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Mucha gente tenía dislexia, se recordó a sí misma, pero saber que personas famosas como Cher, Tom Cruise o Einstein también la tenían no se lo ponía más fácil a la hora de revelárselo a un hombre como John.

– Mi preocupación por Lexie no tenía nada que ver contigo. Cuando era niña, no me iba bien en la escuela. Las letras y los números me daban bastantes problemas.

Excepto por la leve arruga que apareció entre sus cejas, él permaneció inexpresivo. No dijo nada.

– Pero deberías haberme visto en la escuela para señoritas -continuó, esforzándose por mantener el tono superficial de su voz e intentando arrancarle una sonrisa-. Puede que fuera la peor bailarina del curso, pero destaqué en modales. De hecho, fui la primera de la clase.

Él sacudió la cabeza y la arruga desapareció.

– No lo dudo ni por un segundo.

Georgeanne se rió y bajó un poco la guardia.

– Mientras otros niños aprendían de memoria la tabla de multiplicar, estudié cómo poner la mesa. Sé las posiciones correctas para todo, desde tenedores para camarones a lavamanos. Mientras las chicas leían a Nancy Drew, yo leía sobre cubertería. No tengo ningún problema en distinguir entre la cubertería del almuerzo y la de la cena, pero palabras como «los» y «sol», o «nos» y «son», aún me dan pánico.

John entrecerró los ojos.

– ¿Eres disléxica?

Georgeanne se enderezó.

– Sí. -Sabía que no debería sentir vergüenza. Aun así añadió-: Pero he aprendido a hacerle frente. Las personas dan por supuesto que alguien que tiene dislexia no puede leer. Pero no es cierto. Aprendemos de manera diferente. Leo y escribo como la mayoría de la gente, aunque las matemáticas nunca serán mi fuerte. Ser disléxica no me molesta demasiado.

Clavó los ojos en ella un momento, luego dijo:

– Pero te molestó cuando eras niña.

– Claro.

– ¿Te hicieron pruebas?

– Sí. En cuarto me examinó una especie de médico. Aunque no lo recuerdo demasiado bien. -Ella echó hacia atrás la silla y se puso de pie, sintiendo cómo crecía el resentimiento en su interior. Hacia John por forzarla a explicarle su problema como si fuera asunto suyo. Y también sintió la vieja amargura hacia el doctor que había trastocado su joven vida-. Le dijo a mi abuela que tenía una disfunción en el cerebro, no es que estuviera equivocado del todo, pero era un término bastante rudo y generalizado. En los años setenta, la dislexia, al igual que el retraso mental, se consideraba una disfunción del cerebro. -Se encogió de hombros como si en realidad no tuviera importancia y soltó una risita forzada-. El doctor dijo que nunca sería demasiado lista. Así que crecí sintiéndome retrasada y un poco perdida.

John se levantó lentamente y desplazó la silla hacia atrás. Volvió a entrecerrar los ojos.

– ¿Nadie le dijo nunca a ese médico de mierda que se fuera a joder a su madre?

– Yo… yo… -tartamudeó Georgeanne sorprendida por su cólera-. No puedo imaginar a mi abuela usando esa palabra con J. Era baptista.

– ¿No te llevó a otro médico? ¿A cualquier otra parte? ¿A otro especialista? ¿No hizo ninguna jodida cosa más?

– No. -«Me matriculó en una escuela para señoritas», pensó.

– ¿Por qué no?

– No creo que pensara que se pudiera hacer más. Eran mediados de los setenta y no existía tanta información como ahora. Pero aún hoy, en los años noventa, a los niños se les diagnostica mal algunas veces.

– Bueno, eso no debería ocurrir. -La mirada de John vagó por su cara, luego la volvió a mirar a los ojos.

Él todavía tenía cara de disgusto, pero no se le ocurría ninguna razón por la que a él pudiera importarle. Esta era una faceta de John que jamás había visto. Una faceta compasiva. Ese hombre que tenía delante, el hombre que se parecía a John, la confundía.

– Debería irme ahora a la cama -dijo en voz baja.

Él abrió su boca para decir algo, luego la cerró otra vez.

