No había duda de que John lo sabía. Aunque hubiera sido ciego, habría sabido que había agarrado uno de los pechos grandes y suaves de Georgeanne. En un segundo, el autocontrol de John se hizo añicos por completo. Hasta ese momento, había manejado razonablemente bien la reacción de su cuerpo ante el de ella. Pero ahora, por primera vez desde que la había visto en la terraza el día anterior por la mañana, perdió totalmente el control.
– ¿Estás bien? -Él maniobró y con suavidad apartó la mano de su pecho.
– Sí.
Se había repetido que estar junto a Georgeanne no le plantearía problemas. Que podría pasar perfectamente cinco días con ella. Se había equivocado. Debería haberla dejado sentada en el banco.
– No tenía intención de agarrarte tu… tu, ah… -El trasero de Georgeanne se apretó contra su ingle y, por un instante, la lujuria lo atravesó como una bola de fuego. Acercó la cara a su pelo. «Joder», pensó, preguntándose si la piel de su cuello sabría tan bien como parecía. John cerró los ojos y se permitió soñar mientras aspiraba el olor de su pelo.
– Creo que ahora sí que pasaron los cinco minutos.
Regresó la cordura y él movió las manos a la cintura dejando varios centímetros de separación entre ellos, tratando de ignorar el deseo que pulsaba en su vientre. Se dijo que involucrarse sexualmente con Georgeanne no era una buena idea. Pero era demasiado tarde, su cuerpo ya no le hacía caso.
Desde que la había visto el día anterior en la playa con el top y los pantalones cortos había tenido que recordarse varias veces que debía ignorar sus largas piernas y su profundo escote. Y, aunque había pensado que nunca tendría que hacerlo, se había tenido que recordar quién era ella y lo que le había hecho. Pero después de la noche anterior, todo eso parecía no importar.
La noche anterior había visto más allá de esa bella cara y ese maravilloso cuerpo. Había visto el dolor que había tratado de ocultar con risas y sonrisas. Le había hablado sobre modales y dislexia, sobre cuberterías de plata y cómo había crecido pensando que era retrasada y sintiéndose perdida. Se lo había contado todo como si no tuviera importancia. Pero la tenía. Para ella y para él.
La noche anterior había mirado detrás de esos ojos verdes y esos grandes senos y había visto a una mujer que merecía respeto. Era la madre de su hija. Pero también era la protagonista de sus fantasías más descabelladas y sus sueños más eróticos.
– Te ayudaré a volver al banco -y la condujo hasta el murete de piedra.
Intentó pensar en ella como en la hermana pequeña de su mejor amigo, pero pensar en ella como la hermana pequeña de su mejor amigo no funcionó. Entonces decidió pensar en ella como si fuera su hermana, pero algunas horas después, tras recorrer las tiendas de regalos y los soportales, dejó de pensar en ella como su hermana. No funcionaba. Así que simplemente dejó de pensar en ella y se concentró en su hija. Lexie y su constante parloteo le proporcionaron la distracción que necesitaba. Funcionó a la perfección como un pequeño jarro de agua fría, y todas sus preguntas impidieron que pensara en Georgeanne tumbada en su cama.
Cuando miraba a los ojos de Lexie, veía su excitación y su inocencia, y se maravilló de haber ayudado a crear una personita tan perfecta. Cuando la cogía y se la ponía sobre los hombros, el corazón o se le detenía o le latía con fuerza contra el pecho. Y cuando ella se reía, sabía que cualquier cosa valía la pena. Tenerla con él bien merecía el infierno de desear a su madre.
Durante el paseo de vuelta a casa, él se entretuvo con el sonido de la voz de Lexie cantando a pleno pulmón. Escuchó pacientemente los mismos chistes absurdos que le había contado dos semanas atrás y cuando llegaron a casa, ella le «recompensó» yéndose a la bañera. Él había escuchado sus canciones, reído sus chistes y ella, su pequeña distracción, lo abandonaba por una bañera llena de agua y una muñeca Skipper.
