Sabía que tenía razón. Aunque su hija no estuviera en el cuarto de baño de al lado sería estúpido seguir adelante. Y aunque en ocasiones John había sido un asno, nunca había sido un asno estúpido. Al menos durante los últimos tiempos.
Le besó la curva del pecho derecho, luego, con su cuerpo clamando por continuar, instándole a empujarla al suelo y llenarla con sus buenos veinticinco centímetros, se apartó. Al mirar la cara de Georgeanne, estuvo a punto de ceder a la voracidad que lo envolvía. Ella estaba un poco aturdida, y lo cierto era que parecía una mujer que quería pasar el resto de la tarde desnuda.
– Me voy a arrepentir de esto -susurró ella, agarrando los bordes de su blusa para cerrarla.
Con ese acento tan dulce como la miel le recordaba a la chica que había recogido siete años atrás. Recordó cómo la había mirado absorto cuando estaba entre sus sábanas.
– Creo que te gusto más que tener el pelo hecho un desastre -dijo.
Ella bajó la mirada y se ató el lazo.
– Tengo que ir con Lexie -dijo, y prácticamente huyó de la cocina.
Él observó cómo se iba. Tenía el cuerpo tenso y estaba lo suficientemente duro para morderse las uñas. La frustración sexual le desgarraba las entrañas y supo que tenía tres opciones. Podía seguirla y quitarle la ropa, podía ocuparse él mismo o podía resolver la frustración en el gimnasio. Escogió la última y más saludable opción.
Estuvo treinta minutos en la bicicleta hasta que vació su mente de ella, del sabor de su piel y la sensación de sus senos en sus manos. Aún así hizo treinta minutos más, luego siguió entrenando con pesas.
A los treinta y cinco años John pensaba que todavía le quedaban un par de años antes de retirarse del hockey. Y quería que fueran los mejores, así que tenía que trabajar más duro que nunca.
Para los estándares del hockey él era viejo. Era un veterano, lo que quería decir que tenía que jugar mejor que a los veinticinco o empezarían a echarle en cara que era demasiado viejo y lento para el juego. Los periodistas deportivos y los directivos siempre se metían con los veteranos. Se metían con Gretzky, Messier y Hull. Y también lo harían con Kowalsky. Si tuviera una mala noche, si sus golpes fueran demasiados suaves o sus tiros demasiados abiertos, los periodistas deportivos no dudarían en cuestionar si merecía un contrato millonario. Pero no lo habían cuestionado cuando tenía veinte años, y no permitiría que lo hicieran ahora.
Quizá algunas de las cosas que se decía sobre él fueran ciertas. Tal vez era algunos segundos más lento, pero lo compensaba con más resistencia física. Había aprendido años atrás que si quería sobrevivir, tendría que adaptarse y afinar. Todavía practicaba un juego muy físico, pero ahora era más listo, usaba otras habilidades para mantener el nivel.
Había sobrevivido a la última temporada sólo con lesiones menores. En ese momento, a tan sólo unas semanas de comenzar a entrenar de nuevo, estaba en las mejores condiciones físicas de su vida. Estaba saludable y listo, preparado para destrozar la pista de hielo.
Estaba listo para la Copa Stanley.
John trabajó las piernas hasta que le ardieron los músculos, luego hizo doscientas flexiones y se metió en la ducha. Se puso unos vaqueros y una camiseta blanca antes de volver arriba.
Cuando salió a la terraza, encontró a Georgeanne y Lexie sentadas en la misma tumbona observando la marea. Ni John ni Georgeanne hablaron cuando él encendió la parrilla, ambos eran demasiado conscientes de que estaban dejando que Lexie llenara el tenso silencio. Durante la cena Georgeanne apenas lo miró y luego se levantó a toda prisa para lavar los platos. Como parecía tan ansiosa por apartarse de él, la dejó ir.
– ¿Tenes algún juego, John? -preguntó Lexie, apoyando la barbilla en las manos. Tenía el pelo retirado de la cara y llevaba puesto un pequeño camisón púrpura-. ¿No tenes un parchís o algo parecido?
– No.
– ¿Cartas?
– Puede.
