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– Estoy segura de que lo hizo.

John caminaba hacia ellas con una sonrisa en la cara. John «Muro» Kowalsky, el infame y enorme jugador de hockey, el héroe de muchachitas y el salvador de pececitos, se las había arreglado para subir en la escala de Georgeanne y había pasado de ser peor que tener el pelo hecho un desastre a ser agradable.

– ¿Lo encontraste? -Lexie se bajó de un salto de la roca y cayó de rodillas.

– Sí, y pude ver lo contento que estaba de ver a su bebé.

– ¿Cómo supiste que era su papá?

John le dio a Lexie el cubo y luego la cogió de la manita.

– Porque se parecen.

– Ah, sí. -Ella ladeó la cabeza-. ¿Qué hizo cuando vio a su bebé?

Él se detuvo delante de la roca donde Georgeanne los aguardaba y la miró.

– Bueno, dio un buen salto y luego se acercó y nadó alrededor del pececito sólo para asegurarse de que estaba bien.

– Yo también lo vi hacerlo.

John sonrió y los ojos se le llenaron de arruguitas.

– ¿De veras? ¿Se veía bien desde aquí?

– Sí. Voy a buscar la toalla porque me estoy congelando -anunció y miró playa arriba.

Georgeanne le escrutó la cara e imitó su sonrisa.

– ¿Cómo se siente uno al ser un héroe? -le preguntó.

John la agarró por la cintura y la bajó con facilidad de la roca. Georgeanne se sostuvo en sus hombros mientras la depositaba sobre el agua del mar. Las olas formaban remolinos en sus piernas y la brisa le alborotaba el pelo.

– ¿Soy tu héroe? -preguntó John en un susurro sedoso. Era peligroso.

– No. -Ella dejó caer las manos a los costados y dio un paso atrás. Era un hombre grande y fuerte, pero era muy amable y compasivo con Lexie. Lo que lo convertía en alguien más peligroso que una mancha de aceite en la carretera y si no tenía cuidado, podría hacer que se olvidara del doloroso pasado que tenían en común-. No me gustas, ¿recuerdas?

– Ajá. -Su sonrisa le dijo que no la creía ni un ápice-. ¿Recuerdas cuando estuvimos juntos en la playa, en Copalis?

Ella se volvió hacia la costa y divisó a Lexie abrigándose en la playa.

– ¿Qué quieres que recuerde?

– Me dijiste que me odiabas y mira cómo acabamos. -Caminaron a través de las olas y la miró de reojo.

– Entonces es bueno que me encuentres completamente resistible.

Él deslizó la mirada por sus pechos y luego volvió la mirada hacia la costa.

– Sí, es bueno.

Cuando los tres regresaron a la casa, John insistió en hacer el almuerzo. Se sentaron a la mesa del comedor y comieron cóctel de camarones, macedonia y pan de pita relleno con ensalada de cangrejo. Mientras ayudaban a John a recoger, Georgeanne no pudo evitar fisgar en una bolsa de comida que había en la esquina junto al contestador automático.

Debido a las cuatro horas que esa mañana había pasado en el coche con Lexie y a la ansiedad del viaje, Georgeanne estaba exhausta. Buscó la cómoda tumbona de la terraza y se acurrucó con Lexie en su regazo. John se sentó en una silla a su lado y los tres se pusieron a mirar el océano, contentos con el mundo. No tenía que ir a ningún sitio ni hacer ninguna otra cosa. Georgeanne saboreó la tranquilidad que los rodeaba, aunque no podía decir que el hombre que se sentaba a su lado fuera una compañía particularmente relajante. John poseía una presencia demasiado apabullante y, además, tenían un pasado común doloroso que intentaba por todos los medios no recordar, pero esa casa en la costa maquillaba muy bien los problemas que tenían en algunos momentos, sobre todo cuando él se empeñaba en enfrentarse a ella.

Los sonidos relajantes y la brisa suave y apacible sosegaron a Georgeanne hasta dejarla dormida y cuando se despertó se encontró sola. Una manta hecha a mano le cubría las piernas. La apartó a un lado, se levantó y estiró los miembros. La brisa le traía las voces de la playa, se acercó hasta la barandilla y se apoyó sobre el borde. John y Lexie no estaban en la playa. Movió la mano y una astilla afilada se le clavó en la yema del dedo. Le dolía, pero tenía una preocupación más apremiante.

