– ¿Por qué no nos encontramos ya allí? -sugirió Georgeanne que quería aprovechar el sol antes de que se volviera a nublar.
– Me parece bien. ¿Necesitáis toallas?
Georgeanne nunca había sido una Girl Scout pero había venido preparada para cualquier eventualidad. Había traído las suyas. Después de que John las dejara, Lexie y Georgeanne se cambiaron de ropa. Lexie se puso un bikini de cuadros rosa y púrpura, luego se metió una camiseta de Texas por la cabeza. Georgeanne se puso un par de pantalones cortos naranjas y amarillos con un top a juego que le dejaba el ombligo al aire y como creía que enseñaba demasiado añadió una ligera blusa de algodón. La prenda amarilla le cubría hasta el trasero y se la dejó desabrochada. Ambas se calzaron unas sandalias Teva, cogieron las toallas de playa y el protector solar y se dirigieron afuera.
Cuando John se les unió en la playa, Lexie había encontrado un erizo de mar un poco roto, media concha y una pinza pequeña de cangrejo. Los había metido en un cubo rosa y en ese momento se encontraba acuclillada al lado de Georgeanne para observar a una anémona de mar que había pegada a una de las pequeñas rocas expuestas por la marea baja.
– Tócala -le decía Georgeanne-. Es pegajosa.
Lexie negó con la cabeza.
– Sé que es pegajosa, pero no me gusta tocarla.
– No te morderá -le dijo John, haciendo sombra sobre ellas dos.
Georgeanne levantó la mirada y se incorporó lentamente. John se había afeitado, se había cambiado los pantalones cortos por otros beige que no eran de deporte y se había puesto una camiseta color aceituna. Se veía limpio e informal, pero demasiado rudo y sensual para parecer completamente respetable.
– Creo que tiene miedo de que le coja el dedo y no lo suelte -dijo Georgeanne.
– No, no lo teno -protestó Lexie, negando con la cabeza otra vez. Se puso en pie y señaló hacia Haystack Rock que se encontraba a unos cincuenta metros-. Quiero ir allí.
Los tres juntos caminaron hasta la enorme formación rocosa. John ayudó a Lexie a saltar de roca en roca y cuando el terreno fue demasiado abrupto para sus cortas piernas, la cogió y la sentó sobre sus hombros sin esfuerzo alguno, como si no pesara nada.
Lexie se agarró a la cabeza de John, golpeándole la mejilla derecha con el cubo.
– ¡Mamá, mírame, he crecido! -gritó.
John y Georgeanne se miraron y rieron.
– Eso es lo que todas las madres desean oír -dijo ella.
La risa de John murió ahogada por el sonido de las olas, pero una sonrisa permaneció en su cara.
– Empezaba a pensar que sólo te ponías vestidos o faldas -dijo, rodeando los tobillos de Lexie con los dedos.
No le sorprendió que lo hubiera notado. Era de esos tíos detallistas.
– Normalmente no llevo pantalones, ni cortos ni largos.
– ¿Por qué?
Georgeanne no quería contestar a esa pregunta. Lexie, sin embargo, no tenía ningún tipo de escrúpulos a la hora de facilitar esa información.
– Porque tiene un gran pandero.
John miró a Lexie entrecerrando los ojos ante el brillo del sol.
– ¿En serio?
Lexie asintió con la cabeza.
– Sí. Eso es lo que dice siempre.
Georgeanne sintió que se ruborizaba.
– Dejemos ese tema.
Cogiendo el dobladillo de la camisa amarilla, John lo levantó y ladeó la cabeza para mirar mejor.
– No me parece grande -dijo con aire despreocupado como si discutieran sobre el clima-. A mí me parece perfecto.
Georgeanne se sintió un poco tonta por el ramalazo de placer que sintió en la boca del estómago. Le golpeó la mano y dejó caer la camisa en su sitio.
– Pues lo es -dijo ella, luego pasó junto a John y caminó un poco por delante de ellos. Recordaba lo que había sucedido siete años atrás cuando había perdido la cabeza ante sus cumplidos. Todas las chicas sureñas soñaban con ser reinas de la belleza y, con muy poco esfuerzo, él la había hecho sentir como Miss Texas y ella había saltado encantada a su cama. Ahora, mientras rodeaba una roca de mediano tamaño, se recordó a sí misma que podía ser encantador, pero que también podía ser realmente repugnante.