– Dulces sueños -le dijo finalmente, y ella se marchó.

Pero Georgeanne no soñó con los angelitos. No soñó con nada. Se quedó en la cama, con la mirada fija en el techo y escuchando la respiración regular de Lexie en la cama de al lado. Permaneció despierta, pensando en la fiera reacción de John. Cada vez se sentía más confundida.

Pensó en las esposas de John, sobre todo en Linda. Después de tantos años, él todavía no se resignaba a hablar de su muerte. Georgeanne se preguntó qué clase de mujer podía haber inspirado tal amor en un hombre como John. Y se preguntó si habría alguna mujer en algún sitio que pudiera ocupar el lugar de Linda en el corazón del deportista.

Al pensar en eso se dio cuenta de que la verdad era que esperaba que no pasara. No le agradaban en absoluto esos sentimientos, pero no podía negarlos. No quería que John encontrara la felicidad con alguna mujer flaca. Quería que se arrepintiera del día en que se había deshecho de ella en Sea-Tac. Quería que se diera de tortas el resto de su vida. No es que quisiera estar otra vez con él porque, claro está, ella ni siquiera consideraría esa opción. Sólo quería que sufriera. Quizá entonces, cuando hubiera sufrido lo suficiente, le perdonara por ser un imbécil insensible y haberle roto el corazón.

Quizá.

Capítulo 13

Georgeanne tuvo que elegir entre montar en bicicleta por la arena, ir a los coches de choque o patinar a lo largo del paseo marítimo. Ninguna de las tres alternativas la emocionaban demasiado; de hecho, todas se aproximaban a la idea que tenía del infierno, pero como tenía que elegir una, o aceptar la elección de Lexie de ir a los coches de choque, escogió patinar. No lo eligió porque lo hiciera bien. Es más, la última vez que lo probó había sufrido una caída tan dura que tuvo que contener las lágrimas. Se había sentado en un banco mientras los niños pequeños pasaban velozmente por su lado, viendo lucecitas y con el trasero doliéndole de tal manera que tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no frotárselo con las manos. La experiencia con los patines seguía tan viva en su mente que casi habían ganado los coches de choque a pesar del riesgo de sufrir golpes, pero entonces había visto el paseo marítimo que se extendía a lo largo de la playa bordeando el océano con un murete de piedra de casi un metro. Los bancos de piedra atraparon su mirada de inmediato ayudando a inclinar la balanza.

En ese momento se encontraba allí sentada con la brisa del océano meciéndole la coleta; Georgeanne suspiró feliz. Estiró el brazo por encima del respaldo del banco de piedra y cruzó las piernas; balanceó el patín izquierdo de un lado a otro como la marea del océano a unos cientos de metros de allí. Pensó que era probable que pareciera un poco extraña, allí sentada con su blusa blanca sin mangas de seda y encaje, la diáfana falda púrpura y los patines alquilados. Pero prefería parecer rara, que patinar y caerse de culo.

Se contentaba con estar sentada donde estaba y ver cómo John enseñaba a patinar a Lexie. Cuando estaban en casa, Lexie hacía rodar por el barrio sus patines de Barbie, pero para enseñarle a patinar con unos con las ruedas en línea hacía falta práctica y Georgeanne estaba encantada de que hubiera alguien mejor preparado que ella para hacerlo. También estaba un poco sorprendida de descubrir que en lugar de sentirse apartada, se había sentido liberada de un deber tan arriesgado.

Al principio, los tobillos de Lexie se habían tambaleado un poco, pero John la situó delante de él, la cogió por los brazos y colocó sus patines junto a los de Lexie. Luego él se impulsó y los dos comenzaron a moverse. Georgeanne no podía oír lo que le decía a Lexie, pero observó cómo su hija inclinaba la cabeza y movía los pies al mismo tiempo que John.

Con la altura añadida de las ruedas, John se veía enorme. La cabeza de Lexie apenas alcanzaba la cintura de los pantalones vaqueros cortos en los que había remetido una camiseta Bad Dog. Lexie, con su camiseta fucsia con la imagen de un gatito, parecía muy pequeña y delicada patinando entre los grandes pies de su padre.