, pero calculó mal-. Ahora dámela.

– ¿Qué antojos tenías?

– ¿De qué hablas?

– Se supone que las mujeres embarazadas tienen antojos de pepinillos y helado.

– Sushi.

Él hizo una mueca de asco y la miró con los ojos fuera de las órbitas.

– ¿Te gusta el sushi?

– Ahora no. Comí tanto en el embarazo que apenas puedo aguantar el olor a pescado. Y besos. Tenía antojo de besos todas las noches a eso de las nueve y media.

La mirada de John bajó a la boca de Georgeanne.

– ¿De quién?

Ella sintió un pequeño vuelco en el estómago. Era una sensación muy peligrosa.

– Besos de chocolate.

– Pescado crudo y chocolate, hum. -Él le clavó los ojos en la boca algunos segundos más, luego volvió a mirar la foto-. ¿Cuánto pesó Lexie al nacer?

– Casi cuatro kilos.

Agrandó los ojos de golpe por la sorpresa y sonrió como si estuviera muy orgulloso de sí mismo.

– ¡Joder!

– Eso es lo que dijo Mae cuando pesaron a Lexie. -Ella intentó agarrar la foto otra vez y esta vez se la arrebató de la mano.

Él se giró hacia ella y tendió la mano.

– No he acabado de mirarla.

Georgeanne se la escondió en la espalda.

– Sí, ya lo has hecho.

Él dejó caer la mano.

– Vas a conseguir que te cachee.

– No lo harías.

– Oh, claro que lo haría -le dijo bajando la voz con un tono sedoso-. Es parte de mi trabajo y yo soy todo un profesional.