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Agarró el bolso y se dirigió a la puerta antes de empezar a gritar, a llorar o a ponerse en ridículo de cualquier otra manera. Quizá era demasiado tarde ya. Responder al beso de John había sido de lo más estúpido.

Mientras caminaba hacia el coche, se percató de que se había ido tan rápido que se había olvidado de la foto que le había robado. Pues bien, no iba a volver a por ella. No ahora. Y tampoco iba a ir a Oregón con él. De ninguna manera. «Jamás». No iba a ocurrir.

John permanecía de pie sobre la cubierta trasera de su casa mientras miraba hacia Lake Union. La había besado. La había tocado. Y ahora lo lamentaba. Le había dicho que no había sentido nada. Pero si se hubiera molestado en mirarlo, ella habría sabido que mentía.

No sabía por qué la había besado, tal vez había querido demostrarle que estaría a salvo en su casa de Oregón. O puede que fuera por lo que le había dicho de que antes besaría a un pez muerto que a él. Pero lo más probable era que hubiera sido porque ella era preciosa y sexy y llevaba puesto un liguero con lazos azules y, sobre todo, porque quería saborear esos labios. Sólo un beso rápido. Una mera demostración. Eso era todo lo que había querido. Pero en cambio había obtenido más. Se había sentido invadido por la lujuria y le había palpitado la ingle. Un doloroso infierno y ninguna forma de aplacarlo.

John se quitó los zapatos y se lanzó al agua helada para enfriarse. No cometería ese error otra vez. No más besos. Ni más caricias. Y nada de pensar en Georgeanne desnuda.

Capítulo 12

Georgeanne no había tenido intención de ir con John de vacaciones. Su intención había sido mantenerse firme y negarse a ir a Cannon Beach. Y lo habría hecho si no hubiera sido por el repentino interés de Lexie en su padre ficticio, Anthony.

Después de haber navegado a las islas San Juan, las preguntas de Lexie habían comenzado de nuevo. Quizá haber visto a Charles con Amber había despertado su curiosidad. Quizá fuera por la edad. Había épocas en las que Lexie preguntaba sobre Anthony, pero, por primera vez, Georgeanne intentó contestar sin mentirle. Luego había llamado a John y le había dicho que irían a Oregón. Si Lexie iba a mantener una relación con John, tenía que pasar tiempo con él antes de que le dijera que era su padre. Razón por la cual ahora estaba conduciendo hacia Cannon Beach, rezando por no estar cometiendo un error colosal. John había prometido que trataría de no provocarla, pero ella no le creía.

– Me portaré lo mejor que pueda -había asegurado.

Sí. Claro. Y los elefantes volaban.

Le echó una mirada a su hija que iba sentada en el asiento del acompañante sobre un elevador de seguridad. Lexie coloreaba meticulosamente un dibujo de los teleñecos, llevaba puesta una gorra negra con una cara sonriente y unas gafas de sol azules para niños. Era sábado así que sus labios estaban pintados de un rojo intenso. Pero por lo menos ahora esos pequeños labios rojos estaban cerrados y el silencio ocupaba el interior del Hyundai.

El viaje había empezado bastante bien, pero en alguna parte, cerca de Tacoma, Lexie había comenzado a cantar… y a cantar… y a cantar. Cantó el único verso que conocía de «Puff el dragón mágico» y todos los versos de «¿Dónde está Thumbkin?». Había cantado con su voz chillona la letra de «Deep in the Heart of Texas» y había batido palmas tan entusiasmada como cualquier texano orgulloso. Por desgracia, sólo cantó eso una y otra vez hasta llegar a Astoria.

Entonces, justo cuando Georgeanne había terminado de calcular el número de años que faltaban para que pudiera enviarla a la universidad, Lexie había dejado de cantar y Georgeanne se había sentido una madre horrible por haber pensado, literalmente, en echar a Lexie del nido.

Fue cuando comenzaron las preguntas.

«¿No llegamos aún?».

«¿Cuánto falta?».

«¿Dónde estamos?».

«¿Te acordaste de meter a Blankie en la maleta?».

