– Lo sé, pero me dio la impresión de que a ti tampoco te había caído bien él.
– No. No me cayó bien -dijo, pero su aversión no era algo personal. Ese tío era realmente un gilipollas, pero la verdad es que ésa no era su principal objeción. John odiaría a cualquier hombre que se metiera en la vida de Lexie en ese momento-. ¿Vas en serio con él?
– No es asunto tuyo.
Tal vez, pero iba a profundizar en el asunto de todas maneras. Le dio una de las tazas.
– ¿Leche o azúcar?
– ¿Tienes sacarina?
– Sí. -Abrió una alacena, cogió un pequeño paquete azul y se lo dio con una cucharilla-. Tu novio es asunto mío si pasa tiempo con mi hija.
Los largos dedos de Georgeanne echaron el edulcorante en el café y lo removió muy lentamente. Llevaba las uñas pintadas de color malva, eran largas y perfectas. La luz del sol entraba a raudales por la ventana de encima del fregadero arrancándole brillos del pelo y los pendientes.
– Lexie ha visto a Charles dos veces y parece que le gusta. Tiene una hija de diez años y les gusta jugar juntas. -Dejó la cucharilla en el fregadero y lo miró~-. Creo que no necesitas saber nada más.
– Si Lexie sólo lo ha visto dos veces, no hace mucho que sales con él.
– No, no hace mucho. -Frunció los labios un poco y probó el café. John apoyó la cadera en la encimera blanca y la observó tomar un sorbo. Apostaría lo que fuera a que ni siquiera se había acostado con él. Eso explicaría por qué el hombre se había mostrado tan hostil con John.
– ¿Qué va a decir cuando se entere de que Lexie y tú venís a Cannon Beach conmigo?
– Nada. No vamos a ir.
Él se había pasado la noche anterior buscando una manera de convencerla de que aceptara ir de vacaciones con él. Iba a apelar a sus sentimientos; Dios sabía que tenía en abundancia. Todo lo que ella sentía estaba allí mismo en esos ojos verdes. Si bien trataba de ocultar sus sentimientos detrás de sus dulces sonrisas, John se había pasado la vida leyendo en las caras de los hombres más duros y cabezotas. Hombres que ocultaban sus emociones bajo máscaras impenetrables. Georgeanne no tenía ninguna posibilidad ante él. Apelaría a su lado maternal. Si eso no funcionaba, improvisaría.
– Lexie necesita pasar más tiempo conmigo y yo necesito establecer una relación con ella. No sé demasiado de niñas -confesó con un encogimiento de hombros-, pero me compré un libro sobre el tema escrito por una doctora muy importante. Explica que la relación que una chica tiene con su padre podría determinar la manera de relacionarse con los hombres a lo largo de su vida. Dice que si la figura paterna no está presente, o si es un maltratador, se podría convertir en una put… eh…, en una chica ligera de cascos.
Georgeanne miró a John largo rato, entonces, con mucho cuidado colocó la taza sobre la encimera. Sabía por experiencia que estaba en lo cierto. Ella había sido un desastre en las relaciones personales durante muchos años. Pero eso no la convencería para pasar las vacaciones con él.
– Lexie puede conocerte aquí. Ir de vacaciones los tres juntos es invitar al desastre.
– No somos nosotros tres lo que te preocupa. Se trata de nosotros «dos». -Él la señaló y luego se señaló a sí mismo-. Tú y yo.
– Tú y yo no nos llevamos bien.
Él cruzó los brazos sobre su ancho pecho, estirando el cuello de la camiseta gris y exponiendo una clavícula y la base de la garganta.
– Creo que tienes miedo de que nos llevemos bien, demasiado bien. Tienes miedo de acabar en mi cama.
– No seas absurdo. -Ella puso los ojos en blanco-. No me gustas nada y no me tientas ni un poquito.
– No te creo.
– No me importa lo que creas.
– Lo que temes es que una vez que estemos solos, no puedas resistirte y acabes en la cama conmigo.
Georgeanne se rió. John era rico y guapo.
Era un deportista famoso y tenía el cuerpo fornido de un guerrero. Pero no iba a acabar en su cama. Ni aunque fuera el último hombre de la tierra y le apuntaran en la cabeza con una pistola.