Una vez que alcanzaron la base de la roca se pusieron a explorarla. John dejó a Lexie en la arena y juntos examinaron la típica variedad de vida marina. El cielo permanecía despejado y el día era hermoso.
Georgeanne observó a John y a Lexie juntos. Los vio descubrir una estrella de mar naranja y púrpura, mejillones y más anémonas pegajosas. Vio cómo inclinaban sus oscuras cabezas sobre un charco dejado por la marea y trató de ocultar la inseguridad que sintió.
– Se ha perdido -dijo Lexie cuando Georgeanne se agachó a su lado en el charco.
– ¿Qué es? -preguntó.
Lexie apuntó hacia un pequeño pez marrón y negro que nadaba bajo la superficie del agua clara y fría.
– Es un bebé y su mamá lo ha abandonado.
– Creo que no es un bebé -dijo John-. Creo que es un pez de menor tamaño.
Lexie negó con la cabeza.
– No, John. Es un bebé, ¿no lo ves?
– Entonces cuando la marea suba otra vez su mamá vendrá y lo recogerá -le aseguró Georgeanne a su hija, antes de que empezara a inquietarse. Cuando Lexie veía a cualquier criatura huérfana, se ponía muy sensible.
– No -negó con la cabeza de nuevo y le comenzó a temblar la barbilla mientras decía-: Seguro que su mamá también se perdió.
El hecho de que Lexie viviera sola con su madre y no conociera más familia que Mae, hacía que Georgeanne tuviera que controlar cuidadosamente las películas que Lexie veía para asegurarse de que los personajes tenían por lo menos un padre o una madre. Cuando Lexie cumplió los seis años, Georgeanne dejó que la convenciera para ver Babe, el cerdito valiente. Craso error. Lexie había llorado durante una semana.
– Su madre no se ha perdido. Cuando suba la marea, vendrá a por él.
– No, las mamas no dejan a sus bebés a menos que se pierdan. El pececito no puede irse a casa. -Apoyó la frente sobre la rodilla-. Se ha quedado solo, sin su mamá. -Cerró los ojos con fuerza y le resbaló una lágrima por la nariz.
Georgeanne miró a John por encima de la cabeza inclinada de Lexie. Él le devolvió la mirada con un brillo desesperado en sus ojos azul oscuro. Estaba claro que esperaba que fuera ella quien hiciera algo.
– Estoy segura de que su padre está nadando ahí fuera para encontrarlo.
Lexie no picó.
– Los papas no cuidan de los bebés.
– Claro que lo hacen -dijo John-. Si yo fuera un papá pez, vendría a buscar a mi bebé.
Girando la cabeza, Lexie miró a John durante unos momentos, pensando en lo que le había dicho.
– ¿Y estarías buscándolo hasta que lo encontraras?
– Claro. -Miró a Georgeanne, luego de nuevo a Lexie-. Si supiera que tengo un bebé, no lo abandonaría nunca.
Lexie inhaló por la nariz y observó el charco transparente.
– ¿Qué ocurre si muere antes de que suba la marea?
– Hum… -John agarró el cubo de Lexie, tiró las conchas y cogió al pez diminuto.
– ¿Adónde lo llevas? -preguntó Lexie mientras los tres se levantaban.
– Voy a llevar a tu pececito con su padre -le dijo, y se fue hacia la orilla-. Quédate aquí con tu madre.
Georgeanne y Lexie se subieron a una roca plana para observar cómo John surcaba el oleaje. Las suaves olas chocaban con sus muslos y oyeron la exclamación que lanzó cuando el agua fría le mojó la parte inferior de los pantalones cortos. Miró a su alrededor y tras pensarlo un momento vació el cubo en el océano.
– ¿Crees que el pececito encontró a su papá? -preguntó Lexie con ansiedad.
Georgeanne contestó sin apartar los ojos del enorme hombre que llevaba un pequeño cubo rosa.