Él no la miró, sólo se encogió de hombros y le dijo:
– Aún no se lo he dicho ni a mi abuelo ni a mi madre.
Georgeanne se quedó sorprendida. Siete años atrás había pensado que John y Ernie estaban muy unidos.
– ¿Por qué?
– Porque no hacen más que darme la lata para que me case otra vez y forme una familia. Cuando se enteren de la existencia de Lexie, saldrán disparados para Seattle más rápidos que un galgo. Quiero tener tiempo para conocer a Lexie antes de que sea abordada por mi familia. Además, acordamos esperar para decírselo a ella, ¿recuerdas? Y con mi madre y Ernie merodeando a su alrededor, Lexie podría sentirse incomoda.
«¿Casarse otra vez?». Georgeanne no había oído nada de lo que él había dicho después de pronunciar esas dos palabras.
– ¿Estuviste casado?
– Sí.
– ¿Cuándo?
Él le soltó la mano y dejó las pinzas sobre la mesa.
– Antes de encontrarme contigo.
Georgeanne se miró el dedo, la astilla ya no estaba. Se preguntó a cuál de los dos encuentros se referiría.
– ¿La primera vez?
– Las dos veces. -John se apoyó en el respaldo de la silla, se reclinó y frunció el ceño un poco.
Georgeanne se sintió confundida.
– ¿Las dos veces?
– Sí. Pero creo que el segundo matrimonio no debería contar.
Ella seguía sin entenderlo. Involuntariamente arqueó las cejas y abrió la boca.
– ¿Te has casado «dos veces»? -Sostuvo en alto dos dedos-. ¿Dos veces?
John frunció el ceño y apretó los labios hasta formar una línea recta.
– Dos no son tantas.
Para Georgeanne, que no se había casado nunca, dos sonaba a mucho.
– Como te dije, el segundo no cuenta. Sólo estuve casado el tiempo que tardé en divorciarme.
– Caramba, ni siquiera sabía que habías estado casado.
Comenzó a hacerse preguntas sobre las dos mujeres que se habían casado con John, el padre de su hija. El hombre que le había roto el corazón. Y como no podía marcharse sin saberlo, le preguntó:
– ¿Dónde están ahora?
– Mi primera esposa, Linda, murió.
– Lo siento -dijo Georgeanne quedamente-. ¿Cómo murió?
Él clavó los ojos en ella durante mucho rato.
– Sólo se murió -dijo, dando por zanjado el tema.
– Y no sé dónde está DeeDee Delight. Estaba muy borracho cuando me casé con ella. Y supongo que también cuando me divorcié.
«¿DeeDee Delight?». Ella clavó los ojos en él, totalmente perdida. «¿DeeDee Delight?». Tenía que preguntarle. Simplemente no podía dejarlo pasar.
– ¿DeeDee era una… una… una artista?
– Era bailarina de striptease -dijo John débilmente.
Si bien Georgeanne lo había adivinado, le causó una enorme impresión oír a John confesar que en realidad se había casado con una bailarina de striptease. Era demasiado chocante.
– ¡En serio! ¿Y cómo era?
– No la recuerdo.
– Ah -dijo ella, con la curiosidad insatisfecha-. Nunca he estado casada, pero creo que lo recordaría. Debías de estar muy borracho.
– Ya te dije que lo estaba. -Chasqueó la lengua exasperado-. Pero no te preocupes por Lexie. Ya no bebo.
– ¿Eres alcohólico? -inquirió, la pregunta se le escapó antes de que la pensara mejor-. Lo siento. No tienes por qué contestarme.
– No importa. Probablemente lo soy -contestó con más franqueza de la que habría supuesto-. Nunca fui al Betty Ford, pero bebía demasiado y tenía la cabeza llena de mierda. Estaba fuera de control.
– ¿Te costó dejarlo?
Él se encogió de hombros.
– No fue fácil, pero por mi bienestar físico y mental renuncié a algunas cosas.
– ¿Como cuáles?
Él sonrió abiertamente.
– Al alcohol, a las mujeres ligeras de cascos y a la «Macarena». -Él se adelantó y colgó las manos sobre el respaldo de la silla-. Ahora que conoces mis secretos de familia contéstame a unas preguntas.