John cogió un ejemplar del Hockey News y se sentó en la mesa del comedor. Buscó con la mirada la columna de Mike Brophy, pero no pudo dedicarle su completa atención. Georgeanne estaba delante de la encimera de la cocina picando verduras en trocitos. Tenía el pelo suelto y los pies desnudos. Él pasó a un artículo de tres páginas de Mario Lemieux. Le gustaba Mario. Lo respetaba, pero en ese momento no podía concentrarse en nada más que en el «chaschaschás» del cuchillo de Georgeanne.
Finalmente se dio por vencido y apartó la mirada de la foto de Lemieux barriendo a sus rivales de la pista.
– ¿Qué haces? -le preguntó.
Ella lo miró por encima del hombro, dejó el cuchillo sobre la encimera y se dio la vuelta.
– Pensaba hacer ensalada para acompañar las colas de langosta.
Él cerró la revista y se levantó.
– No quiero ensalada.
– Ah, ¿entonces qué quieres?
Él deslizó la mirada desde sus ojos verdes a su boca. «Algo realmente pecaminoso», pensó. Ella se había puesto brillo rosa en los labios y los había perfilado con una línea más oscura. Él bajó la mirada desde su garganta a los senos y luego hasta los pies. John nunca había considerado los pies algo particularmente sexy. En realidad nunca había pensado sobre ellos demasiado, pero el delgado anillo de oro que llevaba en el tercer dedo del pie le provocaba cosas en las entrañas. Le recordaba a una chica de harén.
– ¿John? -Él caminó hacia ella y volvió a mirarla a la cara. Una chica de harén con rasgados ojos verdes y una boca carnosa que le preguntaba qué quería. Después de aquel día en su casa flotante él quería algo más que besarla-. ¿Qué quieres?
«Qué demonios», pensó mientras se detenía justo delante de ella. Sólo un beso. Podría detenerse. Se había detenido antes y, con Lexie en la bañera del cuarto de baño jugando con las Barbies, las cosas no podrían llegar demasiado lejos. Georgeanne no era la hermana de su amigo, ni su hermana, ni la Madre Teresa de Calcuta.
John le deslizó los nudillos por la mandíbula.
– Ahora verás lo que quiero -dijo, y vio cómo agrandaba los ojos mientras él bajaba la cabeza lentamente. Rozó su boca con la de ella, dándole tiempo para apartarse-. Esto es lo que quiero.
Georgeanne separó los labios con un suspiro trémulo y cerró los ojos. Ella era dulce y suave, su lápiz de labios sabía a cerezas. La deseaba. Deseaba perderse en ella. Entrelazando los dedos en el pelo, él le inclinó la cabeza a un lado y la besó profundamente. El beso era temerario y salvaje. John se alimentó de su boca desatando el deseo en los dos. Notó las manos de Georgeanne en su cuerpo, en los hombros, en el cuello y en la nuca cuando lo atrajo hacia ella para succionarle ligeramente la lengua. El deseo que sintió por ella le puso un nudo en el estómago. Deseaba más y, tirando con brusquedad del lazo que mantenía su blusa cerrada, la abrió sobre su pecho. Luego se apartó, abandonando esa boca húmeda y caliente. Los bellos ojos de Georgeanne estaban nublados por la pasión y sus labios estaban mojados e hinchados por el beso. Él deslizó su mirada por la garganta hasta los senos. La blusa abierta revelaba el encaje blanco del sujetador. Supo que estaba peligrosamente cerca del punto de no retorno. Cerca, pero aún le faltaba un poco. Podía avanzar más antes de llegar al límite.
Ahuecó esos grandes pechos con la palma de las manos y bajó la cara hasta el escote. La piel de Georgeanne estaba caliente y olía a polvos, y la sintió suspirar cuando besó el borde de encaje del sujetador de raso. Él tomó aire y cerró los ojos, pensando en todas las cosas que quería hacerle. Cosas ardientes y sudorosas. Cosas que recordaba haber hecho antes con ella. Le deslizó la punta de la lengua por la piel y se prometió a sí mismo que se detendría cuando necesitara respirar.
– John, tenemos que detenernos ahora. -Ella estaba jadeante, pero no se apartó ni movió las manos de su nuca.