– ¿Quieres jugar al slapjack?
Jugar al slapjack parecía una buena distracción.
– Claro. -Se levantó y fue a buscar una baraja, pero no la encontró-. Creo que no tengo cartas -le dijo a una Lexie decepcionada.
– Oh. ¿Quieres jugar con las Barbies?
Antes se cortaría un huevo.
– Lexie -dijo Georgeanne desde la cocina donde se secaba las manos con una toalla-. No creo que John quiera jugar con las Barbies.
– Por favor -le rogó Lexie-. Te dejaré escoger los mejores vestidos.
Él escrutó esa pequeña cara con esos grandes ojos azules y las mejillas rosadas y se oyó decir:
– De acuerdo, pero yo soy Ken.
Lexie se bajó de un salto de la silla y corrió a la habitación.
– No traje a Ken porque sus piernas están rotas del todo -le dijo por encima del hombro.
Él miró a Georgeanne que estaba allí de pie con una mirada compasiva en sus ojos, meneando la cabeza. Por lo menos ya no lo evitaba.
– ¿Vas a jugar? -le preguntó, creyendo que al jugar Georgeanne él podría escabullirse al cabo de unos minutos.
Ella se rió en silencio y caminó hacia el sofá.
– De eso nada. Eres tú quien va a elegir las mejores ropas.
– Puedes elegir primero -le prometió.
– Lo siento, muchachote. -Ella cogió una revista y se sentó-. Te has liado tú sólito.
Lexie volvió de la habitación con un montón de juguetes y John tuvo el mal presentimiento de que le resultaría imposible escaquearse.
– Puedes ser la Barbie Cabellos Brillantes -dijo Lexie, lanzándole una muñeca desnuda y abriendo los brazos para que los juguetes cayeran al suelo.
Él se acercó con intención de sentarse con las piernas cruzadas en el suelo, luego recogió la muñeca y la levantó con rapidez. Cuando era niño, habría dado cualquier cosa por tocar una Barbie desnuda, pero nunca había sido lo suficientemente afortunado como para poder hacerlo. En ese momento se permitió echarle un buen vistazo, descubrió que tenía el culo flaco y huesudo y que sus rodillas crujían de una manera extraña.
Resignado con su suerte se sentó en el suelo y buscando entre un montón de ropa, escogió un top con un estampado de leopardo y unas mallas a juego.
– ¿Tiene bolso a juego? -le preguntó a Lexie que estaba ocupada montando el salón de belleza.
– No, sólo tiene botas. -Ella rebuscó entre las cosas, luego se las dio.
Él las examinó.
– Esto es lo que una buena mujer necesita, un par de botas de prostituta.
– ¿Qué son botas de prostitutas?
– No le hagas caso -dijo Georgeanne desde detrás de la revista.
Jugar con muñecas era una experiencia nueva para John. Él nunca había tenido hermanas ni amigas de su edad. De niño había jugado con figuras de acción, pero sobre todo había jugado al hockey. Puso el top sobre los senos de plástico duro de la Barbie, y luego cogió las mallas. Cuando vistió a la muñeca se dio cuenta de dos cosas. Que subir las mallas por las piernas de plástico era una putada y, que si Barbie fuera real, no sería el tipo de mujer a la que querría ayudar a vestir o a desvestir. Era flaca y dura, y sus pies acababan en punta. Y luego se dio cuenta de otra cosa.
– Eh, Georgeanne.
– ¿Hum?
La miró.
– ¿No irás a contarle a nadie nada de esto, verdad?
Ella bajó un poco la revista y sus grandes ojos verdes lo miraron con atención por encima.
– ¿El qué?
– Esto -le dijo, apuntando hacia el salón de belleza-. Algo así, podría poner en peligro mi reputación con los jodid… Ah, lo siento -se corrigió antes de que las chicas lo hicieran-. Algo así podría convertir mi vida en un infierno.
La risa de Georgeanne llenó el espacio entre ellos y él también soltó una carcajada. Imaginó que tenía cara de tonto allí sentado tratando de ponerle las botas a una Barbie. Entonces, de repente, cesó la risa de Georgeanne y ella dejó la revista sobre la mesa.