De Astoria a Seaside su preocupación había sido dónde dormiría y cuántos cuartos de baño tendría la casa de John. No había podido recordar si había metido su juego de manicura o si había traído suficientes Barbies para jugar cinco días enteros. Se había acordado de meter los juguetes para la playa, pero ¿qué pasaría si llovía todo el tiempo? Y luego había preguntado si también había niños en el barrio y cuántos años tendrían.

En ese momento, mientras recorrían en el coche la calle principal de Cannon Beach, el pueblo le recordó las docenas de comunidades pseudoartísticas que salpicaban el noroeste costero. Estudios, cafeterías y tiendas de regalos se alineaban en la calle principal. Los escaparates delos negocios tenían persianas coloridas en distintos tonos de azul, gris y verde espumoso, y se veían ballenas y estrellas de mar pintadas por todas partes. Las aceras estaban llenas de turistas y unas banderas de colores ondeaban con la brisa siempre presente.

Echó una ojeada al reloj digital que había sobre la radio en el salpicadero del coche. Era puntual por naturaleza y le gustaba llegar a tiempo, pero ese día llegaba con media hora de antelación. Entre Tacoma y Gearhart había pisado a fondo el acelerador. En algún lugar entre la primera vez que Lexie cantó «¿Dónde está Thumbkin?» y la última vez que preguntó «¿No llegamos aún?» le había metido caña al Hyundai, sobrepasando los ciento cincuenta kilómetros por hora. La posibilidad de que la detuviera un policía para multarla ni siquiera le había importado. De hecho habría agradecido conversar con un adulto.

Miró el mapa que John le había dibujado y condujo entre las residencias veraniegas y los complejos turísticos construidos a pie de playa. Frenó para leer la nota garabateada a mano, después se metió en una calle muy sombreada y siguió las instrucciones con facilidad hasta encontrar la casa. Aparcó el Hyundai junto al Range Rover verde oscuro de John en el camino de entrada a una casa blanca de una sola planta con un tejado muy inclinado de tablillas de madera. Un pino nudoso y una acacia daban sombra al porche de madera, tiñéndolo de una luz grisácea. Dejó el equipaje en el coche y guió a Lexie de la mano hasta la puerta principal. Con cada paso que daba el corazón de Georgeanne latía más rápido. Cuanto más se acercaba, más se convencía de que estaba a punto de cometer un error garrafal.

Hizo sonar el timbre varias veces. No contestó nadie. Cogió el plano y lo estudió detenidamente otra vez. Si lo hubiera dibujado ella, habría sentido la familiar incertidumbre que notaba en el pecho cuando temía haber equivocado los números una vez más.

– Tal vez John está echando la siesta -sugirió Lexie-. Quizá deberíamos entrar y despertarlo.

– Bueno, quizá. -Georgeanne volvió a mirar los números de la casa, luego se acercó al buzón y abrió la parte superior. Lo examinó con atención como si esperara encontrar dentro un vecino o un empleado de correos observándola. Miró una tarjeta comercial dirigida a John.

– ¿Crees que se olvidó de que veníamos? -preguntó Lexie.

– Espero que no -contestó Georgeanne agarrando el pomo y abriendo la puerta.

«¿Qué pasaría si se había olvidado?», se preguntó. «¿Qué ocurría si estaba dormido en algún lugar de la casa? ¿O dándose una ducha con una mujer?». Sabía que era un poco temprano, pero, ¿qué pasaría si estaba en la cama con el cuerpo entrelazado con el de alguna pobre ingenua?

– ¿John? -gritó, entrando muy despacio. Sus pies se hundieron en la alfombra de color champán. Mientras Lexie la seguía un poco más atrás, Georgeanne atravesó el salón. Inmediatamente se dio cuenta de que la casa no era de planta baja como parecía desde fuera. A su izquierda una escalera llevaba hacia abajo mientras que a su derecha una segunda escalera conducía a un bajo cubierta que se abría al salón. La casa estaba construida en una ladera sobre la playa y el océano. La fachada posterior consistía en su totalidad en unos enormes ventanales enmarcados con carpintería de roble. Tres tragaluces del mismo material dominaban el techo del salón.