– ¿A cuáles?
– Hace siete años cuando te compré el billete para casa, creía que estabas en números rojos. ¿Cómo sobreviviste? ¿Cómo pudiste poner un negocio?
– Tuve mucha suerte -hizo una pausa un momento antes de añadir-, contesté a un anuncio de periódico de Catering Heron. -Luego, porque él había sido tan sincero con ella y porque nada que hubiera hecho nunca podía compararse con casarse con una stripper, añadió un pequeño detalle que nadie más conocía, salvo Mae-. Y poseía un diamante que vendí por diez mil dólares.
Él no se sorprendió.
– ¿De Virgil?
– Virgil me lo regaló. Era mío.
Una sonrisa lenta, que podía significar cualquier cosa, curvó los labios de John.
– ¿No quiso que se lo devolvieras?
Georgeanne cruzó los brazos y ladeó la cabeza.
– Claro que quería y yo se lo iba a devolver, pero él donó toda mi ropa al Ejército de Salvación.
– Vaya. ¿Cómo es que tenía tu ropa?
– Cuando me fui de la boda, dejé todo allí menos mi neceser. Todo lo que me quedaba era ese estúpido vestido rosa.
– Sí. Recuerdo aquel vestidito.
– Cuando le llamé para preguntar por mi ropa, no quiso hablar conmigo. Le dijo a su ama de llaves que dejara el anillo en las oficinas porque se iba de viaje con su secretaria. El ama de llaves tampoco fue muy amable que digamos, pero por lo menos me dijo lo que había hecho con mis cosas. -Georgeanne no estaba especialmente orgullosa de haber vendido el anillo, pero Virgil había tenido la culpa.
»Tenía que volver a comprar todas mis ropas a cuatro o cinco dólares el lote y no tenía dinero.
– Así que vendiste el anillo.
– A un joyero que se sintió sumamente feliz de comprármelo por la mitad de precio. Cuando conocí a Mae, su negocio de catering no marchaba demasiado bien. Le di un montón de dinero que conseguí por el anillo para pagar algunas deudas. Ese dinero ayudó, pero he llegado hasta donde estoy con mi trabajo.
– No te estaba juzgando, Georgie.
No se había dado cuenta de que sonara tan a la defensiva.
– Puede que algunas personas lo hicieran, si supieran la verdad.
La diversión brilló en sus ojos.
– ¿Cómo voy a juzgarte? Jesús, me casé con DeeDee Delight.
– Cierto. -Georgeanne se rió como cuando Rhett Butler contaba sus travesuras a Scarlett O'Hara-. ¿Sabe Virgil algo de Lexie?
– No. Todavía no.
– ¿Qué crees que hará cuando lo descubra?
– Virgil es un hombre de negocios muy listo y yo soy su jugador más valioso. No creo que haga nada. Han pasado siete años y, de cualquier manera, es agua pasada. Por supuesto, no creo que vaya a ponerse a saltar de alegría cuando sepa de la existencia de Lexie, pero trabajamos bastante bien juntos. Además, ahora está casado y parece feliz.
Claro, sabía que se había casado. Los periódicos locales habían escrito la crónica de su boda con Caroline Foster Duffy, directora del Museo de Arte de Seattle. Georgeanne esperaba que John estuviera en lo cierto y que Virgil fuera feliz. Ella no le guardaba rencor.
– Contéstame otra cosa.
– No. Contesté a tu pregunta, ahora es mi turno.
John negó con la cabeza.
– Te conté lo de DeeDee y mi dependencia del alcohol. Son dos secretos. Así que me debes una más.
– Vale. ¿Qué?
– El día que trajiste las fotos de Lexie a mi casa flotante mencionaste que te sentías aliviada de que le fuera bien en la escuela. ¿Qué quisiste decir? -Ella no quería hablar de su dislexia con John Kowalsky-. ¿Es por qué piensas que soy un deportista estúpido? -preguntó, apoyándose sobre el respaldo de la silla.
Su pregunta la sorprendió. Aparentaba estar calmado y frío como si su respuesta no tuviera importancia. Pero presintió que le importaba más de lo que él quería que supiera.
– Siento haberte llamado estúpido. Sé lo que es ser juzgado por las apariencias.