– Deberías ser más realista.
– Creo que tengo razón.
– No. -Ella negó con la cabeza mientras salía de la cocina-. Estás equivocado.
– Pero no tienes de qué preocuparte -continuó él-, soy inmune a ti.
Georgeanne cogió el bolso y lo colocó en el sofá.
– Eres muy hermosa y Dios sabe que tienes un cuerpo tan perfecto que tentaría hasta a un sacerdote, pero créeme, no a mí.
Su explicación la picó más de lo que quería admitir. En secreto, ella quería que él se consumiera de deseo cada vez que ponía los ojos en ella. Quería que se diera de tortas por haberse deshecho de ella de la forma en que lo hizo. Georgeanne arqueó la ceja como si no le creyera y señaló la mesita de café.
– ¿Qué fotos quieres?
– Déjalas todas.
– Estupendo. -Tenía copias en casa-. Dame la foto que me robaste de la oficina.
– Un momento. -Él la agarró del brazo y la miró fijamente a los ojos-. Estoy tratando de decirte que estarías completamente segura en mi casa. Podrías arrancarte la ropa y caminar en cueros y ni siquiera así te miraría.
Ella sintió que su antiguo ego emergía para rescatar su orgullo, la antigua Georgeanne sólo estaba segura de algo y era del efecto que causaba en los hombres.
– Cariño, si me quitase la ropa, los ojos se te saldrían de las órbitas y te daría un infarto. Tendrían que hacerte el boca a boca.
– Te equivocas, Georgie. Lamento herir tus sentimientos, pero te encuentro completamente resistible -le dijo, mientras dejaba caer la mano y hería el orgullo de Georgeanne un poco más-. Podrías golpearme la cabeza con un stick y meterme la lengua en la boca y, aún así, no respondería.
– Ja, ¿a quien tratas de convencer, a mí o a ti mismo?
Él la miró de arriba abajo.
– Sólo expongo los hechos.
– Ajá. Bueno, entonces yo te expongo los míos. -Ella hizo lo mismo que él y lo repasó de arriba abajo. Comenzó por las musculosas pantorrillas y subió por los muslos poderosos, la cintura, el amplio pecho y los hombros anchos hasta su apuesta cara. Parecía el típico machote sudoroso-. Antes besaría a un pez muerto.
– Georgie, he visto a tu novio. Ya besas a un pez muerto.
– Mejor a él que a un estúpido deportista como tú.
John entrecerró los ojos.
– ¿Estás segura?
Ella sonrió, satisfecha de haberlo molestado.
– Por completo.
Antes de que ella supiese lo que sucedía, John le rodeó la cintura con un brazo y la atrajo con fuerza hacia su cuerpo. Le deshizo el moño con los dedos.
– Abre la boca y di «ah» -le dijo mientras posaba la boca con dureza en la de ella. Georgeanne jadeó de sorpresa y sus brazos cayeron flácidos a los costados. Sus ojos azules se perdieron en los de ella, luego él suavizó el beso y ella sintió cómo le rozaba el labio inferior con la punta de la lengua. Le lamió la comisura de la boca y le succionó ligeramente los labios. John cerró los ojos y la apretó más contra su pecho. Un escalofrío ardiente recorrió la espalda de Georgeanne y le erizó el vello de la nuca. La boca de John era caliente y mojada y, antes de poder pensar en nada más, le devolvió el beso. Le rozó la lengua con la suya y el calor se incrementó. Luego tan repentinamente como había comenzado, él la apartó con brusquedad.
– ¿Ves? -le dijo, respirando profundamente y expulsando el aire con lentitud-. Nada.
Georgeanne parpadeó y lo observó, parecía tan frío como un día de diciembre. Ella todavía podía sentir la presión de su boca en la suya. La había besado y ella se lo había permitido.
– No hay ninguna razón por la que nosotros dos no podamos compartir casa durante una semana. -Él se limpió el labio inferior con el pulgar, borrando la mancha roja-. A menos, claro está, que hayas sentido algo con este beso.
– No. Nada de nada -afirmó, y curvó la boca esbozando una falsa sonrisa. Pero había sentido algo. Aún lo sentía. Algo cálido e ingrávido en la boca del estómago. Le había permitido besarla y no sabía por qué.