Georgeanne no creía que John se llevara a Lexie a ningún sitio sin decírselo a ella primero. Pero, por otro lado, no era el tipo de hombre que pensara que necesitaba permiso. Bueno, si John se había largado con su hija, entonces Georgeanne tenía todo el derecho a asesinarlo y que se considerara un homicidio justificado. Pero al final no tuvo que matarlo. Los encontró a los dos en el gimnasio.

John estaba sentado en una moderna bicicleta estática, pedaleando con un ritmo constante. Miraba a Lexie que estaba sentada en el suelo con las manos apoyadas detrás y su pequeño y sucio pie derecho descansando sobre la rodilla doblada.

– ¿Por qué vas tan rápido? -preguntó Lexie.

– Hace que aumente mi resistencia -contestó por encima del suave zumbido de la rueda delantera. Él aún llevaba puesta la camiseta de color aceituna y durante un segundo eterno Georgeanne se permitió contemplar a gusto las fuertes piernas disfrutando del placer de mirarle.

– ¿Qué es la resistencia?

– Es el tiempo que aguanto. Lo que un tío necesita para no quedarse sin fuerzas en el hielo y poder patear el culo a los jovencitos.

Lexie contuvo la respiración.

– Lo has hecho otra vez.

– ¿El qué?

– Dijiste una palabrota.

– ¿Lo hice?

– Sí.

– Lo siento. Tendré que esmerarme más.

– Eso es lo que dijiste la última vez -se quejó Lexie desde el suelo.

Él sonrió.

– Lo haré mejor, entrenadora.

Lexie guardó silencio por un momento antes de decir:

– ¿Sabes qué?

– ¿Qué?

– Mamá tiene una bicicleta como ésa -señaló en dirección a John-. Pero no la usa.

La bicicleta de Georgeanne no era como la de John. No era tan cara, aunque Lexie estaba en lo cierto, no la usaba. De hecho, ni se había montado en ella.

– Oye -dijo, entrando en la habitación-, uso esa bicicleta todos los días. Es estupenda para colgar las camisas.

Lexie giró la cabeza y sonrió.

– Nos estamos entrenando. Yo fui primero y ahora es el turno de John.

John la miró. Los pedales de la bicicleta se detuvieron, pero la rueda siguió girando.

– Sí. Ya lo veo -dijo ella, deseando haberse cepillado el pelo antes de haberlos encontrado. Estaba segura de que daba miedo. John no habría estado de acuerdo con ella. La encontraba adorablemente desaliñada con las mejillas sonrojadas por el sueño. Su voz fue un poco más ronca de lo habitual.

– ¿Cómo te ha sentado la siesta?

– No sabía que estaba tan cansada. -Se peinó el pelo con los dedos y sacudió la cabeza.

– Bueno, mantener el ritmo de las ocurrencias de esta pequeña mente puede ser agobiante -dijo John mientras se preguntaba si ella estaba haciendo a propósito esas cosas con su pelo.

– Mucho. -Georgeanne se acercó a Lexie y le tendió la mano para ayudarla a ponerse de pie-. Vamos a ver si encontramos algo que hacer y dejamos que John termine.

– Ya acabé -dijo mientras se levantaba. Al hacerlo deslizó la mirada por sus pechos intentando no quedarse mirando su escote como si fuera un alumno de secundaria. No quería que lo atrapara mirando sin disimulo su cuerpo y pensara que era algún tipo de pervertido bastardo. Era la madre de su hija y, aunque no se lo hubiera dicho, sabía que ella no tenía una opinión demasiado elevada de él. Tal vez se merecía su baja opinión o puede que no-. En realidad, no pensaba hacer bici hoy, pero Lexie y yo nos estábamos aburriendo un poco mientras esperábamos a que te despertaras. Era el Centro de Belleza de Barbie o hacer algo de ejercicio en la bici.

– No te puedo imaginar jugando con las Barbies.

– Pues ya somos dos. -John tenía un problema con sus buenas intenciones: la parte superior del top que ella llevaba puesto minaba su voluntad. Era lo mismo que le pasaba a Superman con la kriptonita-. Lexie y yo hemos pensado en ir a cenar ostras.